Ella sí que sabe

Hace unos días ha cumplido ochenta años. Recibió unas cuantas felicitaciones a través de su muro de Facebook: sus hijos, sus nietos, sus amigos… No sale de casa sin su iPad ni el cuaderno de notas en el que lleva las chuletas que le ayudan a recorrer las pestañas y recovecos de los caminos digitales. Deja constancia de sus aventuras con las fotos que  muestra y con los comentarios que las explican. Asiste regularmente a la peluquería, sale de compras y a desayunar, visita balnearios y pasa unos días en la playa acompañada de sus amigas. Luce las sandalias de verano y las uñas cuidadas de sus pies y ríe, ríe con soltura, con ganas, ríe mucho. Consiguió su carnet de conducir cuando muy pocas mujeres en este país lo intentaban y ha conquistado la independencia y la modernidad a golpe de entusiasmo, de optimismo y de sofocones. Se atreve a dar las buenas noches a sus amigos de la red con palabras escritas en inglés y cada noche les desea que sean felices. Siempre tiene a mano un “me gusta” y unas palabras amables y halagadoras. Lo mismo muestra el último dibujo que ha pintado en su curso de pintura que un video explicando cómo hacer un cocido a su nieto que anda lejos, buscando garbanzos por las tierras del Rey Arturo.

Abrir el muro del Facebook y encontrar noticias suyas es un placer. Hace unos días, leyendo uno de sus comentarios entendí que no se trata solo de modernidad, que apuntarse con ochenta años al carro de las nuevas tecnologías o a un curso de pintura es solo la punta de un iceberg, un iceberg gigantesco capaz de acabar con el titanic de la soledad,  del abandono y de la decadencia. Me di cuenta de que Pilar ha encontrado el secreto de la eterna juventud, lo decía ella misma con estas palabras escritas en su muro: Así todos los días, pero despierto siempre con alguna ilusión, con algo en la cabeza”

Ella sí que sabe.

Ángela Gutiérrez

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Gran angular

De vez en cuando, los dioses regalan a esta ciudad una auténtica primavera. Días dorados y luminosos que invitan a pasear sin acabar extenuados por el sofocante calor son un regalo inesperado para los vecinos de esta ciudad en el mes de mayo. Es verdad que nos comportamos como el náufrago desorientado y perdido y que junto a los grandes escotes y las tirantas vestimos las botas altas de piel y llevamos los pañuelos abrigando el cuello, pero a Sevilla le sienta bien un mínimo cambio alguna vez que otra.

Desafiando y resistiéndome al fresco otoñal del atardecer permanecí esta tarde más tiempo del deseado en la terraza de un café, leyendo a duras penas en la penumbra de la noche que caía y con las farolas de la calle aún apagadas. Resultaba difícil continuar la lectura porque casi ya no veía, así que salí de mi ensimismamiento. Más bien me sacaron de él los cuchicheos de la mesa de al lado. Entonces levanté definitivamente la vista del libro. Justo enfrente de mi mesa, discretamente situada en un tranquilo rincón de la terraza de un acomodado barrio de la ciudad, una pareja tomaba una copa. Las manos entrelazadas y juguetonas, las miradas atentas, los besos suaves y apasionados los mantenían ajenos al fresco de la tarde-noche y a las miradas. Miradas turbias y chismosas que se mostraban molestas y ofendidas porque esas manos, esos ojos y esos besos les resultaban escandalosos. Proferían insultos y hacían aspavientos mientras se revolvían en el asiento negándose a mirar pero sin dejar de hacerlo. Intenté provocarme una voluntaria sordera para concentrarme en la pareja, para reconocer en ellos el amor, la dulzura, la cordialidad, el cariño, pero resultaba difícil y tremendamente incómodo continuar allí con los cuchicheos del fondo.

Poco a poco, yo terminaba mi copa al mismo tiempo que la pareja; metí mi libro en la mochila, y pedí la cuenta al camarero. Al momento llegó un niño montado en una bicicleta pequeña, la dejó junto a la mesa de la pareja que estaba justo enfrente de mí. Se sentó en las piernas de uno de ellos y bebió de un trago un vaso de agua. Los dos hombres se levantaron, tomaron al niño de la mano y cogieron la bicicleta. Se alejaron tranquilamente los tres, riendo y charlando animadamente mientras cruzaban la plaza.

Entonces pensé que a esta ciudad le sobran cuchicheos. Que esta ciudad necesita un gran angular que capte fotografías más panorámicas.

