Genética de la b

El primer diccionario dedicado en exclusiva a la lengua española se imprimió en Madrid,  en los talleres de Luis Sánchez, impresor del rey Felipe III en 1611, se llamó Tesoro de la Lengua castellana o española y su autor,  Sebastián de Covarrubias hurga en la etimología y adereza sus entradas con explicaciones enciclopédicas y buenas dosis de imaginación. Antes que él, allá por 1492,  Elio Antonio de Nebrija publicaba un Vocabulario latino-español, la simiente de la que nacen todos y cada uno de los diccionarios de la lengua española. Vendrá más tarde, en 1726, el Diccionario de Autoridades, publicado por la Real Academia Española, fundada en 1713. La última edición, vigente en la actualidad, es la vigésimo segunda y data de 2001. En estos y otros cientos que no se nombran aquí, flotan las palabras, se mueven, cambian,   seducen.

Pararse a pensar en la historia de nuestras palabras es descubrir una herencia, porque las palabras se heredan unas a otras y, como dice Alex Grijelmo, no sólo heredamos las palabras sino también sus ideas. En las palabras encontramos un poder legendario, oculto. Las palabras no solo nos trasladan un sonido y unas ideas, nos transmiten también una historia enigmática en tanto en cuanto muchas veces permanece oculta, soterrada. La historia de las palabras es la suya propia y un poco de todas aquellas que las acompañaron en el correr del tiempo y en los lugares en los que habitaron.

En el lenguaje nada es casual, puede que a veces no tengamos conciencia, pero pensamos con las palabras y son estas las que ponen límites a nuestro pensamiento. Covarrubias decía de la A que era tal su simplicidad que su pronunciación no se negaba ni a los mudos y describía su golpe de aliento como libre. Se define como la primera letra del abecedario español y del orden latino internacional. Alex Grijelmo dice de la A que se muestra blanca, como las letras de alma, de cándida, de clara, de diáfana, de alba, de agua.  Sin embargo, para Covarrubias, la segunda letra en el orden, la B,  se encuentra entre las mudas y está a medias entre la P y la vulgarmente llamada F y se cambia a veces por la V mostrándose pues escurridiza y turbia. No es por tanto casual que en la nueva edición del Diccionario que prepara la Real Academia de la Lengua se incorpore un nuevo significado a la B, una nueva acepción, una nueva categoría gramatical, la de un adjetivo que significa exactamente que queda fuera del control de la Hacienda pública. A modo de ilustración: Caja b, dinero b, contabilidad b… Está tan clara su definición que, como adjetivo, ni siquiera tenemos obligación de escribirla con mayúscula.

Ahí reside el poder de las palabras, no en el número de letras que la componen, ni en su ritmo, ni en su complejidad, sino en el camino que han recorrido y junto a quienes han caminado. Es un poder legendario que reside incluso en aquellas partículas secundarias en apariencia pero que un día despiertan en la memoria,  aparecen con toda su fuerza y nos revelan como a un iluminado todo su mapa genético.

Ángela Gutiérrez

Historia reciente de un día

Levantarse. Escuchar la alarma del despertador y levantarse atolondrado. Caminar casi sonámbulo hasta el baño y sentir el frío de la mañana. Desnudarse y abrir el grifo de la ducha. Despertar  poco a poco con el sonido del agua y empezar el día justo cuando empieza a caer sobre el cuerpo. Vestirse, peinarse, perfumarse. Entrar en la cocina y estimular los sentidos con el olor del café, el crujir del pan tostado y el paladeo del aceite de oliva. Abrir el periódico y romper el hechizo: uno comienza a removerse en el asiento y a sentir el vértigo de la indignación y de la impotencia. No saber si dejarse llevar por la incomprensión o por los más bajos instintos del ser humano mientras el  hedor, la pestilencia, la inmoralidad, incluso el mal gusto campan a sus anchas por entre las líneas de los periódicos como si fueran galeradas ocultas.

Recomponerse. Pasar las páginas buscando atisbos de cordura, voces lúcidas e independientes, palabras que huyan de los eufemismos y de la mentira. Detenerse a leer, buscar asideros entre el pozo profundo e interminable de la manipulación y la propaganda. El esfuerzo diario por vivir encontrando la dignidad a nuestro alrededor, venciendo la tentación de querer encontrar un lugar donde esconderse incluso dentro de la propia casa.

Ángela Gutiérrez

Querido superman, socorro

Angulo. Querido superman: socorro

La vida en un rectángulo

En la “mitología” geométrica es el triángulo el que contiene la medida del universo, sin embargo, la vida se cuela en un rectángulo, una fotografía horizontal, lo más parecido posible a la proporción aurea, como uno de los tantos salidos de la mirada de Rafael Sanz Lobato.

