Uno de nosotros

Uno cualquiera de nosotros, por ejemplo, Pepe. Se levanta bien temprano, se ducha y se arregla mientras despierta delicadamente a sus hijos para ir al colegio. Mientras los críos se visten, Pepe prepara el desayuno y deja las camas y la cocina recogidas antes de salir de casa. Acompaña a los niños al cole, algún que otro día  los deja antes de tiempo, en el aula matinal, y se encamina a la oficina. Previamente ha dejado organizado el almuerzo y en el descanso del desayuno se acercará al mercado a realizar unas compras de emergencia: fruta, leche, pan…De regreso a casa abrirá  el buzón y casi sin mirar los sobres sabrá que ya han cargado en su cuenta del banco la letra de la hipoteca, el recibo de la luz, la factura del agua y del teléfono, las mensualidades del pago aplazado de la televisión de plasma y del ordenador portátil de los niños. Por la tarde, si dispone de tiempo libre, acompañará a su hijo al partido de fútbol que jugará en el patio de un colegio de puertas abiertas, mientras espera que su hija regrese de las clases de inglés, lengua tan importantísima para ser un hombre de provecho.

 Uno cualquiera de los más de seis millones, por ejemplo, Pepe. Se levantará como siempre, bien temprano, a eso de las 7 de la mañana. Se duchará, se arreglará como lo hacía para ir a la oficina. Llamará delicadamente a sus hijos y mientras prepara el desayuno contará mentalmente el dinero del que dispone para acercarse al mercado después de dejarlos en el colegio. Deberá elegir: o leche o fruta, del pan no se puede prescindir. Ahora ninguno de sus hijos asiste al aula matinal y Pepe no tiene oficina a la que dirigirse. Por la tarde, hará de tripas corazón y sacará fuerzas para pelotear un rato con su hijo en el parque público más cercano y el inglés seguirá siendo una lengua importantísima para ser una persona de provecho, aunque su hija se pase la tarde peloteando con ellos en la placita.

 Abrir el buzón le produce escalofríos: sigue lleno de las facturas de la luz, de las letras de la hipoteca, de los recibos del agua y del teléfono… El paro ha cambiado su vida, pero nada se ha interrumpido.

Ángela Gutiérrez

Este artículo ha sido publicado en Insevilla

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Incertidumbre

Alrededor de su cama crecían las margaritas blancas y sobre su lecho se amontonaban millares de pétalos que lo iban cubriendo poco a poco con la suavidad de unas sábanas de seda. El sol entraba cálido por el ventanal y las flores que lo rodeaban lo miraban con el descaro de los girasoles. Alargaba su brazo y cogía una de las margaritas, mirándola de soslayo, tímidamente. Empezaba a deshojarla muy despacio, con sus dedos artríticos y delgados. Movía suavemente sus labios en los que se leían cinco palabras: “Me quiere, no me quiere”. Al momento tomaba en sus manos otra margarita.

Ángela Gutiérrez

Primera vez

Andrés pensaba en las  cosas que le gustaría que siempre fueran por primera vez. Se acordó de la película El Golpe, del placer que sentiría volviendo a disfrutar de la mentira, de sentirse como el timador timado, sorprendido, expectante, adelantando desenlaces que se van desmoronando conforme avanza la cinta. Tenía la misma sensación con Oh Brother!, de los hermanos Cohen. Deseaba aventurarse por primera vez con la huida de los tres prisioneros, y recorrer el mismo camino de encuentros y desencuentros en busca del tesoro. Le pasaba también con las ciudades. ¿Cómo sería contemplar su propia ciudad por primera vez, pasear por sus calles como un extraño recién llegado, que busca el río para orientarse, que se desvanece por entre las callejuelas de la judería y se pierde entre las tascas, las plazas y los corrales?

Llevaba buena parte de la mañana paseando por aquella ciudad desconocida para él. Un trabajo le había llevado hasta allí y antes de empezar disfrutaría de un par de días libres para acomodarse. Andrés miraba con curiosidad a su alrededor intentando absorber como una esponja el paisaje que se extendía antes sus ojos, las fachadas envejecidas de las casas y los rostros sufrientes de sus habitantes. Se sentía observado, como si las miradas imprimieran radiografías exactas de su aspecto y de sus pensamientos. Sobre los tejados y azoteas, como en  improvisadas garitas, se apostaban soldados vestidos de verde que cargaban entre sus brazos las armas adormecidas y amenazantes. Andrés caminaba sin perderlos de vista, sonriéndoles forzadamente. Al final de la avenida se encontró con un  pequeño mirador elevado sobre una tímida colina a cuyos pies se extendía la zona baja de la ciudad separada de la parte alta por una elevada y densa alambrada de espinas.

Andrés se detuvo, haciendo esfuerzos por no apoyar sus brazos sobre la alambrada, se asomaba al barranco separado tan solo por un par de metros de las azoteas de las casas más altas de la otra parte de la ciudad. Recorrió despacio el mirador, de un extremo a otro. Cuando llegó al final, una mujer joven tendía la ropa al sol. Cruzaron sus miradas, sonrieron. Andrés extendió su brazo para estrecharle la mano, pero la distancia, a pesar de lo que parecía era insuperable. 

En no pocas ocasiones había sentido como alambradas algunas cosas que lo separaban de los demás: la mentira, la insolencia, la envidia… pero nunca, nunca en su vida se había imaginado en un lugar del mundo en el que la alambrada fuese de verdad y lamentó haber experimentado esa primera vez.

 Ángela Gutiérrez