 Ángela Gutiérrez

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Jitanjáforas, bernardinas y camelos

La jitanjáfora es una figura retórica que consiste en elaborar un enunciado que carece de sentido y con el que se pretende conseguir resultados  eufónicos. Se trata de palabras que van encaminadas a la fantasía, a la sensación; palabras que no persiguen un fin último sino que solamente juegan. El término fue acuñado en 1929 por el humanista mejicano Alfonso Reyes quien lo tomó de una composición del poeta cubano Mariano Brull. Filiflama alabe cundre ala olalúnea alífera alveolea jitanjáfora liris salumba salífera, decía la leyenda. Pero el recurso viene de lejos; lo encontramos en los versos de Vicente Huidobro, en las páginas de Rayuela de Julio Cortázar o en Sor Juana Inés de la Cruz. Puestos a buscar el origen, habría que remontarse, quizá, a la inteligencia de Francisco de Quevedo, a esas parodias culteranas que quitarían, sin duda, el sueño y la paz a Luis de Góngora.

Padre y madre de la jitanjáfora serían las bernardinas que según Gonzalo Sobejano cumple dos funciones básicas en la literatura: distraer la atención de una persona para engañarla y robarle o causar admiración haciendo pensar al oyente que hay algo donde no hay nada. En un estudio publicado por Gonzalo Sobejano sobre las bernardinas en los textos literarios del Siglo de Oro, este afirma que se trata de un disparate dicho –nunca hecho- cuya intención no es otra que engañar al oyente durante un periodo de tiempo conveniente para lograr algún fin. El burlador debe hacer creer al oyente que tras el mensaje late algún sentido, que en el fondo de lo que escucha reside la razón. Pero esa razón nunca concluye y el receptor atiende embelesado, a la espera, sin desvelar jamás el engaño porque entonces se percataría de las intenciones del burlador. Aquel que echa bernardinas debe conseguir que el receptor no lo entienda pero ansíe entenderle. 

Como la jitanjáfora, la bernardina se nutre de la gracia idiomática, del deleite estético que produce en el lector y de la sombra de racionalidad que le aporta el contexto. Ese sentido estético, esa gracia es lo que la diferencia del disparate que aparece siempre desnudo y temerario.

Que una y doli, treli, catoli, quini, quineta… es una jitanjáfora inocente, un juego de niños; los discursos políticos que llenan las páginas de los periódicos podrían ser bernardinas, pero carecen de gracia y no producen, en ningún caso, deleite estético, situándose así más cerca del disparate. Como dice Gonzalo Sobejano, lo que denominamos bernardina está, salvo por la gracia, a la orden del día. Muchos la llaman camelo.

 Ángela Gutiérrez

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Uno de nosotros

Uno cualquiera de nosotros, por ejemplo, Pepe. Se levanta bien temprano, se ducha y se arregla mientras despierta delicadamente a sus hijos para ir al colegio. Mientras los críos se visten, Pepe prepara el desayuno y deja las camas y la cocina recogidas antes de salir de casa. Acompaña a los niños al cole, algún que otro día  los deja antes de tiempo, en el aula matinal, y se encamina a la oficina. Previamente ha dejado organizado el almuerzo y en el descanso del desayuno se acercará al mercado a realizar unas compras de emergencia: fruta, leche, pan…De regreso a casa abrirá  el buzón y casi sin mirar los sobres sabrá que ya han cargado en su cuenta del banco la letra de la hipoteca, el recibo de la luz, la factura del agua y del teléfono, las mensualidades del pago aplazado de la televisión de plasma y del ordenador portátil de los niños. Por la tarde, si dispone de tiempo libre, acompañará a su hijo al partido de fútbol que jugará en el patio de un colegio de puertas abiertas, mientras espera que su hija regrese de las clases de inglés, lengua tan importantísima para ser un hombre de provecho.

 Uno cualquiera de los más de seis millones, por ejemplo, Pepe. Se levantará como siempre, bien temprano, a eso de las 7 de la mañana. Se duchará, se arreglará como lo hacía para ir a la oficina. Llamará delicadamente a sus hijos y mientras prepara el desayuno contará mentalmente el dinero del que dispone para acercarse al mercado después de dejarlos en el colegio. Deberá elegir: o leche o fruta, del pan no se puede prescindir. Ahora ninguno de sus hijos asiste al aula matinal y Pepe no tiene oficina a la que dirigirse. Por la tarde, hará de tripas corazón y sacará fuerzas para pelotear un rato con su hijo en el parque público más cercano y el inglés seguirá siendo una lengua importantísima para ser una persona de provecho, aunque su hija se pase la tarde peloteando con ellos en la placita.

 Abrir el buzón le produce escalofríos: sigue lleno de las facturas de la luz, de las letras de la hipoteca, de los recibos del agua y del teléfono… El paro ha cambiado su vida, pero nada se ha interrumpido.