Realismo de altura, fotografía documental capaz de traer a nuestra memoria una forma de vida que ha ido desapareciendo, un tiempo no tan lejano ni tan ajeno para esta España actual, borracha de falsa riqueza y embelesada por los espejismos de la opulencia y que parece haber olvidado de donde viene. La vida rural, las costumbres, los rostros ajados de la pobreza y la miseria en los pueblos españoles de los años sesenta y setenta, abandonados por el poder que se volcaba en la modernidad de las urbes, de las ciudades llenas de coches.

A sus ochenta y tantos años, con la mirada castrada por una enfermedad degenerativa, Sanz Lobato sigue pariendo cada una de sus fotografías desde el principio hasta el final, ayudado por unas enormes lupas,  fiel al proceso artesanal y a la diana de su objetivo,  como cuando recorría en su Seat seiscientos los caminos del país, congelando para el tiempo y la historia las fiestas, las costumbres, los rostros y la vida de los pueblos extremeños, gallegos, castellanos…

Ha salido el sol después de una semana gris y lluviosa. El día es templado y luminoso, con esa luz del sur adorada por los pintores y temida por los fotógrafos. En el Espacio Santa Clara se exponen más de 130 fotografías de este sevillano que fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía en 2011 y que ha vivido su carrera como fotógrafo entre el ostracismo y el olvido intencionado tan practicados en una España resacosa aún de la larga dictadura. Me adentro entre los rectángulos de proporción aurea. Valdría como muestra cualquiera de ellos, pero me detengo en uno, ese en el que podría estar yo.  En la esquina inferior izquierda, cuatro chicos de corta edad, vestidos con ropa invernal, de colores oscuros y apagados se alinean de espaldas a mi atenta mirada, junto a los troncos de madera que forman la improvisada portería de un campo de fútbol. Una explanada de tierra sin marcas ni líneas se extiende delante de los palos y solo el cerco que forman los lejanos espectadores delimita el terreno de juego.  En el centro del campo se arremolinan los jugadores que pelean por llevarse la pelota con los pies. Al fondo un cielo grisáceo perfilado por la suave pendiente de las montañas lejanas, casi del mismo color pardo y apagado del terreno de juego. Árboles dispersos dan vida a un campo árido, seco, estéril. Rafael Sanz Lobato hizo esta fotografía  en el año 1966, en los alrededores de Madrid, y en  ella se contienen todos los campos donde todos los chiquillos jugaban al fútbol en cualquier pueblo de España.

Ángela Gutiérrez

Rafael Sanz Lobato

Fotografía de Rafael Sanz Lobato

Evaporarse en un abrazo

Se recogió el pelo con una pinza azulada para no mojárselo demasiado; había estado el día antes en la peluquería y pese al estropicio que le causaba la humedad, aún conservaba el alisado artificial de su melena. El agua templada llenaba la bañera que despedía un agradable olor  y tenía el color lila de las flores de lavanda. En el fondo aún se depositaban pequeños cristalitos de sales que se clavaron suavemente en los pies de María. Muy despacio se tumbó a lo largo y el agua cubrió su cuerpo desnudo, su piel suave y pálida. Al principio sintió una leve presión en el pecho,  pero según se iba adaptando al calor, sus músculos se relajaban y las tensiones iban desapareciendo. Cerró los ojos, para sumergir, no solo su cuerpo sino también sus pensamientos. Así le pesarían menos, flotarían, se volverían ligeros como los cuerpos en el agua del mar.

Nunca había estado tan guapa, con esa belleza que emana de la alegría, de la felicidad. María siempre había pensado que el amor era algo que llegaba despacio, sin formar ruido, conforme se avanza en el camino del conocimiento, de la amistad. Pero ahora estaba en volandas; ahora que su carne flácida empezaba a hablar de sus años, ahora que parecía querer escapar de los besos y de los abrazos, justo ahora, se encontraba con ellos de frente. El amor, al contrario de lo que siempre pensó, había llegado de pronto, como el aire tormentoso que arranca una ventana y lo pone todo patas arriba, que trastorna la vida y arrastra el corazón por insólitos caminos.

Tomaba con sus manos el agua tibia y se la derramaba por el cuello, por los hombros, por la cara. Aún en el silencio del baño, cubierta por el confortable manto del agua, María no podía ocultar su sonrisa, y sus ojos cerrados trasparentaban los latidos acelerados de su pasión. Le gustaba más que nunca acariciar su cuerpo y recorrerlo como si sus manos fueran las de él, como si el sonido del agua fueran los susurros que él dejaba para sus oídos.

