Incertidumbre

Alrededor de su cama crecían las margaritas blancas y sobre su lecho se amontonaban millares de pétalos que lo iban cubriendo poco a poco con la suavidad de unas sábanas de seda. El sol entraba cálido por el ventanal y las flores que lo rodeaban lo miraban con el descaro de los girasoles. Alargaba su brazo y cogía una de las margaritas, mirándola de soslayo, tímidamente. Empezaba a deshojarla muy despacio, con sus dedos artríticos y delgados. Movía suavemente sus labios en los que se leían cinco palabras: “Me quiere, no me quiere”. Al momento tomaba en sus manos otra margarita.

Ángela Gutiérrez

Primera vez

Andrés pensaba en las  cosas que le gustaría que siempre fueran por primera vez. Se acordó de la película El Golpe, del placer que sentiría volviendo a disfrutar de la mentira, de sentirse como el timador timado, sorprendido, expectante, adelantando desenlaces que se van desmoronando conforme avanza la cinta. Tenía la misma sensación con Oh Brother!, de los hermanos Cohen. Deseaba aventurarse por primera vez con la huida de los tres prisioneros, y recorrer el mismo camino de encuentros y desencuentros en busca del tesoro. Le pasaba también con las ciudades. ¿Cómo sería contemplar su propia ciudad por primera vez, pasear por sus calles como un extraño recién llegado, que busca el río para orientarse, que se desvanece por entre las callejuelas de la judería y se pierde entre las tascas, las plazas y los corrales?

Llevaba buena parte de la mañana paseando por aquella ciudad desconocida para él. Un trabajo le había llevado hasta allí y antes de empezar disfrutaría de un par de días libres para acomodarse. Andrés miraba con curiosidad a su alrededor intentando absorber como una esponja el paisaje que se extendía antes sus ojos, las fachadas envejecidas de las casas y los rostros sufrientes de sus habitantes. Se sentía observado, como si las miradas imprimieran radiografías exactas de su aspecto y de sus pensamientos. Sobre los tejados y azoteas, como en  improvisadas garitas, se apostaban soldados vestidos de verde que cargaban entre sus brazos las armas adormecidas y amenazantes. Andrés caminaba sin perderlos de vista, sonriéndoles forzadamente. Al final de la avenida se encontró con un  pequeño mirador elevado sobre una tímida colina a cuyos pies se extendía la zona baja de la ciudad separada de la parte alta por una elevada y densa alambrada de espinas.

Andrés se detuvo, haciendo esfuerzos por no apoyar sus brazos sobre la alambrada, se asomaba al barranco separado tan solo por un par de metros de las azoteas de las casas más altas de la otra parte de la ciudad. Recorrió despacio el mirador, de un extremo a otro. Cuando llegó al final, una mujer joven tendía la ropa al sol. Cruzaron sus miradas, sonrieron. Andrés extendió su brazo para estrecharle la mano, pero la distancia, a pesar de lo que parecía era insuperable. 

En no pocas ocasiones había sentido como alambradas algunas cosas que lo separaban de los demás: la mentira, la insolencia, la envidia… pero nunca, nunca en su vida se había imaginado en un lugar del mundo en el que la alambrada fuese de verdad y lamentó haber experimentado esa primera vez.