Ángela Gutiérrez

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Dibujando sueños

Me gusta dibujar. Me gusta dibujar sobre todo tortugas, como las que Charles Darwin encontró en su viaje a bordo del Beagle por las Islas Galápagos, deshabitadas y alejadas de la costa, plagadas de cocodrilos gigantescos y tórtolas que se posaban confiadamente sobre los hombros de Charles. Algunos días observo uno a uno mis dibujos, ordenados escrupulosamente en un gran bloc con las pastas duras y de color rojo y me imagino que mis hojas acabarán como los cuadernos de Darwin, llenas de grabados de cráneos, bocetos de hojas y árboles filogenéticos. También me gusta hacer viñetas de mi madre y de mi padre y de mis hermanos. Observo perplejo la actividad de mi madre, siempre atareada con la comida, con la ropa, con la limpieza y la plasmó sobre el papel sonriendo y con cara de cansada. Me pregunto de dónde me vendrá esta afición; por más que miro, en mi casa nadie coge nunca un lápiz, ni abre un libro, ni usa un cuaderno. A veces mi padre toma un papel y anota algunos números con un lápiz de madera pequeño, muy pequeño, al que saca la punta con su navaja, y cuando acaba suele poner cara de tristeza y de desesperación y posa sus codos sobre la mesa camilla.

Me gusta dibujar porque es la manera de ver mis sueños. Otros sé que lo hacen con las palabras, pero yo nunca las encuentro, siempre se me quedan cortas, extraviadas en la punta de la lengua, queriendo salir pero aturrulladas y revueltas. Sin embargo con los colores me atrevo con todo, incluso con lo más íntimo, con aquello que está escondido en el fondo, muy en el fondo, que solo se descubre escarbando entre las fotos perdidas y lejanas, con ese color sepia de las cosas antiguas, de las cosas pobres, de las cosas que se han alojado inconscientemente en la memoria.

Y cuando salen mis dibujos, veo mis sueños  y veo los sueños de los demás. Aparece mi abuelo pintado de gris, con la gorra de paño y los pantalones de patén, mirando incrédulo a un cielo otoñal cruzado por el Sputnik, esperando la lluvia que engorde las aceitunas. Y veo a mi padre soñando, tras el mostrador de una tienda, con poder estudiar, con devorar uno tras otros los libros que cayeran en sus manos, repitiendo palabras en francés y en inglés, palabras con las que nunca soñará porque el color sepia de la memoria ya no las almacena.

Me gusta dibujar porque descubro que todos tenemos sueños. Es verdad, mis padres tuvieron sueños cuando eran niños y mis abuelos tuvieron sueños también. Y los antepasados de mis abuelos tuvieron sueños  y los antepasados de sus antepasados tuvieron sueños y probablemente esos monos de los que venimos tuvieron sueños también.

Pero crecieron y nadie hizo caso a sus sueños. Quizá porque estaban ocultos, porque las palabras se le enredaban como a mí en la punta de la lengua, porque soñar no era cosa de los pobres, ni de los campesinos, ni de los analfabetos. Porque quizá nadie le dio la oportunidad.

O tal vez porque no tuvieron un bloc donde poder dibujar.

Ángela Gutiérrez

árbol filogenético de Charles Darwin

Ponte en la piel

En el perchero de detrás de la puerta colgaban las gabardinas y los paraguas, empolvados y aburridos, esperando su oportunidad. En los membrillos maduraban los frutos de la pasión, brillantes como la manzana dorada  de la discordia,  dispuestos para el dulce bocado de los amantes. Corrían los días del veranillo de San Miguel, con los termómetros alcanzando marcas veraniegas en las tardes soleadas, de cielos despejados y nubes altas en el lejano horizonte. Cambios, bruscos cambios en el paso de una estación a otra. A pesar del ajetreo cotidiano, Carlota estaba tumbada en el sofá, añorando quizá las largas siestas del verano, retrasando por unos minutos los deberes de las tardes laborales del otoño. Sentía un leve dolor de garganta y tomaba de cuando en cuando pequeños sorbos de agua para aliviarse. Había pasado la mañana hablando sin parar, atendiendo a varios grupos de turistas que visitaban el museo donde trabajaba de guía y ahora no podía evitar el carraspeo y la aspereza al tragar. Solo disponía de quince minutos para reposar después del almuerzo. A pesar del calor pegajoso y sofocante ya estábamos en octubre y las tardes eran más cortas.

Supongo que Carlota se quedó dormida por un momento. Cuando se despertó sobresaltada, se recompuso rápidamente la ropa y se retocó el maquillaje casi sin mirarse al espejo, cogió las llaves, el bolso y se dirigió a la oficina. Llevaba prisa, tenía mucho trabajo. Se acercaba el fin de semana y las visitas guiadas al museo aumentaban, así que debía realizar algunas gestiones para organizar los grupos del día siguiente. Saludó al guardia de seguridad y se dirigió al despacho que compartía con varios compañeros. Ahora se explica. La miraban con curiosidad, con un cierto aire de desasosiego, sobre todo cuando Carlota se acercaba mucho a alguno de ellos para entregarle alguna documentación o comunicarle algún cambio en el horario de las visitas. La observaban como si fuera la primera vez que la veían, con detalle, deteniéndose en sus labios gruesos y rosados, en sus grandes ojos oscuros que empezaban a recuperar el brillo después de haberse olvidado de las gafas tras operar su miopía; atendían a su voz como si estuvieran escuchando una sonata de Bach, segmentando los matices, las tonalidades; repasaban interesados los dedos regordetes de sus manos pequeñas y ágiles e incluso reprimían el deseo de sostenerla por la barbilla, frenar su rostro y mirarlo fijamente.

