Milagro de primavera

Cuando llegaba la primavera, mi abuela Manuela montaba zafarrancho jardinero en el patio de su casa. Removía la tierra, trasplantaba, reponía los tiestos, quitaba las flores secas y las hojas marchitas por las heladas del invierno. Iba descolgando las macetas de su lugar y las colocaba todas en el suelo. Luego con sus manos ágiles y arrugadas las repasaba de una en una, dándole a cada cual lo que necesitaba con una sabiduría asentada,  posada en el fondo con la firmeza de quien lleva toda la vida haciendo las cosas bien. Cuando terminaba con una planta, la colocaba en su sitio, dispuesta para la luz del sol y los aires de abril. A mí me gustaba acompañarla en la tarea, mancharme las manos con la tierra que dejaba mis uñas negras como el tizón y aprender el nombre de las plantas: petunias, nardos, copetes, gladiolos… En algunas plantas como los rosales o las gitanillas se intuía ya la belleza que se desplegaría en la primavera, pero en otras el esplendor permanecía más oculto que nunca. Bajo las capas de tierra latían los bulbos de los nardos, los ranúnculos, las dalias, invisibles a nuestros ojos hasta que la llegada del verano los hiciera estallar en colores vivos y en perfumes selectos. Hablaba, hablaba mucho mientras trabajaba; explicaba lo que iba haciendo y siempre había una razón por la que era así y no de otra forma y los refranes eran prueba irrefutable de su saber: Enero nevoso, febrero ventoso, marzo pardo, abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso.  A ratos cantaba, y yo escuchaba fascinada aquellas canciones que hablaban de pasiones, de pobreza, de milagros y devoción. Muchas han permanecido en mí desde entonces, como la primera educación musical recibida. Ahora, cuando llega la primavera y yo monto el zafarrancho jardinero en mi casa me sorprendo tarareando en voz baja aquellos versos del Romance de San Antonio y los pajarillos que mi abuela cantaba:

 Entran en el huerto,

pican el sembrado;

por eso te pido

que tengas cuidado.

 

Ángela Gutiérrez

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Poblada soledad

Como le ocurre a las plantas, a mí no me viene mal una larga tarde de viernes lluviosa, con fuertes vientos y cielos apagados. En esta ciudad tan soleada y dicharachera, quedarse en casa resulta difícil pero al final uno encuentra la luz de una ventana y se sienta a escribir, a leer, a estudiar. Fuera, el agua incansable rebota y resuena en las ventanas y la luz de la primavera se abre paso a tientas, haciendo las tardes más largas y templadas. Música de fondo suena en la radio, en esa radio que de cuando en cuando trae la sorpresa de lo inesperado,  lanzando al aire la música extremada de Beethoven interpretada por las manos sublimes de Daniel Baremboim y Jacqueline du Pré.  El segundo movimiento de La sonata para violonchelo y piano número tres. El entendimiento, la complicidad de dos músicos que se descubren  mientas tocan y que descubren la música mientras juegan con ella.  El que escucha música siente que, de repente, su soledad se puebla, decía Robert Browning.

Imagino el rostro dulce y atractivo de Jacqueline du Pré, su melena rubia meciéndose al compás de sus movimientos y sus ágiles manos abrazando el violonchelo. Tiene este instrumento algo de sublime erotismo, de contacto con la piel, con la intimidad.

 Jacqueline Mary du Pré descubrió de pequeña un reloj que daba las campanadas y lo denunció ante su maestro de música por estar desafinado. Se enamoró del violonchelo cuando a los cinco años escuchó su sonido por primera vez en un programa de radio. Aquel sonido marcó para siempre su vida. Había nacido en una familia de clase media; su madre era maestra de música y los cuentos que escribía para sus hijas solo podían leerse cuando se palpaban las teclas de un piano. Entonces cobraban vida las historias en forma de pentagramas y melodías que Jacqueline guardó para siempre en su memoria. Desde muy pequeña inició una fulgurante carrera como violonchelista. Verla descalza, abrazada al cello, sujeto entre sus muslos, abrazado con la elegancia de sus brazos, es un espectáculo gozoso. Su carrera transcurrió rodeada de los más grandes: Rostropovich y  Pau Casals impartieron para ella clases magistrales y  entró en la leyenda de la música por la puerta grande, de la mano de Zuckerman o de Barenboim, su esposo.

