Gran angular

De vez en cuando, los dioses regalan a esta ciudad una auténtica primavera. Días dorados y luminosos que invitan a pasear sin acabar extenuados por el sofocante calor son un regalo inesperado para los vecinos de esta ciudad en el mes de mayo. Es verdad que nos comportamos como el náufrago desorientado y perdido y que junto a los grandes escotes y las tirantas vestimos las botas altas de piel y llevamos los pañuelos abrigando el cuello, pero a Sevilla le sienta bien un mínimo cambio alguna vez que otra.

Desafiando y resistiéndome al fresco otoñal del atardecer permanecí esta tarde más tiempo del deseado en la terraza de un café, leyendo a duras penas en la penumbra de la noche que caía y con las farolas de la calle aún apagadas. Resultaba difícil continuar la lectura porque casi ya no veía, así que salí de mi ensimismamiento. Más bien me sacaron de él los cuchicheos de la mesa de al lado. Entonces levanté definitivamente la vista del libro. Justo enfrente de mi mesa, discretamente situada en un tranquilo rincón de la terraza de un acomodado barrio de la ciudad, una pareja tomaba una copa. Las manos entrelazadas y juguetonas, las miradas atentas, los besos suaves y apasionados los mantenían ajenos al fresco de la tarde-noche y a las miradas. Miradas turbias y chismosas que se mostraban molestas y ofendidas porque esas manos, esos ojos y esos besos les resultaban escandalosos. Proferían insultos y hacían aspavientos mientras se revolvían en el asiento negándose a mirar pero sin dejar de hacerlo. Intenté provocarme una voluntaria sordera para concentrarme en la pareja, para reconocer en ellos el amor, la dulzura, la cordialidad, el cariño, pero resultaba difícil y tremendamente incómodo continuar allí con los cuchicheos del fondo.

Poco a poco, yo terminaba mi copa al mismo tiempo que la pareja; metí mi libro en la mochila, y pedí la cuenta al camarero. Al momento llegó un niño montado en una bicicleta pequeña, la dejó junto a la mesa de la pareja que estaba justo enfrente de mí. Se sentó en las piernas de uno de ellos y bebió de un trago un vaso de agua. Los dos hombres se levantaron, tomaron al niño de la mano y cogieron la bicicleta. Se alejaron tranquilamente los tres, riendo y charlando animadamente mientras cruzaban la plaza.

Entonces pensé que a esta ciudad le sobran cuchicheos. Que esta ciudad necesita un gran angular que capte fotografías más panorámicas.

 Ángela Gutiérrez

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Jitanjáforas, bernardinas y camelos

La jitanjáfora es una figura retórica que consiste en elaborar un enunciado que carece de sentido y con el que se pretende conseguir resultados  eufónicos. Se trata de palabras que van encaminadas a la fantasía, a la sensación; palabras que no persiguen un fin último sino que solamente juegan. El término fue acuñado en 1929 por el humanista mejicano Alfonso Reyes quien lo tomó de una composición del poeta cubano Mariano Brull. Filiflama alabe cundre ala olalúnea alífera alveolea jitanjáfora liris salumba salífera, decía la leyenda. Pero el recurso viene de lejos; lo encontramos en los versos de Vicente Huidobro, en las páginas de Rayuela de Julio Cortázar o en Sor Juana Inés de la Cruz. Puestos a buscar el origen, habría que remontarse, quizá, a la inteligencia de Francisco de Quevedo, a esas parodias culteranas que quitarían, sin duda, el sueño y la paz a Luis de Góngora.

Padre y madre de la jitanjáfora serían las bernardinas que según Gonzalo Sobejano cumple dos funciones básicas en la literatura: distraer la atención de una persona para engañarla y robarle o causar admiración haciendo pensar al oyente que hay algo donde no hay nada. En un estudio publicado por Gonzalo Sobejano sobre las bernardinas en los textos literarios del Siglo de Oro, este afirma que se trata de un disparate dicho –nunca hecho- cuya intención no es otra que engañar al oyente durante un periodo de tiempo conveniente para lograr algún fin. El burlador debe hacer creer al oyente que tras el mensaje late algún sentido, que en el fondo de lo que escucha reside la razón. Pero esa razón nunca concluye y el receptor atiende embelesado, a la espera, sin desvelar jamás el engaño porque entonces se percataría de las intenciones del burlador. Aquel que echa bernardinas debe conseguir que el receptor no lo entienda pero ansíe entenderle. 

Como la jitanjáfora, la bernardina se nutre de la gracia idiomática, del deleite estético que produce en el lector y de la sombra de racionalidad que le aporta el contexto. Ese sentido estético, esa gracia es lo que la diferencia del disparate que aparece siempre desnudo y temerario.

Que una y doli, treli, catoli, quini, quineta… es una jitanjáfora inocente, un juego de niños; los discursos políticos que llenan las páginas de los periódicos podrían ser bernardinas, pero carecen de gracia y no producen, en ningún caso, deleite estético, situándose así más cerca del disparate. Como dice Gonzalo Sobejano, lo que denominamos bernardina está, salvo por la gracia, a la orden del día. Muchos la llaman camelo.

 Ángela Gutiérrez

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