Había hablado con ella a media mañana para decirle que tendría que almorzar sola, que estaba fuera de la ciudad, resolviendo uno más de los cientos de problemas que las obras de aquella urbanización nos estaba dando. Uno no acaba de entender cómo en este país se han permitido tales disparates  urbanísticos, cómo se han asolado pinares centenarios para convertir el paisaje en ruinas hormigonadas con las que ahora nadie sabe qué hacer. Aún así, Carlota decidió no almorzar fuera, en uno de esos restaurantes baratos y ruidosos que abundan en los alrededores del museo, que inundan las aceras con esos monigotes convertidos en pizarras donde se anuncia con tizas de colores un menú del día engañosamente saludable. Prefirió acercarse a casa, comer tranquilamente y quitarse los zapatos que le parecían fríos y duros como escarcha.

Carlota pasó la tarde entre llamadas y papeles. Consiguió cerrar varias visitas para la mañana siguiente con turistas alemanes. Hablaba alemán, portugués, francés y por supuesto inglés así que no le faltaba el trabajo. Los alemanes eran visitantes muy especiales. Buscaban la perfección pero se aburrían rápidamente, por eso Carlota preparaba sus explicaciones con ahínco, como si en ello le fuera la vida. Nos obstante, a pesar de las dificultades, el museo no pensaba prescindir de sus servicios. Era algo así como la joya de la corona y, de alguna manera, ella lo sabía. Estudiaba continuamente, con tesón y entusiasmo; pedía informes detallados de los grupos, escarbaba en sus intereses y terminaba por hacer el mejor recorrido que se puede imaginar por el museo. Cuando las agencias de viajes contactaban con el museo para concertar una visita, Carlota era la guía más solicitada.

No sabía el motivo, pero al final de la tarde, la responsable de recursos humanos del museo la citó con urgencia en su despacho. Carlota sentía curiosidad y repasaba una a una todas las posibles razones. Tan solo en un par de ocasiones se había encontrado con ella, cuando le hicieron la entrevista personal después de superar las pruebas para acceder al puesto de trabajo y cuando firmó su  contrato, y de eso hacía ya algo más de un año. Me llamó a media tarde un poco enfadada. Me explicó que llegaría más tarde de lo habitual, que la habían convocado a una reunión al final de la jornada y me encargó que me ocupara de la cena.

Estaba en la cocina, terminando de preparar la cena cuando escuché las llaves abriendo la puerta del apartamento.

-Ya estoy en casa – dijo.

– ¡Hola! Enseguida te veo, termino el revuelto en un segundo- contesté.

Carlota dejó el bolso en el perchero de la entrada y se dirigió al dormitorio, hablándome desde allí con una voz firme y bronca. Llegó irritada. Se cambió de ropa con brusquedad, daba portazos con las puertas del armario y abrió el grifo del lavabo con una presión inusitada. A voces me hablaba desde el baño, diciéndome que era injusto, que no había derecho, que se había dejado la piel, que no había servido de nada su esfuerzo, ni su estudio, ni las horas que había dedicado a la institución.

Aparté la sartén del fuego, me lavé las manos y salí de la cocina. La encontré en el salón y paralizado, la miré. Miré sus labios gruesos y rosados y sus grandes ojos brillantes. Miré sus manos y su pelo. La miré sin poder decir nada.

–       ¡Qué, qué miras! ¡Estoy harta de que me miren ¡Nadie ha hecho otra cosa esta tarde más que mirarme así! ¡Vaya mierda de día! ¡Lo que me faltaba! ¡Llegar a mi casa y encontrarme lo mismo!

–       ¿Carlota? ¡Carlota…!

–       ¡Joder, qué quieres! ¡Deja de mirarme así! ¡Me han despedido, me han puesto en la calle! ¡Como lo oyes, de un día para otro!

Carlota rompió a llorar y las lágrimas rodaron sin que yo pudiera impedirlo. Tenía los mismos labios gruesos y rosados de siempre, los mismos grandes ojos oscuros, el mismo pelo largo y rojizo, las mismas manos regordetas y ágiles, la misma voz, pero su piel se había vuelto negra, negra como el  hollín.

Ángela Gutiérrez

Summertime

Tiempo de verano y la vida es fácil decía la canción de Ella Fitzgerald.

