La vida en un rectángulo

En la “mitología” geométrica es el triángulo el que contiene la medida del universo, sin embargo, la vida se cuela en un rectángulo, una fotografía horizontal, lo más parecido posible a la proporción aurea, como uno de los tantos salidos de la mirada de Rafael Sanz Lobato.

Realismo de altura, fotografía documental capaz de traer a nuestra memoria una forma de vida que ha ido desapareciendo, un tiempo no tan lejano ni tan ajeno para esta España actual, borracha de falsa riqueza y embelesada por los espejismos de la opulencia y que parece haber olvidado de donde viene. La vida rural, las costumbres, los rostros ajados de la pobreza y la miseria en los pueblos españoles de los años sesenta y setenta, abandonados por el poder que se volcaba en la modernidad de las urbes, de las ciudades llenas de coches.

A sus ochenta y tantos años, con la mirada castrada por una enfermedad degenerativa, Sanz Lobato sigue pariendo cada una de sus fotografías desde el principio hasta el final, ayudado por unas enormes lupas,  fiel al proceso artesanal y a la diana de su objetivo,  como cuando recorría en su Seat seiscientos los caminos del país, congelando para el tiempo y la historia las fiestas, las costumbres, los rostros y la vida de los pueblos extremeños, gallegos, castellanos…

Ha salido el sol después de una semana gris y lluviosa. El día es templado y luminoso, con esa luz del sur adorada por los pintores y temida por los fotógrafos. En el Espacio Santa Clara se exponen más de 130 fotografías de este sevillano que fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía en 2011 y que ha vivido su carrera como fotógrafo entre el ostracismo y el olvido intencionado tan practicados en una España resacosa aún de la larga dictadura. Me adentro entre los rectángulos de proporción aurea. Valdría como muestra cualquiera de ellos, pero me detengo en uno, ese en el que podría estar yo.  En la esquina inferior izquierda, cuatro chicos de corta edad, vestidos con ropa invernal, de colores oscuros y apagados se alinean de espaldas a mi atenta mirada, junto a los troncos de madera que forman la improvisada portería de un campo de fútbol. Una explanada de tierra sin marcas ni líneas se extiende delante de los palos y solo el cerco que forman los lejanos espectadores delimita el terreno de juego.  En el centro del campo se arremolinan los jugadores que pelean por llevarse la pelota con los pies. Al fondo un cielo grisáceo perfilado por la suave pendiente de las montañas lejanas, casi del mismo color pardo y apagado del terreno de juego. Árboles dispersos dan vida a un campo árido, seco, estéril. Rafael Sanz Lobato hizo esta fotografía  en el año 1966, en los alrededores de Madrid, y en  ella se contienen todos los campos donde todos los chiquillos jugaban al fútbol en cualquier pueblo de España.

Ángela Gutiérrez

Rafael Sanz Lobato

Fotografía de Rafael Sanz Lobato

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