 Pero un día, sus torpes manos no consiguieron abrir la funda de su violonchelo. Le faltaron las fuerzas. Pruebas médicas determinaron la enfermedad: esclerosis múltiple. Sus fibras nerviosas se rompieron como una cuerda y con apenas 28 años, Jacqueline du Pré se vio obligada a  cambiar toda su vida y despegarse para siempre de su violonchelo. Murió joven, muy joven, en 1987, cuando acababa de cumplir cuarenta y ocho años.

Va acabando, deshaciéndose en la nada la sonata de Beethoven, paralizándose los dedos de Baremboim y el arco de  Jacqueline y en mi mente se abren camino las palabras del comediógrafo griego Menandro: Aquel a quien los dioses aman muere joven.

 Ángela Gutiérrez

La audición

Sentados  en las sillas, con la espalda recta y el cuello erguido. Abren las piernas y colocan suavemente entre ellas sus violonchelos brillantes, con las efes mirando al público dispuestas a derramar su voz por el salón, iluminado a estas horas por el sol de un atardecer de finales del otoño. Tensan los arcos untados con resina y apoyan el instrumento sobre sus pechos acurrucando  el mástil entre sus cuellos. Están serios, concentrados, tal vez repasando la partitura que tomaron entre sus manos por primera vez allá en los primeros días de septiembre. La han mirado, la han leído, la han estudiado, la han solfeado, la han tocado. Han descifrado cada nota, cada signo y han dedicado horas de trabajo y de esfuerzo para hacerla sonar. Ahora está alojada ahí, en su memoria, dispuesta a aparecer en cuanto el violonchelo se coloque entre sus rodillas.

Cada tarde, como un ritual, han acudido a la cita. Han sacado el violonchelo de la funda, han frotado la resina sobre los pelos de yegua del arco, han probado a subir y bajar la pica, han afinado y desafinado, han comenzado a estudiar y han continuado estudiando cada día, con esfuerzo y disciplina, con tesón.

Hoy la tocaran para todos nosotros. Llega el final del trimestre. Están preparados para empezar a frotar el arco contra las cuerdas y liberar los fragmentos de Bach, de Vivaldi, de Beethoven, de Fauré, de Haendel…

El día de la audición. El retrato de la constancia. Una gozada.

Ángela Gutiérrez

Cheek to cheek

El día estaba gris, lluvioso. Dulce se limpió los pies antes de entrar en el apartamento. Llevaba las suelas de sus sandalias llenas de barro y los pies empapados.  Acababa de llegar el otoño y los rescoldos del verano permanecían encendidos en la tibieza de la casa. No esperaba estas lluvias repentinas; había estado en la calle toda la mañana y ahora sentía frío. Un frío incómodo y a destiempo que se había ensañado con sus hombros desnudos por la camiseta de tirantas y sus pies aireados entre las tiras de cuero rojas de los zapatos. Caminó directa a su habitación, se despojó de las ropas mojadas y se recogió el pelo después de ponerse más cómoda. Cuando está en casa le gusta llevar unos pantalones largos y anchos, de tela suave como la de esos vestidos que Gingers Roger  hacía danzar al son de la música. Miró el reloj; de repente notó que se habían acabado las prisas, el ajetreo y el ruido  de los que uno se contagia con solo poner un pie en las calles de la ciudad. Mientras encendía un cigarrillo, levantó la persiana del gran ventanal y se acomodó en su sillón de leer.

Tomó el libro entre sus manos y lo abrió mecánicamente, apartando la cinta de tela  para continuar leyendo por donde lo había dejado la tarde anterior,  sumergida en las notas de un bailarín esbelto y ágil que lloraba amargamente en un rincón del estudio de danza mientras desataba las cintas de seda de sus zapatillas. Ante el  enorme espejo, agazapado tras la sombra de su compañera de danza, Félix comprendía que todo había acabado para él, que ella bebía los vientos por otro más joven, más elástico, con la piel tersa y suave de los imberbes, dispuesto a ensalzar no sólo sus enseñanzas y su experiencia como profesora de danza sino también a regalar sus oídos con palabras nuevas, frescas, excitantes. Y no tenía nada más que hacer, Félix estaba convencido de que los diez años que habían pasado juntos bailando sobre el parqué de aquel estudio ya no eran más que el reflejo de un espejo, el recuerdo de una mejilla contra otra. Se preparaba para el adiós definitivo, no el de los escenarios  que habían recorrido juntos por medio mundo, no el de los espectáculos y las coreografías que ensayaban e improvisaban durante horas y horas, no el de los aplausos de un público sensible y entregado; se preparaba para perder a su amante, a su pareja. En definitiva, Félix veía, entre lágrimas, que decía adiós a su felicidad, a la dicha que encontró tomándola entre sus brazos mientras bailaban, sintiéndose afortunado, escuchando los latidos de su corazón.