Una espera que lleguen sus merecidas vacaciones para entregarse plácidamente, no a la pereza, sino a todo aquello que durante el año abandona o pospone en aras del trabajo, de la disciplina y del tesón.  En los primeros días de mis vacaciones me gusta poner la casa patas arriba, limpiar de papeles los estantes y las mesas, archivar aquello que se puede reutilizar y dejar las repisas despejadas.  El cubo de agua, los estropajos, los guantes, las escobas, los plumeros se convierten en los utensilios de mi trabajo; los que trabajan por sus manos y los ricos que diferenciaba Jorge Manrique.  Es lo más parecido a una mudanza: los escasos muebles se separan de las paredes, los libros bajan de la librería y ocupan los rincones de la casa, esperando el agua clara que los desempolve aunque en muchos casos no acabe con el tono amarillento y apergaminado del papel. Las ventanas se despojan de las cortinas, los cojines de sus fundas y las arañas que desde la primavera se han cobijado en los rincones huyen de los olores a lejía  y de las ásperas escobas.  Día a día los cachivaches van recuperando su sitio pero la casa adquiere un nuevo olor, un aroma de renovación que se parece al final del curso, cuando todo empieza a estar dispuesto para volver a empezar.

Entonces sí que llegan las vacaciones: la montaña de libros preparados para aliviar el verano, para inundar el tiempo con una nueva disciplina, un nuevo tesón, un nuevo trabajo y una tendencia a la pereza alimentada por las altas temperaturas y los sabrosos y refrescantes gazpachos.

Ángela Gutiérrez

Defender lo evidente

Se ha celebrado estos días en Madrid el encuentro internacional Red Innova que es un encuentro en el  que se da a conocer lo último y más innovador del entorno de la tecnología digital aplicada a distintos campos. Entre los muchos actos y actividades que se han llevado a cabo me ha llamado la atención uno especialmente, y por un par de motivos. El primero, porque es el único acto junto con la inauguración que ha aparecido en la prensa, y el segundo, por el perfil de las personas que participaban en el debate, moderado por la psicóloga social, Dolors Reig. El acto en cuestión es el debate celebrado el pasado jueves bajo el título La educación,¿qué estamos haciendo mal?

La fotografía de los participantes que publicaba el diario El país era en sí misma reveladora. Una sola mujer, Dolors Reig, que actuaba de moderadora. Esto ya es significativo si tenemos en cuenta que en educación la mayoría son mujeres. A su lado, el antropólogo Ignacio Martínez Mendizábal, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias y Tecnología por su trabajo en las excavaciones de Atapuerca. Junto a él, Carlos Grau, director del Sector Público de Microsoft y a su derecha, el director general del Área de Negocios Digitales de la editorial Santillana, perteneciente al grupo PRISA que era el organizador del debate. Cerraba el semicírculo, José de la Peña, director del Área de Educación dela Fundación Telefónica.

Tal como mandan los cánones estéticos de los últimos años, los cinco participantes aparecían en el escenario formando un semicírculo, sentados en banquetes altos en torno a dos pequeñas mesas altas, despojado el escenario de solemnidad y acercando su estética a la de las terrazas de las tabernas, eso sí, tabernas de último diseño.

A lo largo del debate, estos especialistas insistían en la necesidad de reformar el sistema educativo español que permanece casi inmóvil desde su nacimiento durante la revolución industrial y que se muestra “inútil e ineficaz en esta era digital en la que toda la información está a un clic de distancia”.

Vaya por delante que escribo en primera persona del singular y que si en algún momento se me escapa el plural es por la certeza de que muchos están de acuerdo conmigo. Vaya por delante también, que mis reflexiones parten de una doble e inseparable realidad: una, como docente; la otra, como madre con hijos en edad de escolarización obligatoria. Y, vaya por delante además, mi defensa de un sistema público de enseñanza, sólido y de calidad.

En la necesidad de cambiar el sistema educativo, estoy de acuerdo con las afirmaciones realizadas en la conversación, pero en todo lo demás, discrepo y por varias razones.

La primera, superficial y, si ustedes quieren, basada en mis propios prejuicios, pero desconfío y recelo de todos los especialistas y seguramente magníficos profesionales que se dedican a decir a los docentes qué tienen que hacer y cómo deben hacer su trabajo, sin haber pisado en su vida un aula y mucho menos para coger a diario una tiza o una pizarra digital, que para el objetivo de la enseñanza tan válida es una como otra.

La segunda razón exige algo más de profundidad y analizar detenidamente su discurso global. Todos los participantes defendían el uso y la incorporación de las nuevas tecnologías de la información en la escuela, y me parece bien, pero pensar que ese hecho en sí mismo cambia el sistema educativo y mejora la calidad no tiene pies ni cabeza. Por tanto, no puedo más que pensar, y es una vaga intuición, que lo que mejoraría considerablemente serían sus negocios. Encender un ordenador puede alentar la creatividad tanto como darle a un niño un papel en blanco y una caja de colores y puede adormecerla igual que un folio repleto de cuentas de dividir. La imaginación y la creatividad no están en los objetos, son propiedad privada de los seres humanos y se han desarrollado a lo largo de la historia en las condiciones más propicias y. sobre todo, en las más adversas.

