Primera vez

Andrés pensaba en las  cosas que le gustaría que siempre fueran por primera vez. Se acordó de la película El Golpe, del placer que sentiría volviendo a disfrutar de la mentira, de sentirse como el timador timado, sorprendido, expectante, adelantando desenlaces que se van desmoronando conforme avanza la cinta. Tenía la misma sensación con Oh Brother!, de los hermanos Cohen. Deseaba aventurarse por primera vez con la huida de los tres prisioneros, y recorrer el mismo camino de encuentros y desencuentros en busca del tesoro. Le pasaba también con las ciudades. ¿Cómo sería contemplar su propia ciudad por primera vez, pasear por sus calles como un extraño recién llegado, que busca el río para orientarse, que se desvanece por entre las callejuelas de la judería y se pierde entre las tascas, las plazas y los corrales?

Llevaba buena parte de la mañana paseando por aquella ciudad desconocida para él. Un trabajo le había llevado hasta allí y antes de empezar disfrutaría de un par de días libres para acomodarse. Andrés miraba con curiosidad a su alrededor intentando absorber como una esponja el paisaje que se extendía antes sus ojos, las fachadas envejecidas de las casas y los rostros sufrientes de sus habitantes. Se sentía observado, como si las miradas imprimieran radiografías exactas de su aspecto y de sus pensamientos. Sobre los tejados y azoteas, como en  improvisadas garitas, se apostaban soldados vestidos de verde que cargaban entre sus brazos las armas adormecidas y amenazantes. Andrés caminaba sin perderlos de vista, sonriéndoles forzadamente. Al final de la avenida se encontró con un  pequeño mirador elevado sobre una tímida colina a cuyos pies se extendía la zona baja de la ciudad separada de la parte alta por una elevada y densa alambrada de espinas.

Andrés se detuvo, haciendo esfuerzos por no apoyar sus brazos sobre la alambrada, se asomaba al barranco separado tan solo por un par de metros de las azoteas de las casas más altas de la otra parte de la ciudad. Recorrió despacio el mirador, de un extremo a otro. Cuando llegó al final, una mujer joven tendía la ropa al sol. Cruzaron sus miradas, sonrieron. Andrés extendió su brazo para estrecharle la mano, pero la distancia, a pesar de lo que parecía era insuperable. 

En no pocas ocasiones había sentido como alambradas algunas cosas que lo separaban de los demás: la mentira, la insolencia, la envidia… pero nunca, nunca en su vida se había imaginado en un lugar del mundo en el que la alambrada fuese de verdad y lamentó haber experimentado esa primera vez.

 Ángela Gutiérrez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s