Félix se levantó del rincón apresuradamente, secando con sus manos el llanto, intentando vencer el profundo hastío que sentía ahora en su corazón, dispuesto a marcharse a su casa, evitando volver la mirada, eludiendo la danza maldita de ella, la profesora, entre los brazos largos y robustos del joven, al ritmo de la música que ahora le escupía el gran espejo.

Huyó, apenas estuvo unos minutos en el vestuario y abandonó el estudio.

Deambuló por las calles otoñales y mojadas, bajo el cielo gris, entre el ruido de los coches y las prisas de los peatones. Por su rostro cansado, caían las lágrimas y la lluvia con la que se había estrenado el otoño.

Abrió la puerta del apartamento restregándose los ojos, intentando maquillar las lágrimas  y, cuando levantó la mirada, la encontró allí. Sentada en el sillón de leer, con sus pantalones largos y amplios de tela suave, junto a la cálida luz del ventanal, leyendo, atrapada por el final de la trama: los ojos enrojecidos de Félix se entornaron y escuchaba los latidos de su corazón, mientras bailaba con ella, mejilla contra mejilla.

Ángela Gutiérrez

Summertime

Tiempo de verano y la vida es fácil decía la canción de Ella Fitzgerald.

Una espera que lleguen sus merecidas vacaciones para entregarse plácidamente, no a la pereza, sino a todo aquello que durante el año abandona o pospone en aras del trabajo, de la disciplina y del tesón.  En los primeros días de mis vacaciones me gusta poner la casa patas arriba, limpiar de papeles los estantes y las mesas, archivar aquello que se puede reutilizar y dejar las repisas despejadas.  El cubo de agua, los estropajos, los guantes, las escobas, los plumeros se convierten en los utensilios de mi trabajo; los que trabajan por sus manos y los ricos que diferenciaba Jorge Manrique.  Es lo más parecido a una mudanza: los escasos muebles se separan de las paredes, los libros bajan de la librería y ocupan los rincones de la casa, esperando el agua clara que los desempolve aunque en muchos casos no acabe con el tono amarillento y apergaminado del papel. Las ventanas se despojan de las cortinas, los cojines de sus fundas y las arañas que desde la primavera se han cobijado en los rincones huyen de los olores a lejía  y de las ásperas escobas.  Día a día los cachivaches van recuperando su sitio pero la casa adquiere un nuevo olor, un aroma de renovación que se parece al final del curso, cuando todo empieza a estar dispuesto para volver a empezar.

Entonces sí que llegan las vacaciones: la montaña de libros preparados para aliviar el verano, para inundar el tiempo con una nueva disciplina, un nuevo tesón, un nuevo trabajo y una tendencia a la pereza alimentada por las altas temperaturas y los sabrosos y refrescantes gazpachos.

Ángela Gutiérrez

El último preludio

Haciendo un pequeño esfuerzo,  creo que sería capaz de recordar todos y cada uno de los días en los que me entregaron las calificaciones finales de curso.  Para mi no fueron demasiado amargos, más bien al contrario, especialmente felices y agradables, pero recuerdo a algunos compañeros más o menos cercanos a los que se les llenaban los ojos de lágrimas y el corazón se le encogía al pensar en la mirada acusadora, inquisitorial de sus padres y profesores.

Hoy me toca estar al otro lado por partida doble.

La mañana ha sido calurosa, empecinadamente calurosa, de un color pardo y apagado, ajada por las arenas del Sahara que invaden de cuando en cuando los cielos del sur.  Hacia las diez empezaron a llegar los alumnos y las alumnas, acompañados de sus padres en algunos casos, a recoger su boletín de final de curso. Un trago inmenso; una evaluación en toda regla; un papel que se convierte en la llave de un destino más o menos inmediato. Ojos llenos de lágrimas contenidas, sonrisas y rostros relajados, cabezas erguidas y orgullosas, gestos de desplante, de indiferencia, miradas acusadoras, amenazantes, tristes,  palabras de agradecimiento, de cariño, de afecto, de arrepentimiento; emociones y sentimientos a flor de piel.

Me acordaba al ver las miradas de mis alumnos de unas palabras del violonchelista Laurence Lesser: “Hallamos un mundo de emociones e ideas construido únicamente con los materiales más simples.”