La tercera razón impone un grado mayor de reflexión y exige desgranar poco a poco las claves del mensaje de estos especialistas; pondré algunos ejemplos, los mismos que aparecían en la prensa: 

“Los alumnos se aburren en la escuela. Lo que tienen fuera es mucho más atractivo –Internet, por ejemplo- que el mundo compartido de saberes estancos que se le ofrece dentro. (…) Lo que ha pasado con Internet en la escuela es lo que pasa con la Red cuando llega a cualquier sitio: lo primero que ocurre es un caos tremendo, porque casa muy mal con el modelo antiguo.”

En primer lugar, considerar “saberes estancos” a todos los conocimientos, ideas y avances tecnológicos y artísticos desarrollados por el hombre a lo largo de su historia, me parece, cuanto menos, simple. En segundo lugar, que una determinada herramienta no case con el modelo antiguo no convierte a este modelo en malo o inútil y a la herramienta, en sí misma, en buena y eficaz, simplemente no casan. En cuanto al aburrimiento de los alumnos, lo trataré más tarde.

 “Si la educación se ha centrado tradicionalmente en la lectoescritura, el cálculo, etc. Debe abrirse ahora a las denominadas inteligencias múltiples o también potencialidades del hemisferio derecho de nuestro cerebro: la creatividad, los lenguajes audiovisuales, la competencia para relacionarnos. (…) Probablemente sí están cambiando las formas de enseñar, pero apenas se han tocado los contenidos.” Pues claro que el sistema educativo debe centrarse en la lectoescritura y en el cálculo y en otros muchos contenidos sin los cuales es imposible aprender. Y, aunque las materias se pueden presentar de formas más o menos atractivas, lo cierto es que hay conocimientos indispensables, poco atractivos, cuya utilidad es difícil de comprender y cuyo aprendizaje es arduo. Pero hay que hacerlo igual que obligamos a los niños a comer verduras y pescado y no los dejamos que se atiborren diariamente de chucherías.

Es verdad que en la escuela se realizan trabajos tediosos, pero estos son necesarios para aprender: puede resultar apasionante entender las leyes de la física pero esto no será posible sin hacer cientos de ejercicios rutinarios para aprender, por ejemplo, las tablas de multiplicar. Está claro que los contenidos deben ser seleccionados y organizados adecuadamente, pero sin ellos no es posible la creatividad ni el entendimiento de los lenguajes audiovisuales ni, en definitiva, la comprensión del mundo. Alguien que no sabe nada no puede crear nada porque la creatividad se sustenta, no solo en la intuición, sino también en la imaginación, en el conocimiento y en las ideas. Un ejemplo fácil, no podemos consultar una palabra en un diccionario si previamente no hemos aprendido el alfabeto y, ya puestos, no podemos conocer el alfabeto si nadie nos lo enseña. Por muy espectaculares que sean  nuestra conexión a Internet y nuestro móvil de última generación, no podremos encontrar una palabra si nadie nos ha enseñado que existe un diccionario.

“(Las tecnologías) ofrecen entornos mucho más ricos, muchas más posibilidades de personalizar la enseñanza, rompe las barreras del espacio y del tiempo pues la información se hace ubicua y todo ello cambia la posición del profesorado, hasta convertirlo en un facilitador dentro de un entorno colaborativo.” No sé porqué, pero los hijos de todos estos que afirman que el docente no debe ser un transmisor de conocimientos, sino facilitadores o mediadores, llevan a sus hijos a esos centros privados donde impera el esfuerzo y la disciplina. Me imagino qué debe sentir un docente que después de muchos años de esfuerzo, de estudio  y de trabajo, se convierte en un “facilitador” mientras contempla que sus alumnos y alumnas cada vez saben menos. ¿Pero qué quiere decir esto? Un profesor que llega a la clase y no desgrana los temas punto por punto y no exige la realización de tareas y actividades que permitan al alumnado asimilar esos conocimientos, es un profesor que discrimina a sus alumnos en dos clases: los que pueden pagarse unas clases particulares y los que no.

Para descubrir algo nuevo, para crear algo nuevo, es necesario saber previamente muchas cosas. Yo tenía un profesor en la facultad que nos decía que para escribir treinta líneas sobre un tema había que leer trescientas más sobre él. Pues claro, no habríamos llegado a la física cuántica si no se hubiera reflexionado sobre Einstein y si Einstein no hubiera repensado a Newton y Newton a Galileo y Galileo a Aristóteles. Y, lo más importante, ninguno de ellos habría pensado si previamente nadie le hubiera enseñado la tradición. 

“La creatividad consiste en dar respuestas nuevas a los problemas a partir de los conocimientos que ya se tienen y después, buscar la manera técnica de llevar la idea a la práctica.” De acuerdo. Pero entonces, hay que admitir la necesidad de los conocimientos y los conocimientos se adquieren con los contenidos que se transmiten. A nadie se le ocurre partir de la nada sino de lo que ya previamente otros han elaborado. Ningún creador, ningún artista, ningún científico parte de cero ni alcanza el éxito con un descubrimiento repentino. Transmitir esa idea no es más que devaluar la creación y la investigación que solo se logra con esfuerzo, disciplina y dedicación.

