Disciplina de la imaginación

 

 EL FANTASMA SIN ROSTRO (por Enrique Pérez Gutiérrez)

Una noche fría de invierno, el señor Eperg regresó a su casa y empezó a leerse la novela de “El fantasma sin rostro”, una historia de misterio, asesinato y acción. Se tumbó en el sofá de piel, debajo de un Van Gogh del que salía un extraño árbol. A su lado, una ventana que daba a la calle, donde estaba comenzando a nevar.

Empezó a leer, y nada más abrir el libro, un extraño humo verde comenzó a cubrirle el cuerpo y a hacerlo más y más pequeño hasta que desapareció por completo y perdió el conocimiento y la noción del tiempo.

Al cabo de un rato, al despertar, se encontró sentado en su sofá, una noche de invierno; pero faltaba una cosa: ¡el libro no estaba! Salió a la calle y en  la basílica de San Pedro del Vaticano que la tenía delante, sonaban las campanadas del año nuevo. Eperg se extrañó, porque, según él, estaban a finales del mes de enero. Sin pensarlo dos veces, entró en el templo por una de las puertas traseras para intentar averiguar qué estaba pasándole. Una vez dentro, se dirigió a un obispo que se encontraba allí orando. Entonces, cuando el clérigo se volvió para hablar con él descubrió que tenía los ojos blancos y que no tenía cara.

Eperg trató de huir pero reconoció cómo aquel humo verde le envolvía de nuevo. Una vez más, perdió el conocimiento. Al despertar se encontró en un descampado. Asustado, empezó a caminar y reconoció paisajes de la antigua Roma. Desorientado, sin saber qué hacer, decidió quedarse allí a vivir con la intención de viajar a la biblioteca de Alejandría para buscar el libro de El fantasma sin rostro. Con el tiempo, pudo pagarse el viaje y visitar la legendaria biblioteca. Buscó el libro en la sección de misterio, pero no lo encontró. Entonces fue a preguntarle al bibliotecario y, cuando este se dio la vuelta, apareció de nuevo el fantasma con los ojos blancos y sin rostro. Pero Eperg esta vez no huyó, intentó inmovilizarlo y antes de conseguirlo apareció de nuevo el humo verde y volvió a perder la conciencia. Cuando despertó aún seguía en Roma que solo era un pequeño pueblecito. A su lado había un peregrino con un cartel que decía:

Busca

Una

Serie

Calzada

Arriba

En la montaña

Galopando

O caminando

Mientras

Escapa el

Zorro.

Eperg, que se dedicaba a la arqueología, entendió con cierta facilidad el escrito y después de leerlo pensó que no tenía ningún sentido. De repente, se fijó en las primeras letras de cada línea; Era un acróstico y apareció el mensaje oculto: Busca en Gomez

Comenzó a observar a la gente y a preguntarles si conocían ese lugar. Una chica le respondió que en una de las colinas había un monasterio llamado Gomez. Eperg subió hasta la montaña y se coló en el monasterio sin que nadie lo viese porque intuía que alguno de los monjes era el fantasma. Buscó en la biblioteca y, después de mucho tiempo, encontró un pergamino que hablaba de un humo verde. Al lado del pergamino encontró el misterioso libro que estaba buscando. En él se decía que el efecto del humo pasaría si el fantasma se comía el libro.

Justo en ese momento un monje apareció silenciosamente detrás de él ¡con los ojos blancos y sin rostro! Entonces, Eperg cogió el libro, lo abrió y de un golpe se lo cerró en la cara al fantasma; el humo desapareció pero el libro, el pergamino y Eperg comenzaron a arder hasta que quedaron reducidos a cenizas.

De repente, Eperg abrió los ojos y vio que estaba en su casa. Eran las once y treinta y siete de la noche del veintisiete de enero. Lo recordaba todo pero… ¿había sido un sueño? Eperg miró la mesa y vio parte del libro y del pergamino quemados.

Octubre, 2011

 

LA BICICLETA MÁGICA (por Enrique Pérez Gutiérrez)

 

 

 

 

 

 

 

El último día de colegio para mi abuelo era muy importante. Le dieron las notas, aprobó todas y ganó un concurso. El premio era una bicicleta. Cuando se la llevó a su casa la dejó en el patio, se puso a hacer los deberes y a estudiar. Cuando terminó cogió la bicicleta y se fue al río- Entonces cuando iba a descansar en un poyete, un derrumbamiento de piedras se cayó encima de él y de la bici. Regresó a su casa muy sucio y con la bicicleta rota.

Al día siguiente fue al campo con su padre y dos amigos. Planearon montar con las piezas que servían aún, una bicicleta nueva. Hicieron unos planos y a Pepe, uno de los amigos de mi abuelo Juan, se le ocurrió montar una bici para los tres. Lorenzo, que dibujaba muy bien dibujó los planos. Empezaron a montar la bicicleta y por la tarde ya estaba construida.

Se montaron y fueron a su pueblo en bici. Entonces por donde pasaba, el feo paisaje que había, empezaba a florecer, a ponerse verde, el trigo crecía rápidamente…

–        ¡Qué cosa más chula hemos montado! –dijo mi abuelo Juan.

–        ¡Sí! Qué chulería de bicicleta –dijo Pepe.

Entonces todos los días después de estudiar, caminaban o mejor dicho paseaban en bicicleta por vertederos y sitios muy feos y la bici lo florecía todo.

Cuando pasaron los años, la bici se oxidó y se rompió. Por eso hoy, en la actualidad, hay tantos vertederos, humo, etc. Y por eso mismo hay que intentar coger más la bicicleta y menos el coche. Si todos montáramos en bicicleta todo sería más bonito.

(2º Premio  en el II Concurso “Sevilla y la Bicicleta” . Ayuntamiento de Sevilla. Año 2010)

 

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