Historia reciente de un día

Levantarse. Escuchar la alarma del despertador y levantarse atolondrado. Caminar casi sonámbulo hasta el baño y sentir el frío de la mañana. Desnudarse y abrir el grifo de la ducha. Despertar  poco a poco con el sonido del agua y empezar el día justo cuando empieza a caer sobre el cuerpo. Vestirse, peinarse, perfumarse. Entrar en la cocina y estimular los sentidos con el olor del café, el crujir del pan tostado y el paladeo del aceite de oliva. Abrir el periódico y romper el hechizo: uno comienza a removerse en el asiento y a sentir el vértigo de la indignación y de la impotencia. No saber si dejarse llevar por la incomprensión o por los más bajos instintos del ser humano mientras el  hedor, la pestilencia, la inmoralidad, incluso el mal gusto campan a sus anchas por entre las líneas de los periódicos como si fueran galeradas ocultas.

Recomponerse. Pasar las páginas buscando atisbos de cordura, voces lúcidas e independientes, palabras que huyan de los eufemismos y de la mentira. Detenerse a leer, buscar asideros entre el pozo profundo e interminable de la manipulación y la propaganda. El esfuerzo diario por vivir encontrando la dignidad a nuestro alrededor, venciendo la tentación de querer encontrar un lugar donde esconderse incluso dentro de la propia casa.

Ángela Gutiérrez

Querido superman, socorro

Angulo. Querido superman: socorro

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La vida en un rectángulo

En la “mitología” geométrica es el triángulo el que contiene la medida del universo, sin embargo, la vida se cuela en un rectángulo, una fotografía horizontal, lo más parecido posible a la proporción aurea, como uno de los tantos salidos de la mirada de Rafael Sanz Lobato.

Realismo de altura, fotografía documental capaz de traer a nuestra memoria una forma de vida que ha ido desapareciendo, un tiempo no tan lejano ni tan ajeno para esta España actual, borracha de falsa riqueza y embelesada por los espejismos de la opulencia y que parece haber olvidado de donde viene. La vida rural, las costumbres, los rostros ajados de la pobreza y la miseria en los pueblos españoles de los años sesenta y setenta, abandonados por el poder que se volcaba en la modernidad de las urbes, de las ciudades llenas de coches.

A sus ochenta y tantos años, con la mirada castrada por una enfermedad degenerativa, Sanz Lobato sigue pariendo cada una de sus fotografías desde el principio hasta el final, ayudado por unas enormes lupas,  fiel al proceso artesanal y a la diana de su objetivo,  como cuando recorría en su Seat seiscientos los caminos del país, congelando para el tiempo y la historia las fiestas, las costumbres, los rostros y la vida de los pueblos extremeños, gallegos, castellanos…

Ha salido el sol después de una semana gris y lluviosa. El día es templado y luminoso, con esa luz del sur adorada por los pintores y temida por los fotógrafos. En el Espacio Santa Clara se exponen más de 130 fotografías de este sevillano que fue galardonado con el Premio Nacional de Fotografía en 2011 y que ha vivido su carrera como fotógrafo entre el ostracismo y el olvido intencionado tan practicados en una España resacosa aún de la larga dictadura. Me adentro entre los rectángulos de proporción aurea. Valdría como muestra cualquiera de ellos, pero me detengo en uno, ese en el que podría estar yo.  En la esquina inferior izquierda, cuatro chicos de corta edad, vestidos con ropa invernal, de colores oscuros y apagados se alinean de espaldas a mi atenta mirada, junto a los troncos de madera que forman la improvisada portería de un campo de fútbol. Una explanada de tierra sin marcas ni líneas se extiende delante de los palos y solo el cerco que forman los lejanos espectadores delimita el terreno de juego.  En el centro del campo se arremolinan los jugadores que pelean por llevarse la pelota con los pies. Al fondo un cielo grisáceo perfilado por la suave pendiente de las montañas lejanas, casi del mismo color pardo y apagado del terreno de juego. Árboles dispersos dan vida a un campo árido, seco, estéril. Rafael Sanz Lobato hizo esta fotografía  en el año 1966, en los alrededores de Madrid, y en  ella se contienen todos los campos donde todos los chiquillos jugaban al fútbol en cualquier pueblo de España.

Ángela Gutiérrez

Rafael Sanz Lobato

Fotografía de Rafael Sanz Lobato

Evaporarse en un abrazo

Se recogió el pelo con una pinza azulada para no mojárselo demasiado; había estado el día antes en la peluquería y pese al estropicio que le causaba la humedad, aún conservaba el alisado artificial de su melena. El agua templada llenaba la bañera que despedía un agradable olor  y tenía el color lila de las flores de lavanda. En el fondo aún se depositaban pequeños cristalitos de sales que se clavaron suavemente en los pies de María. Muy despacio se tumbó a lo largo y el agua cubrió su cuerpo desnudo, su piel suave y pálida. Al principio sintió una leve presión en el pecho,  pero según se iba adaptando al calor, sus músculos se relajaban y las tensiones iban desapareciendo. Cerró los ojos, para sumergir, no solo su cuerpo sino también sus pensamientos. Así le pesarían menos, flotarían, se volverían ligeros como los cuerpos en el agua del mar.

Nunca había estado tan guapa, con esa belleza que emana de la alegría, de la felicidad. María siempre había pensado que el amor era algo que llegaba despacio, sin formar ruido, conforme se avanza en el camino del conocimiento, de la amistad. Pero ahora estaba en volandas; ahora que su carne flácida empezaba a hablar de sus años, ahora que parecía querer escapar de los besos y de los abrazos, justo ahora, se encontraba con ellos de frente. El amor, al contrario de lo que siempre pensó, había llegado de pronto, como el aire tormentoso que arranca una ventana y lo pone todo patas arriba, que trastorna la vida y arrastra el corazón por insólitos caminos.

Tomaba con sus manos el agua tibia y se la derramaba por el cuello, por los hombros, por la cara. Aún en el silencio del baño, cubierta por el confortable manto del agua, María no podía ocultar su sonrisa, y sus ojos cerrados trasparentaban los latidos acelerados de su pasión. Le gustaba más que nunca acariciar su cuerpo y recorrerlo como si sus manos fueran las de él, como si el sonido del agua fueran los susurros que él dejaba para sus oídos.

Entonces abrió los ojos, levantó levemente la cabeza y se sentó en la bañera abrazando sus rodillas. Sintió una mano acariciar suavemente su pelo. A su lado, en una pequeña silla blanca, la voz de él ponía música. Estaba allí, sentado junto a la bañera con el libro  de Flaubert abierto entre sus manos y la mirada fija en sus renglones.  Entre los acordes, María reconoció los deseos  de Emma Bovary que también, huyendo de la vida, hubiese querido evaporarse en un abrazo.

Ángela Gutiérrez

Angulo. Peces de amor

Angulo. Peces de amor