 Ángela Gutiérrez

Milagro de primavera

Cuando llegaba la primavera, mi abuela Manuela montaba zafarrancho jardinero en el patio de su casa. Removía la tierra, trasplantaba, reponía los tiestos, quitaba las flores secas y las hojas marchitas por las heladas del invierno. Iba descolgando las macetas de su lugar y las colocaba todas en el suelo. Luego con sus manos ágiles y arrugadas las repasaba de una en una, dándole a cada cual lo que necesitaba con una sabiduría asentada,  posada en el fondo con la firmeza de quien lleva toda la vida haciendo las cosas bien. Cuando terminaba con una planta, la colocaba en su sitio, dispuesta para la luz del sol y los aires de abril. A mí me gustaba acompañarla en la tarea, mancharme las manos con la tierra que dejaba mis uñas negras como el tizón y aprender el nombre de las plantas: petunias, nardos, copetes, gladiolos… En algunas plantas como los rosales o las gitanillas se intuía ya la belleza que se desplegaría en la primavera, pero en otras el esplendor permanecía más oculto que nunca. Bajo las capas de tierra latían los bulbos de los nardos, los ranúnculos, las dalias, invisibles a nuestros ojos hasta que la llegada del verano los hiciera estallar en colores vivos y en perfumes selectos. Hablaba, hablaba mucho mientras trabajaba; explicaba lo que iba haciendo y siempre había una razón por la que era así y no de otra forma y los refranes eran prueba irrefutable de su saber: Enero nevoso, febrero ventoso, marzo pardo, abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso.  A ratos cantaba, y yo escuchaba fascinada aquellas canciones que hablaban de pasiones, de pobreza, de milagros y devoción. Muchas han permanecido en mí desde entonces, como la primera educación musical recibida. Ahora, cuando llega la primavera y yo monto el zafarrancho jardinero en mi casa me sorprendo tarareando en voz baja aquellos versos del Romance de San Antonio y los pajarillos que mi abuela cantaba:

 Entran en el huerto,

pican el sembrado;

por eso te pido

que tengas cuidado.

 

Ángela Gutiérrez

Parábola de uno mismo

Han pasado dos años desde que comencé a escribir en este blog. En ese tiempo han quedado plasmadas en estas entradas muchas historias y reflexiones. Casi nunca vuelvo sobre lo ya publicado. Cuando termino de escribir, de corregir y lo publico es como si pasara página y mi cabeza, mi pensamiento y mi fantasía se han puesto inmediatamente a fraguar otra historia nueva. Pero hoy no, hoy he dedicado parte del día a releer y es curioso como el tiempo lo transforma casi todo. Muchas de las entradas han perdido frescura, quedan ya lejos de la realidad que las motivó, otras han caído en el olvido y algunas permanecen como en la primera lectura. He dicho muchas cosas que ahora quizá no diría y otras saldrían con más rotundidad, empeño y perseverancia. A lo largo del camino han sido muchos los lectores, los que me han hecho llegar comentarios y opiniones, reflexiones enriquecedoras siempre. Se han abierto puertas, algunas merecedoras de mi dedicación, como el equipo de Insevilla, otras interesadas, aduladoras y tramposas, acordes con los tiempos que corren, pero de todas he aprendido, de todas ellas he podido conocer un poco más de este mundo de la literatura, de la escritura y de lo público. Un aprendizaje sobrio: escribir, escribir a todas horas, escribir en cualquier lugar,  para entender, para entender el mundo y para entenderme a mí misma. Escribir para conocer, para conocer el mundo, para leer sin parar, reafirmándome en esa, mi verdadera vocación, la de lectora, la de lectora curiosa e incansable.

Ángela Gutiérrez

Poblada soledad

Como le ocurre a las plantas, a mí no me viene mal una larga tarde de viernes lluviosa, con fuertes vientos y cielos apagados. En esta ciudad tan soleada y dicharachera, quedarse en casa resulta difícil pero al final uno encuentra la luz de una ventana y se sienta a escribir, a leer, a estudiar. Fuera, el agua incansable rebota y resuena en las ventanas y la luz de la primavera se abre paso a tientas, haciendo las tardes más largas y templadas. Música de fondo suena en la radio, en esa radio que de cuando en cuando trae la sorpresa de lo inesperado,  lanzando al aire la música extremada de Beethoven interpretada por las manos sublimes de Daniel Baremboim y Jacqueline du Pré.  El segundo movimiento de La sonata para violonchelo y piano número tres. El entendimiento, la complicidad de dos músicos que se descubren  mientas tocan y que descubren la música mientras juegan con ella.  El que escucha música siente que, de repente, su soledad se puebla, decía Robert Browning.

Imagino el rostro dulce y atractivo de Jacqueline du Pré, su melena rubia meciéndose al compás de sus movimientos y sus ágiles manos abrazando el violonchelo. Tiene este instrumento algo de sublime erotismo, de contacto con la piel, con la intimidad.