Entonces abrió los ojos, levantó levemente la cabeza y se sentó en la bañera abrazando sus rodillas. Sintió una mano acariciar suavemente su pelo. A su lado, en una pequeña silla blanca, la voz de él ponía música. Estaba allí, sentado junto a la bañera con el libro  de Flaubert abierto entre sus manos y la mirada fija en sus renglones.  Entre los acordes, María reconoció los deseos  de Emma Bovary que también, huyendo de la vida, hubiese querido evaporarse en un abrazo.

Ángela Gutiérrez

Angulo. Peces de amor

Angulo. Peces de amor

Poder ciego

No, claro que no queremos mirar hacia atrás –decía el presidente en su discurso- ¿Acaso no recordamos lo que le ocurrió a la mujer de Lot? ¿No la hemos imaginado cientos de veces ahí quieta, paralizada en el camino, convertida en un bloque de sal?

El público congregado en la plaza lo miraba incrédulo desde la distancia, contemplándolo allí arriba, en el balcón del palacio presidencial, con los galones colgando de su uniforme. De repente, una voz se alzó entre la multitud y dijo: “Nadie mira hacia atrás, eres tú quien tiene los ojos en el cogote.”

Ángela Gutiérrez

Mirar lo que no vemos

Caminar por los escombros con la cara llena del polvo blanco y denso de la destrucción, entre el olor de los cadáveres y el grito mudo de los desaparecidos, sorteando el estallido de las bombas y el impacto de las balas, buceando en el recorrido de los vuelos de la muerte y escuchando cómo hablan las paredes de las salas de tortura. Y de pronto la imagen final, esa que sale después de apretar un botón y que nosotros veremos cómodamente sentados en el calor de nuestra casa. Lo que miramos en las fotografías de Gervasio Sánchez es lo que ninguno de nosotros podemos ver.

En Argentina, en Guatemala, en El Salvador, en Chile, en Camboya, en Irak, en Bosnia-Herzegovina, en España… fotografías de un rosario de huesos que podrían ser solo huesos pero no son solo huesos. Miles de imágenes que reconstruyen paso a paso el último andar de los desaparecidos, un viaje de largo recorrido que empieza con el secuestro de las víctimas y se ramifica en el dolor inagotable y eterno de las familias. Mujeres y hombres sometidos a torturas y tratos degradantes, violados, soportando una vida ignominiosa, unas condiciones infrahumanas hasta que, en la mayoría de los casos, sobreviene la muerte. Rostros de hombres y mujeres como fantasmas, sostenidos por las manos de sus padres, de sus madres, de sus esposas que los muestran al mundo que solo los puede mirar a través del objetivo de una cámara.

La tragedia del desaparecido se esparce como una bomba racimo alcanzando el corazón y el alma de los que se han quedado en casa, soportando el silencio con dignidad, iniciando la búsqueda de unos cuerpos torturados que han sido enterrados en fosas anónimas escondidas o arrojados al mar desde los vuelos de la muerte o dispersos y perdidos en cualquier lugar inhóspito de la Tierra.

En las fotografías de Gervasio Sánchez miramos los rostros de las madres que esperan con dignidad los huesecitos, miramos los rostros ajados por la tortura del silencio, miramos los gritos tallados por el dolor del desconocimiento y la incertidumbre, miramos los ojos inquietos y profundos del que no sabe dónde dejarle a sus muertos ni siquiera una flor. Lo que han visto los ojos de Gervasio Sánchez es un mapa del dolor, como en esa foto suya en la que aparece un plano de una fosa común, con los cadáveres numerados, dibujados en las posiciones y posturas que grabaron con sangre sobre la tierra. He visto tanto dolor –dice Gervasio Sánchez- que llego a una triste conclusión: mi trabajo apenas describe una parte ínfima de este drama como si fuera poco menos que una lágrima en un gran río de silencio, desesperación y dignidad.

Ángela Gutiérrez

Gervasio Sánchez

Las candelas

Durante todo el día el pueblo anda bullicioso, con un jaleillo especial. Hay mucha gente en la calle, muchas caras nuevas, desconocidas, venidas de otros lugares alejados, casi imprecisos, que recorren las calles con la mirada curiosa y encandilada. Pero también se llenan las calles de la gente de aquí que sale a hacer las últimas compras, a organizar el lugar donde prenderá la candela cuando caiga la tarde. En cada barriada, en un punto exacto de una calle, un montón de arena señala el lugar de la hoguera. En la mañana fría y parda del primer sábado del mes de febrero, los vecinos de La Puebla de los Infantes salen a la calle para ir montando el boliche, amontonando la leña y las ramas de forma que prendan fácilmente, buscando las corrientes necesarias en su base para que el fuego no se ahogue. Es el día de Las Candelas. Alrededor de la hoguera se disponen las mesas para la comida, las neveras que mantienen frías las bebidas, los utensilios para el chocolate, las sopaipas, el café.