 “Los maestros deben utilizar herramientas más modernas y eficaces”

 La enseñanza tiene como función principal enseñar cosas y además transmitir el deseo y la ilusión por aprender. Es evidente que para enseñar algo hay que saber mucho más y que el entusiasmo solo lo contagia aquel que se entrega apasionadamente. Pero eso no se consigue por asistir de cuando en cuando a unos cursillos ni por utilizar una herramienta de nueva generación. Utilizar herramientas más modernas, sin más no es ningún indicador objetivo para medir la valía de un docente. Para mí es necesaria la formación constante, el estudio continuo y echo de menos que la administración no contemple vías que faciliten al profesorado la investigación de calidad, el acceso a la universidad o la valoración de aprender por sí mismo. No deja de ser contradictorio que la ley contemple como un objetivo fundamental que el alumno “aprenda a aprender” y que al docente no se le reconozca ni valore profesionalmente esa posibilidad.

  Estamos en una situación complicada. El derecho a una educación pública está en el ojo del huracán, sometida a recortes presupuestarios y laborales. Los indicadores externos hablan de un alto índice de fracaso escolar y de niveles pírricos en cuanto a la calidad y el aprendizaje del alumnado. El profesorado ha sido apartado de cualquier órgano de consulta y sustituido por especialistas, como los que intervenían en el debate que ha dado lugar a estas reflexiones, que desconocen los entresijos, ya no solo de la educación, sino del funcionamiento  básico de los centros educativos. Cuando se habla de una reforma del sistema educativo, la clase política y los medios de comunicación se centran en la conveniencia del uso de las nuevas tecnologías, en la enseñanza o no de la religión en la escuela o enla Educaciónpara la ciudadanía. Y, no digo que no sean temas importantes, pero desde luego no llegan, ni por asomo, al centro de la cuestión: la ineficacia de una ley de educación que más que una obra humana sujeta a cambios profundos e incluso a aboliciones,  se nos presenta como una cuestión de fe. Por otro lado, la existencia de un sistema público de enseñanza, exigente y riguroso es la única forma posible para que los ciudadanos, sobre todo los más desfavorecidos, progresen humana y socialmente.

La historia nos ha enseñado que hay que defender cada día lo evidente porque las cosas valiosas son frágiles y un paso atrás en una conquista se da rápido, pero para avanzar una pulgada se requieren muchos años de esfuerzo y de sacrificio.

Me pregunto, si en la escuela no se enseñan contenidos, ni se transmiten conocimientos, si en la escuela solo vale la creatividad entendida como mera espontaneidad o capricho, si en la escuela el profesor solo es un facilitador de motivación, entonces, nuestros hijos ¿dónde aprenderán? Lo que nuestros niños y adolescentes no aprendan en la escuela ¿dónde lo aprenderán? ¿Quién se lo enseñará?

 Ángela Gutiérrez

Una buena confesión

¿Qué siente uno cuándo sabe que se ha equivocado? O mejor, ¿qué se siente cuando sin pensarlo, uno reconoce que se ha equivocado porque otros se lo dicen?

Podríamos preguntárselo a Su Majestad el Rey. Con once palabras, con tan solo once palabras ya parece que se hace borrón y cuenta nueva. Pero, precisamente por su brevedad, yo no me resisto a analizar todos los pormenores de ese discurso que se ha traducido casi casi con tintes sacramentales.

Empecemos por el principio.

Una vez ingresado en la clínica privada  donde le realizan la intervención y le colocan una prótesis de cadera, sin que en las listas de espera apareciera nadie apellidado Borbón, Su Majestad se recupera mientras hace examen de conciencia ayudado por los medios de comunicación, los responsables políticos que emplean en estos días y para este asunto la boca chica y la visita fugaz de la Reina.El  examen, más o menos guiado, tiene un resultado: Me he equivocado.

Apenado, ruborizado y compungido, le asalta inevitablemente el dolor de corazón. Lo siento. Pero no es un dolor de corazón cualquiera; es de los insoportables, de los que carcome por dentro si no, ¿a qué viene modificar el verbo con ese adverbio de cantidad, mucho  y aparecer ante los medios en un angosto y oscuro pasillo, todavía convaleciente y con la voz más triste y apocada que nunca?

Estoy tratando de recordar aquellas cosas que eran necesarias para una buena confesión. El examen de conciencia y el dolor de corazón, van por delante: Lo siento, me he equivocado. Si mal no recuerdo, y os digo que me han hecho falta un par de llamadas de teléfono para ponerlas en pie, me faltan tres. Pero no nos desviemos, sigamos con el discurso.