 Jacqueline Mary du Pré descubrió de pequeña un reloj que daba las campanadas y lo denunció ante su maestro de música por estar desafinado. Se enamoró del violonchelo cuando a los cinco años escuchó su sonido por primera vez en un programa de radio. Aquel sonido marcó para siempre su vida. Había nacido en una familia de clase media; su madre era maestra de música y los cuentos que escribía para sus hijas solo podían leerse cuando se palpaban las teclas de un piano. Entonces cobraban vida las historias en forma de pentagramas y melodías que Jacqueline guardó para siempre en su memoria. Desde muy pequeña inició una fulgurante carrera como violonchelista. Verla descalza, abrazada al cello, sujeto entre sus muslos, abrazado con la elegancia de sus brazos, es un espectáculo gozoso. Su carrera transcurrió rodeada de los más grandes: Rostropovich y  Pau Casals impartieron para ella clases magistrales y  entró en la leyenda de la música por la puerta grande, de la mano de Zuckerman o de Barenboim, su esposo.

 Pero un día, sus torpes manos no consiguieron abrir la funda de su violonchelo. Le faltaron las fuerzas. Pruebas médicas determinaron la enfermedad: esclerosis múltiple. Sus fibras nerviosas se rompieron como una cuerda y con apenas 28 años, Jacqueline du Pré se vio obligada a  cambiar toda su vida y despegarse para siempre de su violonchelo. Murió joven, muy joven, en 1987, cuando acababa de cumplir cuarenta y ocho años.

Va acabando, deshaciéndose en la nada la sonata de Beethoven, paralizándose los dedos de Baremboim y el arco de  Jacqueline y en mi mente se abren camino las palabras del comediógrafo griego Menandro: Aquel a quien los dioses aman muere joven.

 Ángela Gutiérrez

Genética de la b

El primer diccionario dedicado en exclusiva a la lengua española se imprimió en Madrid,  en los talleres de Luis Sánchez, impresor del rey Felipe III en 1611, se llamó Tesoro de la Lengua castellana o española y su autor,  Sebastián de Covarrubias hurga en la etimología y adereza sus entradas con explicaciones enciclopédicas y buenas dosis de imaginación. Antes que él, allá por 1492,  Elio Antonio de Nebrija publicaba un Vocabulario latino-español, la simiente de la que nacen todos y cada uno de los diccionarios de la lengua española. Vendrá más tarde, en 1726, el Diccionario de Autoridades, publicado por la Real Academia Española, fundada en 1713. La última edición, vigente en la actualidad, es la vigésimo segunda y data de 2001. En estos y otros cientos que no se nombran aquí, flotan las palabras, se mueven, cambian,   seducen.

Pararse a pensar en la historia de nuestras palabras es descubrir una herencia, porque las palabras se heredan unas a otras y, como dice Alex Grijelmo, no sólo heredamos las palabras sino también sus ideas. En las palabras encontramos un poder legendario, oculto. Las palabras no solo nos trasladan un sonido y unas ideas, nos transmiten también una historia enigmática en tanto en cuanto muchas veces permanece oculta, soterrada. La historia de las palabras es la suya propia y un poco de todas aquellas que las acompañaron en el correr del tiempo y en los lugares en los que habitaron.

En el lenguaje nada es casual, puede que a veces no tengamos conciencia, pero pensamos con las palabras y son estas las que ponen límites a nuestro pensamiento. Covarrubias decía de la A que era tal su simplicidad que su pronunciación no se negaba ni a los mudos y describía su golpe de aliento como libre. Se define como la primera letra del abecedario español y del orden latino internacional. Alex Grijelmo dice de la A que se muestra blanca, como las letras de alma, de cándida, de clara, de diáfana, de alba, de agua.  Sin embargo, para Covarrubias, la segunda letra en el orden, la B,  se encuentra entre las mudas y está a medias entre la P y la vulgarmente llamada F y se cambia a veces por la V mostrándose pues escurridiza y turbia. No es por tanto casual que en la nueva edición del Diccionario que prepara la Real Academia de la Lengua se incorpore un nuevo significado a la B, una nueva acepción, una nueva categoría gramatical, la de un adjetivo que significa exactamente que queda fuera del control de la Hacienda pública. A modo de ilustración: Caja b, dinero b, contabilidad b… Está tan clara su definición que, como adjetivo, ni siquiera tenemos obligación de escribirla con mayúscula.