El pueblo que en invierno tiene una vida tranquila y sosegada, ve como este fin de semana se altera el silencio con el vuelo de los paramotores y sus calles se llenan de turistas y curiosos. Hay bullicio en las calles, en los bares, en las plazas. Los forasteros y los oriundos se mezclan y pasean de una candela a otra disfrutando con los versos jocosos y burlescos de los muñecos de trapo que coronan las hogueras y que se quemarán en la primera llamarada, al compás del sandinga  o de la flor del romero. Unos y otros intercambiarán conversaciones mientras comparten una cerveza o un tazón de chocolate caliente.

Va cayendo poco a poco la tarde y se deja sentir el frío; en las calles, la gente comienza a abrigarse mientras el sol se oculta tras las montañas. Entonces, en ese momento justo en el que cae la noche, se hace como un gran silencio y al momento los crujidos y  chasquidos de la madera que se quema se extienden por el pueblo como un reguero de pólvora. Al principio el fuego casi no se ve, pero está, como indican las columnas enormes de humo que salen por entre las ramas de los olivos que cubren los troncos de madera. Después las llamaradas empiezan a tomar fuerza y desde el balcón de la Plaza de Santiago, el pueblo aparece iluminado por las hogueras que se dispersan por todas las calles y las plazas. El olor del fuego y el color rojo de las llamas ha teñido la noche que vendrá acompañada de sopaipas, chocolate y buena compañía bajo las pavesas.

Ángela Gutiérrez

Las candelas 2013

Feliz Navidad

Los niños de la casa van haciéndose mayores. La Navidad cambia. Ellos toman la iniciativa: montan su propio portal de Belén y adornan su árbol de Navidad, que siempre es perfecto, porque ellos saben que todos los árboles son perfectos;  colaboran en la preparación de la comida y en la decoración de la mesa porque han aprendido, como Teresa de Jesús, que también entre pucheros anda el Señor. Han envuelto los regalos de los abuelos, seleccionado su música e interpretado sus villancicos porque, como Lutero, han descubierto que la música gobierna el mundo, endulza las costumbres y consuela al hombre. Ya no se levantan de la mesa, la llenan con su magia y con  sus recuerdos, porque se han dado cuenta, como Charles Dickens, que el recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad.

Felicidades

Ángela Gutiérrez

La audición

Sentados  en las sillas, con la espalda recta y el cuello erguido. Abren las piernas y colocan suavemente entre ellas sus violonchelos brillantes, con las efes mirando al público dispuestas a derramar su voz por el salón, iluminado a estas horas por el sol de un atardecer de finales del otoño. Tensan los arcos untados con resina y apoyan el instrumento sobre sus pechos acurrucando  el mástil entre sus cuellos. Están serios, concentrados, tal vez repasando la partitura que tomaron entre sus manos por primera vez allá en los primeros días de septiembre. La han mirado, la han leído, la han estudiado, la han solfeado, la han tocado. Han descifrado cada nota, cada signo y han dedicado horas de trabajo y de esfuerzo para hacerla sonar. Ahora está alojada ahí, en su memoria, dispuesta a aparecer en cuanto el violonchelo se coloque entre sus rodillas.

Cada tarde, como un ritual, han acudido a la cita. Han sacado el violonchelo de la funda, han frotado la resina sobre los pelos de yegua del arco, han probado a subir y bajar la pica, han afinado y desafinado, han comenzado a estudiar y han continuado estudiando cada día, con esfuerzo y disciplina, con tesón.

Hoy la tocaran para todos nosotros. Llega el final del trimestre. Están preparados para empezar a frotar el arco contra las cuerdas y liberar los fragmentos de Bach, de Vivaldi, de Beethoven, de Fauré, de Haendel…

El día de la audición. El retrato de la constancia. Una gozada.

Ángela Gutiérrez

Plácida cerveza

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto,  pero le da  risa de nuevo y contempla a Cosme que se aleja sin verlos. Golpea cariñosamente el hombro de su colega mientras saborea un trago largo de cerveza.

–       ¡Te quieres callar! ¡Mira que eres…!. ¡Ya has logrado que Cosme se vuelva a marchar sin acompañarnos a la cervecita! –comentaba entre risas y manoteos.

–       ¡Cosme, Cosme! ¡Olvídate de Cosme! ¿Acaso no te gusta la idea de que estemos por fin a solas?

–       ¡Déjate de tonterías! No empieces haciendo de las tuyas… Estamos en una terraza ¡por Dios…! –exclamó mientras lo miraba con complicidad.

De repente se quedó completamente inmóvil y pensó que aquellos pantalones  con los bolsillos rotos eran fantásticos. Sonrió, dio un sorbo a la cerveza y abrió levemente las piernas  mientras notaba los dedos de su colega acariciando su pubis.

Ángela Gutiérrez