Antes de que se marcharan me han pedido que me haga una foto con ellos y yo les he rogado que esperaran unos segundos. He bajado a la sala de profesores donde tenía mi portátil y me lo he subido al aula, una segunda y última planta que más parecía hoy una sauna en la que el sol entraba a borbotones y se extendía como la lava.  Nos hemos sentado en el suelo y les he pedido que escucharan algo, a penas un par de minutos. Les he explicado que había que estar en silencio y que cuando todo acabara aquel que quisiera reír que lo hiciera a carcajadas y al que le apeteciera llorar que dejara salir sus lágrimas sin pudor. Entonces han empezado a sonar los primeros compases del Prelude de la Suit nº I para violonchelo de Bach a través de la mágica mano de Rostropovich.  Es un estallido de sonidos alegres, una algarabía que reconstituye y que abre una puerta al futuro porque, como dice Eric Siblin, tiene aires de descubrimiento. Al acabar, se ha hecho un breve silencio, como el de la música y todos, absolutamente todos, hemos optado por reír.

Ángela Gutiérrez.

Primera fila

Hace unos años estaba en la escalinata de la ópera Garnier, en París. Teníamos concertada una hora para visitar el edificio, pero se había producido un error puesto que ese día las visitas se habían anulado porque había representación. Mientras mis compañeros de viaje intentaban reorganizar la tarde, yo me acerqué a la taquilla del edificio y comprobé que, no solo había entradas,  sino que además los precios eran bastante asequibles. Viendo en mi cara el entusiasmo que me producía la posibilidad de asistir a la representación de El barbero de Sevilla, decidieron agasajarme con una entrada. Así que mientras yo pisé el patio de butacas de la ópera Garnier , me acomodé en mi asiento y disfruté de la música de Rossini, ellos merodearon por los alrededores y disfrutaron de una cerveza en alguna terraza de París.

Parecía imposible llegar a París, acercarse a la taquilla del teatro de la ópera y sacar una entrada, porque en la ciudad donde resido conseguir una entrada para asistir a la ópera se convierte a veces en una odisea de las dimensiones de los versos de Homero y requiere programar el futuro con precisión de reloj suizo. Por eso, el día de hoy está marcado en mi calendario desde el mes de septiembre. Allá por los inicios del nuevo curso se hizo pública la programación operística del Teatro de la Maestranza y Madame Butterfly llegaba al final de la temporada. Nueve de junio de dos mil doce. En los días siguientes, cada mañana, puntualmente consultaba a través de internet la fecha en la que se pondrían a la venta las entradas. Pero fue en vano, me quedé sin ella. Ahora, en lugar de estar sentada en el patio de butacas estoy en la butaca del salón de mi casa con el libreto de Puccini entre mis manos, siguiendo el texto en italiano de esta historia trágica que lleva a la joven quinceañera apodada Butterfly a clavarse en el pecho el cuchillo de su padre  porque no logra superar el abandono de su amor.  También tiene sus ventajas, en el patio del teatro no  estaría disfrutando de esta buena copa de vino tinto.

Ángela Gutiérrez

El despertar de la primavera

La astronomía precisa el día y la hora exacta en el que se produce el cambio del invierno a la primavera. Este año, según el Observatorio Astronómico Nacional, comenzó el martes veinte de marzo, a las seis horas y catorce minutos. A partir de ese día, en la lista de cosas pendientes de hacer, incluyo automáticamente una más: las plantas, hay que arreglar las plantas, prepararlas para el despertar de la primavera.   Creo que es herencia de mi abuela Manuela que cuidaba y mimaba sus plantas con dedicación.

Busco en el calendario el día adecuado; una tarde larga y soleada, una tarde previa a las vacaciones de Semana Santa o a la Feria de abril. Una tarde en la que se dilaten las horas vespertinas, mañana no hay que madrugar. En el estéreo suena el cisne de la suite del Carnaval de los animales, del francés Camille Saint-Saëns, mientras me cambio de ropa y preparo un café. Por delante una tarde dedicada a trabajar con las manos. Al hombre le sienta bien hacer cosas manuales, le ancla a la realidad y estimula el pensamiento. Así que me gusta esta tarde en la que ando como el dios de Santa Teresa, entre los pucheros, con las manos llenas de  tierra, manoseando  los bulbos, abandonándome entre los tiestos y las regaderas, las tijeras de podar  y los pulgones.