Ahí reside el poder de las palabras, no en el número de letras que la componen, ni en su ritmo, ni en su complejidad, sino en el camino que han recorrido y junto a quienes han caminado. Es un poder legendario que reside incluso en aquellas partículas secundarias en apariencia pero que un día despiertan en la memoria,  aparecen con toda su fuerza y nos revelan como a un iluminado todo su mapa genético.

Ángela Gutiérrez

Historia reciente de un día

Levantarse. Escuchar la alarma del despertador y levantarse atolondrado. Caminar casi sonámbulo hasta el baño y sentir el frío de la mañana. Desnudarse y abrir el grifo de la ducha. Despertar  poco a poco con el sonido del agua y empezar el día justo cuando empieza a caer sobre el cuerpo. Vestirse, peinarse, perfumarse. Entrar en la cocina y estimular los sentidos con el olor del café, el crujir del pan tostado y el paladeo del aceite de oliva. Abrir el periódico y romper el hechizo: uno comienza a removerse en el asiento y a sentir el vértigo de la indignación y de la impotencia. No saber si dejarse llevar por la incomprensión o por los más bajos instintos del ser humano mientras el  hedor, la pestilencia, la inmoralidad, incluso el mal gusto campan a sus anchas por entre las líneas de los periódicos como si fueran galeradas ocultas.

Recomponerse. Pasar las páginas buscando atisbos de cordura, voces lúcidas e independientes, palabras que huyan de los eufemismos y de la mentira. Detenerse a leer, buscar asideros entre el pozo profundo e interminable de la manipulación y la propaganda. El esfuerzo diario por vivir encontrando la dignidad a nuestro alrededor, venciendo la tentación de querer encontrar un lugar donde esconderse incluso dentro de la propia casa.

Ángela Gutiérrez

Querido superman, socorro

Angulo. Querido superman: socorro

La vida en un rectángulo

En la “mitología” geométrica es el triángulo el que contiene la medida del universo, sin embargo, la vida se cuela en un rectángulo, una fotografía horizontal, lo más parecido posible a la proporción aurea, como uno de los tantos salidos de la mirada de Rafael Sanz Lobato.

Realismo de altura, fotografía documental capaz de traer a nuestra memoria una forma de vida que ha ido desapareciendo, un tiempo no tan lejano ni tan ajeno para esta España actual, borracha de falsa riqueza y embelesada por los espejismos de la opulencia y que parece haber olvidado de donde viene. La vida rural, las costumbres, los rostros ajados de la pobreza y la miseria en los pueblos españoles de los años sesenta y setenta, abandonados por el poder que se volcaba en la modernidad de las urbes, de las ciudades llenas de coches.

A sus ochenta y tantos años, con la mirada castrada por una enfermedad degenerativa, Sanz Lobato sigue pariendo cada una de sus fotografías desde el principio hasta el final, ayudado por unas enormes lupas,  fiel al proceso artesanal y a la diana de su objetivo,  como cuando recorría en su Seat seiscientos los caminos del país, congelando para el tiempo y la historia las fiestas, las costumbres, los rostros y la vida de los pueblos extremeños, gallegos, castellanos…

