Ella sí que sabe

Hace unos días ha cumplido ochenta años. Recibió unas cuantas felicitaciones a través de su muro de Facebook: sus hijos, sus nietos, sus amigos… No sale de casa sin su iPad ni el cuaderno de notas en el que lleva las chuletas que le ayudan a recorrer las pestañas y recovecos de los caminos digitales. Deja constancia de sus aventuras con las fotos que  muestra y con los comentarios que las explican. Asiste regularmente a la peluquería, sale de compras y a desayunar, visita balnearios y pasa unos días en la playa acompañada de sus amigas. Luce las sandalias de verano y las uñas cuidadas de sus pies y ríe, ríe con soltura, con ganas, ríe mucho. Consiguió su carnet de conducir cuando muy pocas mujeres en este país lo intentaban y ha conquistado la independencia y la modernidad a golpe de entusiasmo, de optimismo y de sofocones. Se atreve a dar las buenas noches a sus amigos de la red con palabras escritas en inglés y cada noche les desea que sean felices. Siempre tiene a mano un “me gusta” y unas palabras amables y halagadoras. Lo mismo muestra el último dibujo que ha pintado en su curso de pintura que un video explicando cómo hacer un cocido a su nieto que anda lejos, buscando garbanzos por las tierras del Rey Arturo.

Abrir el muro del Facebook y encontrar noticias suyas es un placer. Hace unos días, leyendo uno de sus comentarios entendí que no se trata solo de modernidad, que apuntarse con ochenta años al carro de las nuevas tecnologías o a un curso de pintura es solo la punta de un iceberg, un iceberg gigantesco capaz de acabar con el titanic de la soledad,  del abandono y de la decadencia. Me di cuenta de que Pilar ha encontrado el secreto de la eterna juventud, lo decía ella misma con estas palabras escritas en su muro: Así todos los días, pero despierto siempre con alguna ilusión, con algo en la cabeza”

Ella sí que sabe.

Ángela Gutiérrez

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Historia reciente de un día

Levantarse. Escuchar la alarma del despertador y levantarse atolondrado. Caminar casi sonámbulo hasta el baño y sentir el frío de la mañana. Desnudarse y abrir el grifo de la ducha. Despertar  poco a poco con el sonido del agua y empezar el día justo cuando empieza a caer sobre el cuerpo. Vestirse, peinarse, perfumarse. Entrar en la cocina y estimular los sentidos con el olor del café, el crujir del pan tostado y el paladeo del aceite de oliva. Abrir el periódico y romper el hechizo: uno comienza a removerse en el asiento y a sentir el vértigo de la indignación y de la impotencia. No saber si dejarse llevar por la incomprensión o por los más bajos instintos del ser humano mientras el  hedor, la pestilencia, la inmoralidad, incluso el mal gusto campan a sus anchas por entre las líneas de los periódicos como si fueran galeradas ocultas.

Recomponerse. Pasar las páginas buscando atisbos de cordura, voces lúcidas e independientes, palabras que huyan de los eufemismos y de la mentira. Detenerse a leer, buscar asideros entre el pozo profundo e interminable de la manipulación y la propaganda. El esfuerzo diario por vivir encontrando la dignidad a nuestro alrededor, venciendo la tentación de querer encontrar un lugar donde esconderse incluso dentro de la propia casa.

Ángela Gutiérrez

Querido superman, socorro

Angulo. Querido superman: socorro

Evaporarse en un abrazo

Se recogió el pelo con una pinza azulada para no mojárselo demasiado; había estado el día antes en la peluquería y pese al estropicio que le causaba la humedad, aún conservaba el alisado artificial de su melena. El agua templada llenaba la bañera que despedía un agradable olor  y tenía el color lila de las flores de lavanda. En el fondo aún se depositaban pequeños cristalitos de sales que se clavaron suavemente en los pies de María. Muy despacio se tumbó a lo largo y el agua cubrió su cuerpo desnudo, su piel suave y pálida. Al principio sintió una leve presión en el pecho,  pero según se iba adaptando al calor, sus músculos se relajaban y las tensiones iban desapareciendo. Cerró los ojos, para sumergir, no solo su cuerpo sino también sus pensamientos. Así le pesarían menos, flotarían, se volverían ligeros como los cuerpos en el agua del mar.

Nunca había estado tan guapa, con esa belleza que emana de la alegría, de la felicidad. María siempre había pensado que el amor era algo que llegaba despacio, sin formar ruido, conforme se avanza en el camino del conocimiento, de la amistad. Pero ahora estaba en volandas; ahora que su carne flácida empezaba a hablar de sus años, ahora que parecía querer escapar de los besos y de los abrazos, justo ahora, se encontraba con ellos de frente. El amor, al contrario de lo que siempre pensó, había llegado de pronto, como el aire tormentoso que arranca una ventana y lo pone todo patas arriba, que trastorna la vida y arrastra el corazón por insólitos caminos.

