Evaporarse en un abrazo

Se recogió el pelo con una pinza azulada para no mojárselo demasiado; había estado el día antes en la peluquería y pese al estropicio que le causaba la humedad, aún conservaba el alisado artificial de su melena. El agua templada llenaba la bañera que despedía un agradable olor  y tenía el color lila de las flores de lavanda. En el fondo aún se depositaban pequeños cristalitos de sales que se clavaron suavemente en los pies de María. Muy despacio se tumbó a lo largo y el agua cubrió su cuerpo desnudo, su piel suave y pálida. Al principio sintió una leve presión en el pecho,  pero según se iba adaptando al calor, sus músculos se relajaban y las tensiones iban desapareciendo. Cerró los ojos, para sumergir, no solo su cuerpo sino también sus pensamientos. Así le pesarían menos, flotarían, se volverían ligeros como los cuerpos en el agua del mar.

Nunca había estado tan guapa, con esa belleza que emana de la alegría, de la felicidad. María siempre había pensado que el amor era algo que llegaba despacio, sin formar ruido, conforme se avanza en el camino del conocimiento, de la amistad. Pero ahora estaba en volandas; ahora que su carne flácida empezaba a hablar de sus años, ahora que parecía querer escapar de los besos y de los abrazos, justo ahora, se encontraba con ellos de frente. El amor, al contrario de lo que siempre pensó, había llegado de pronto, como el aire tormentoso que arranca una ventana y lo pone todo patas arriba, que trastorna la vida y arrastra el corazón por insólitos caminos.

Tomaba con sus manos el agua tibia y se la derramaba por el cuello, por los hombros, por la cara. Aún en el silencio del baño, cubierta por el confortable manto del agua, María no podía ocultar su sonrisa, y sus ojos cerrados trasparentaban los latidos acelerados de su pasión. Le gustaba más que nunca acariciar su cuerpo y recorrerlo como si sus manos fueran las de él, como si el sonido del agua fueran los susurros que él dejaba para sus oídos.

Entonces abrió los ojos, levantó levemente la cabeza y se sentó en la bañera abrazando sus rodillas. Sintió una mano acariciar suavemente su pelo. A su lado, en una pequeña silla blanca, la voz de él ponía música. Estaba allí, sentado junto a la bañera con el libro  de Flaubert abierto entre sus manos y la mirada fija en sus renglones.  Entre los acordes, María reconoció los deseos  de Emma Bovary que también, huyendo de la vida, hubiese querido evaporarse en un abrazo.

Ángela Gutiérrez

Angulo. Peces de amor

Angulo. Peces de amor

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s