Jitanjáforas, bernardinas y camelos

La jitanjáfora es una figura retórica que consiste en elaborar un enunciado que carece de sentido y con el que se pretende conseguir resultados  eufónicos. Se trata de palabras que van encaminadas a la fantasía, a la sensación; palabras que no persiguen un fin último sino que solamente juegan. El término fue acuñado en 1929 por el humanista mejicano Alfonso Reyes quien lo tomó de una composición del poeta cubano Mariano Brull. Filiflama alabe cundre ala olalúnea alífera alveolea jitanjáfora liris salumba salífera, decía la leyenda. Pero el recurso viene de lejos; lo encontramos en los versos de Vicente Huidobro, en las páginas de Rayuela de Julio Cortázar o en Sor Juana Inés de la Cruz. Puestos a buscar el origen, habría que remontarse, quizá, a la inteligencia de Francisco de Quevedo, a esas parodias culteranas que quitarían, sin duda, el sueño y la paz a Luis de Góngora.

Padre y madre de la jitanjáfora serían las bernardinas que según Gonzalo Sobejano cumple dos funciones básicas en la literatura: distraer la atención de una persona para engañarla y robarle o causar admiración haciendo pensar al oyente que hay algo donde no hay nada. En un estudio publicado por Gonzalo Sobejano sobre las bernardinas en los textos literarios del Siglo de Oro, este afirma que se trata de un disparate dicho –nunca hecho- cuya intención no es otra que engañar al oyente durante un periodo de tiempo conveniente para lograr algún fin. El burlador debe hacer creer al oyente que tras el mensaje late algún sentido, que en el fondo de lo que escucha reside la razón. Pero esa razón nunca concluye y el receptor atiende embelesado, a la espera, sin desvelar jamás el engaño porque entonces se percataría de las intenciones del burlador. Aquel que echa bernardinas debe conseguir que el receptor no lo entienda pero ansíe entenderle. 

Como la jitanjáfora, la bernardina se nutre de la gracia idiomática, del deleite estético que produce en el lector y de la sombra de racionalidad que le aporta el contexto. Ese sentido estético, esa gracia es lo que la diferencia del disparate que aparece siempre desnudo y temerario.

Que una y doli, treli, catoli, quini, quineta… es una jitanjáfora inocente, un juego de niños; los discursos políticos que llenan las páginas de los periódicos podrían ser bernardinas, pero carecen de gracia y no producen, en ningún caso, deleite estético, situándose así más cerca del disparate. Como dice Gonzalo Sobejano, lo que denominamos bernardina está, salvo por la gracia, a la orden del día. Muchos la llaman camelo.

 Ángela Gutiérrez

Este artículo puedes verlo también en Insevilla

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