Ha salido el sol después de una semana gris y lluviosa. El día es templado y luminoso, con esa luz del sur adorada por los pintores y temida por los fotógrafos. En el Espacio Santa Clara se exponen más de 130 fotografías de este sevillano que fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía en 2011 y que ha vivido su carrera como fotógrafo entre el ostracismo y el olvido intencionado tan practicados en una España resacosa aún de la larga dictadura. Me adentro entre los rectángulos de proporción aurea. Valdría como muestra cualquiera de ellos, pero me detengo en uno, ese en el que podría estar yo.  En la esquina inferior izquierda, cuatro chicos de corta edad, vestidos con ropa invernal, de colores oscuros y apagados se alinean de espaldas a mi atenta mirada, junto a los troncos de madera que forman la improvisada portería de un campo de fútbol. Una explanada de tierra sin marcas ni líneas se extiende delante de los palos y solo el cerco que forman los lejanos espectadores delimita el terreno de juego.  En el centro del campo se arremolinan los jugadores que pelean por llevarse la pelota con los pies. Al fondo un cielo grisáceo perfilado por la suave pendiente de las montañas lejanas, casi del mismo color pardo y apagado del terreno de juego. Árboles dispersos dan vida a un campo árido, seco, estéril. Rafael Sanz Lobato hizo esta fotografía  en el año 1966, en los alrededores de Madrid, y en  ella se contienen todos los campos donde todos los chiquillos jugaban al fútbol en cualquier pueblo de España.

Ángela Gutiérrez

Rafael Sanz Lobato

Fotografía de Rafael Sanz Lobato

Evaporarse en un abrazo

Se recogió el pelo con una pinza azulada para no mojárselo demasiado; había estado el día antes en la peluquería y pese al estropicio que le causaba la humedad, aún conservaba el alisado artificial de su melena. El agua templada llenaba la bañera que despedía un agradable olor  y tenía el color lila de las flores de lavanda. En el fondo aún se depositaban pequeños cristalitos de sales que se clavaron suavemente en los pies de María. Muy despacio se tumbó a lo largo y el agua cubrió su cuerpo desnudo, su piel suave y pálida. Al principio sintió una leve presión en el pecho,  pero según se iba adaptando al calor, sus músculos se relajaban y las tensiones iban desapareciendo. Cerró los ojos, para sumergir, no solo su cuerpo sino también sus pensamientos. Así le pesarían menos, flotarían, se volverían ligeros como los cuerpos en el agua del mar.

Nunca había estado tan guapa, con esa belleza que emana de la alegría, de la felicidad. María siempre había pensado que el amor era algo que llegaba despacio, sin formar ruido, conforme se avanza en el camino del conocimiento, de la amistad. Pero ahora estaba en volandas; ahora que su carne flácida empezaba a hablar de sus años, ahora que parecía querer escapar de los besos y de los abrazos, justo ahora, se encontraba con ellos de frente. El amor, al contrario de lo que siempre pensó, había llegado de pronto, como el aire tormentoso que arranca una ventana y lo pone todo patas arriba, que trastorna la vida y arrastra el corazón por insólitos caminos.

Tomaba con sus manos el agua tibia y se la derramaba por el cuello, por los hombros, por la cara. Aún en el silencio del baño, cubierta por el confortable manto del agua, María no podía ocultar su sonrisa, y sus ojos cerrados trasparentaban los latidos acelerados de su pasión. Le gustaba más que nunca acariciar su cuerpo y recorrerlo como si sus manos fueran las de él, como si el sonido del agua fueran los susurros que él dejaba para sus oídos.

Entonces abrió los ojos, levantó levemente la cabeza y se sentó en la bañera abrazando sus rodillas. Sintió una mano acariciar suavemente su pelo. A su lado, en una pequeña silla blanca, la voz de él ponía música. Estaba allí, sentado junto a la bañera con el libro  de Flaubert abierto entre sus manos y la mirada fija en sus renglones.  Entre los acordes, María reconoció los deseos  de Emma Bovary que también, huyendo de la vida, hubiese querido evaporarse en un abrazo.

Ángela Gutiérrez

Angulo. Peces de amor

Angulo. Peces de amor

Poder ciego

No, claro que no queremos mirar hacia atrás –decía el presidente en su discurso- ¿Acaso no recordamos lo que le ocurrió a la mujer de Lot? ¿No la hemos imaginado cientos de veces ahí quieta, paralizada en el camino, convertida en un bloque de sal?

El público congregado en la plaza lo miraba incrédulo desde la distancia, contemplándolo allí arriba, en el balcón del palacio presidencial, con los galones colgando de su uniforme. De repente, una voz se alzó entre la multitud y dijo: “Nadie mira hacia atrás, eres tú quien tiene los ojos en el cogote.”

Ángela Gutiérrez