La tercera enunciación de las palabras de don Juan Carlos I nos manifiestan el propósito de enmienda: No volverá a ocurrir. Se trata de un acto de contrición que nace de considerar la fealdad del pecado y que busca y desea la absolución. ¡Amigo! Eso y lo que viene a continuación siempre es lo más difícil porque hay que detallar al confesor qué es exactamente lo que no volveremos  a hacer: ¿Irnos sin decir nada? ¿Cazar elefantes? ¿Aprovecharnos de nuestra situación privilegiada? ¿Viajar a Botsuana? ¿Gastar unos recursos que no son de uno en beneficio propio? ¿Disfrutar y darnos algún placer?… Aquí  seguimos los confesores esperando que Su Majestad nos diga los pecados y  una vez que lo haga, deberá cumplir la penitencia que por supuesto, debe corresponderse con la gravedad y la naturaleza de los pecados cometidos.

Claro que puede que Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I crea que los arrepentimientos son como los de los pintores y que la equivocación se arregla con unas cuantas pinceladas y mucho ingenio. Pero cuidado, los avances  tecnológicos, la utilización de radiografías,  las reflectografía inflarroja, el examen con distintas luces y el análisis de la materia  hacen posible el descubrimiento del pentimento más oculto.

Ángela Gutiérrez

Reivindicación transparente

Triana lleva muchos años trabajando pero es el primer día en su nuevo destino. Antes de entrar ha parado en el bar de enfrente a desayunar; café con leche y tostada con aceite de oliva. Es fumadora, así que busca una mesa en la terraza a pesar de que la mañana, aunque soleada, es fresca. En el café, casi todos los clientes son mujeres. Muchas de ellas uniformadas con pantalón oscuro y chaqueta negra. Suave, naturalmente maquillada, Triana mantiene la seguridad que da la experiencia, la de llevar muchos años haciendo un buen trabajo en el taller de costura de unos grandes almacenes de la ciudad. Recoger los bajos a los pantalones, entallar vestidos, arreglar cremalleras, pegar botones… Pero hoy, ese primer día, se presenta lleno de incertidumbres, sin conocer lo que se va a encontrar.

Justo cuando enciende el cigarrillo para acompañar los últimos sorbos del café, la cara de Triana se ilumina, y una amable sonrisa se dibuja en su cara; alguien a quien conoce se acerca, la saluda efusivamente y entre risas y charlas fugaces, le presenta a otras compañeras.

Es Triana, del taller del centro; desde hoy trabajará con nosotras y os digo que es canela fina.

Se acercan las diez de la mañana y la clientela del bar queda como dividida en dos grupos diferenciables a simple vista; mujeres de edades diferentes, vestidas con ropas más o menos informales, con mochilas, con bolsos de piel o de cuero o de loneta, que mantienen con el camarero una mimética relación profesional; desconocidas que coinciden desayunando en el mismo local. Las demás componen el otro grupo: bromean entre ellas, se saludan, canturrean al camarero. Bajo sus brazos, colgados de sus hombros o entre sus dedos, todas llevan bolsos transparentes, desnudando ante la ciudad sus pertenencias íntimas: pequeños monederos, pañuelos de papel, teléfonos móviles, bolsitas con los avíos para retocar el maquillaje, llaves, tabaco… Esos bolsos traslúcidos son su tarjeta de presentación. El de Triana lleva asas y remates de tela roja, a juego con el pañuelo que abriga su cuello.

¿Y Rocío, de niños? ¿Cómo está? –le pregunta una voz desconocida hasta hace solo unos momentos- Estaba en el edificio del centro, como tú.

¿Rocío? ¿La del departamento de ropa infantil? – replica Triana – La despidieron, hará unos dos meses.

Sí, ahora ya lo saben todas. A Rocío la despidieron porque fue una de las que firmó. Llevan años lamentándose por esa exigencia empresarial que las obliga a llevar bolsos transparentes para controlar los hurtos, pero las quejas no pasaban de ser una conversación propia de la barra de un bar; nada serio. Hace unos meses, algunas trabajadoras, a través de una organización sindical, presentaron formalmente una queja ante el comité de empresa por esta medida que consideran una violación de su intimidad. Además, su protesta resalta el carácter discriminatorio puesto que sus compañeros, los hombres, algunos pocos que llevan bolso o mochila, no están obligados a que sean transparentes. Rocío, que siempre se exaltaba mucho con esta cuestión, firmó la reclamación.

Ya se sabe – dijo Triana – el que se mueve, no sale en la foto. ¡Menudas están las cosas!

Pagaron los desayunos, cada una el suyo, sacaron un pequeño espejito del bolso y retocaron hábilmente su maquillaje. Era el primer día de Triana en el nuevo destino y había bastado con encontrar el café adecuado para sentirse como si llevara allí media vida. Cruzaron la avenida y entraron de dos en dos, por la puerta trasera de este enorme edificio revestido de granito y de enormes cristales trasparentes, como los bolsos.

Ángela Gutiérrez