Tomaba con sus manos el agua tibia y se la derramaba por el cuello, por los hombros, por la cara. Aún en el silencio del baño, cubierta por el confortable manto del agua, María no podía ocultar su sonrisa, y sus ojos cerrados trasparentaban los latidos acelerados de su pasión. Le gustaba más que nunca acariciar su cuerpo y recorrerlo como si sus manos fueran las de él, como si el sonido del agua fueran los susurros que él dejaba para sus oídos.

Entonces abrió los ojos, levantó levemente la cabeza y se sentó en la bañera abrazando sus rodillas. Sintió una mano acariciar suavemente su pelo. A su lado, en una pequeña silla blanca, la voz de él ponía música. Estaba allí, sentado junto a la bañera con el libro  de Flaubert abierto entre sus manos y la mirada fija en sus renglones.  Entre los acordes, María reconoció los deseos  de Emma Bovary que también, huyendo de la vida, hubiese querido evaporarse en un abrazo.

Ángela Gutiérrez

Angulo. Peces de amor

Angulo. Peces de amor

Fideuá a lo Handel

Ajo, mucho ajo picadito, muy picadito. Perejil, mucho perejil picadito, muy picadito. Al lado una jarra con oloroso caldo de marisco. Avanzada mañana soleada de sábado casi primaveral y la cocina como escenario. Voy preparando uno a uno los ingredientes para hacer fideuá y cuando los aromas empiezan a inundar la cocina, me sirvo una copa de frío vino blanco. A punto estoy de encender un cigarrilo pero mi hijo me pide ayuda con los deberes. Lo solucionamos y regreso a la cocina.

Poco a poco, mientras va tostándose el ajo junto a las gambas y al  perejil, mi hija va desplegando el atril, colocando la banqueta y desenfundando el violonchelo. Añado la sal mientras ella nutre con la resina los pelos de yegüa de su arco. Todo está preparado.

En ese momento, borbotean los fideos en la cazuela de barro y el sonido del chelo en el salón de la casa. Una vez y otra más la misma melodía  que poco a poco va tomando forma, adquiriendo el tiempo adecuado, el ritmo preciso.

Apago el fuego saboreando el vino, enciendo un cigarrilo y mientras reposan los fideos, el Chorus from Judas Maccabaeus de Handel ha resonado en la casa repetidamente, cada vez más limpio, más claro.

Trabajo, esfuerzo, estudio, disciplina, paciencia, entusiasmo, placer: la música.

Ángela Gutiérrez

Música

Angulo

El amante

Subió reptando despacio por sus piernas eternas y dulces, orientándose hacía el norte por el imán de su pubis. Escaló la suavidad de sus nalgas y escarbó entre su ombligo. Avanzó perdido en las pendientes de sus pechos; deambulando embriagado por el ritmo desconcertante de su respiración, besó su cuello, lamió sus orejas. Alcanzó sus labios húmedos y ardientes.

Decidió quedarse allí y vivir en la caricia el resto de su vida.

Ángela Gutiérrez

Angulo. Siento

Miradas

Al salir de casa no pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento de al lado. Esa mañana se despertó con una sensación extraña. Los últimos días había sufrido unas terribles jaquecas, así que se iba a la cama cuando aún lucían leve y  suavemente los rayos del sol. Bajaba completamente las persianas, echaba no solo los visillos sino también las tupidas cortinas de loneta azuladas y se acomodaba en la cama embutida en la más absoluta oscuridad. Era la única forma de aligerar la pesadez e hinchazón de sus párpados y el zumbido de tambores que se había alojado en sus sienes. Cerraba los ojos e intentaba dormir plácidamente hasta el amanecer.

Cuando salió de la ducha, mientras se cepillaba los dientes, recordó el diminuto haz de luz que había visto antes de dormirse proyectándose sobre un Angulo que tenía colgado a los pies de su cama. Ahora lo veía con claridad. Sobre el pecho de la sirena pelirroja, que cada noche la observaba con los tres ojos de su doble cara, titilaba como una lejana estrella una pequeña luz anaranjada.

Enjuagó su boca, limpió el cepillo y salió precipitadamente hacia el dormitorio intentando reconstruir la trayectoria de la luz. Fijó durante un instante la  mirada en el óleo de la sirena  y se volvió apresuradamente hacia la cama. Sintió como el miedo circulaba por sus venas y notó los pálpitos incontrolables de su corazón cuando se acercó sigilosamente a una pequeña mancha que descubrió al lado de la lamparita de la mesa de noche. Pasó su mano temblorosa por la pared y, vencida por la curiosidad, se asomó a la mancha. De repente, se encontró al otro lado con su propio ojo que la miraba.

Ángela Gutiérrez

Obra de Marián Angulo