Vaciar las macetas, trasplantar a otros tiestos más grandes, quitar las malas hierbas, renovar la tierra, preparar las plantas para despertar después de la larga siesta del invierno, enterrar los bulbos de las dalias, los gladiolos, los ranúculos que esperarán la templada luz del sol para estallar en colores; amarillos, rojos, violetas, naranjas… Es la explosión de la primavera que para mi llegaba aquel día que ayudaba a mi abuela a poner la azotea patas arriba. De ella aprendí a podar los rosales, a distinguir los bulbos de los tubérculos, a cubrir los arriates con el mantillo,  a mantener alejados a los caracoles y a las babosas, a disfrutar con las plantas y a esperar que ellas me devuelvan la alegría de sus colores y el gozo de sus aromas.

Ángela Gutiérrez

Scat singing

En las estaciones de tren, como en los aeropuertos, uno parece salir del tiempo y del espacio. El ir y venir de los pasajeros marca un ritmo propio, como el de una auténtica ciudad, con sus códigos para circular, para informarse, para hacer compras, para tomar un aperitivo. Esta mañana, cuando abandonaba uno de los andenes de la estación, una pareja de turistas británicos se ha acercado, con sus billetes de tren en la mano, el rostro apresurado y despistado,  me han preguntado dónde se encontraba el andén desde el que debían tomar un tren que les llevaría a Mérida. Después de explicárselo y de intercambiar algunas palabras, he salido de la estación. Mientras esperaba el autobús recordaba aquellas palabras que siempre me decía mi madre “preguntando se llega a Roma”.

A Roma o a la casa de Duke Ellington donde oportunamente recaló allá por los años treinta el compositor Billy Strayhorn. El pianista vivía en Nueva York y contrató a Strayhorn para que compusiera nuevas piezas para la Duke Ellington Big Band. Con gran amabilidad y atención, Ellington le envió una carta con toda la información necesaria para llegar desde Pisttburgh, Pensilvania, donde residía Strayhorn, hasta su apartamento del barrio neoyorquino de Harlem. Duke detalló todos los pasos del trayecto y con estas palabras indicó al compositor la línea del metro que le llevaría finalmente desde Brooklyn hasta Harlem: Take the “ A” train.  Esa frase, muy parecida a la que yo dije a los turistas esta mañana, dio lugar a uno de los éxitos más grandes del jazz y a uno de mis temas preferidos, sobre todo en el infinito talento vocal de Ella Fitzgerald, con esos arranques virtuosos y sus interminables scat singing (sílabas sin sentido que sirven para crear una línea vocal y melódica).

Duke Ellington quedó encantado con la composición instrumental del gran Strayhorn, y debió agradacerle el regalo a esa carta-itinerario. Sin embargo, unos años después, fue el pianista el que recibió otra carta. La remitente era una chica de tan solo diecisiete años, que se dedicaba a cantar y que había escuchado por la radio, en su casa de Detroit,  a la Duke Ellington Big Band interpretando Take the “A” train. Lejos de pasarle desapercibida, Joya Sherrill, que era el nombre de la  jovencísima cantante, escribió una letra para el tema. A Duke Ellington no solo le gustó, sino que la contrató como vocalista de su banda.

Ángela Gutiérrez

Fideuá a lo Handel

Ajo, mucho ajo picadito, muy picadito. Perejil, mucho perejil picadito, muy picadito. Al lado una jarra con oloroso caldo de marisco. Avanzada mañana soleada de sábado casi primaveral y la cocina como escenario. Voy preparando uno a uno los ingredientes para hacer fideuá y cuando los aromas empiezan a inundar la cocina, me sirvo una copa de frío vino blanco. A punto estoy de encender un cigarrilo pero mi hijo me pide ayuda con los deberes. Lo solucionamos y regreso a la cocina.

Poco a poco, mientras va tostándose el ajo junto a las gambas y al  perejil, mi hija va desplegando el atril, colocando la banqueta y desenfundando el violonchelo. Añado la sal mientras ella nutre con la resina los pelos de yegüa de su arco. Todo está preparado.

En ese momento, borbotean los fideos en la cazuela de barro y el sonido del chelo en el salón de la casa. Una vez y otra más la misma melodía  que poco a poco va tomando forma, adquiriendo el tiempo adecuado, el ritmo preciso.

Apago el fuego saboreando el vino, enciendo un cigarrilo y mientras reposan los fideos, el Chorus from Judas Maccabaeus de Handel ha resonado en la casa repetidamente, cada vez más limpio, más claro.

Trabajo, esfuerzo, estudio, disciplina, paciencia, entusiasmo, placer: la música.

Ángela Gutiérrez

Música

Angulo