Las candelas

Durante todo el día el pueblo anda bullicioso, con un jaleillo especial. Hay mucha gente en la calle, muchas caras nuevas, desconocidas, venidas de otros lugares alejados, casi imprecisos, que recorren las calles con la mirada curiosa y encandilada. Pero también se llenan las calles de la gente de aquí que sale a hacer las últimas compras, a organizar el lugar donde prenderá la candela cuando caiga la tarde. En cada barriada, en un punto exacto de una calle, un montón de arena señala el lugar de la hoguera. En la mañana fría y parda del primer sábado del mes de febrero, los vecinos de La Puebla de los Infantes salen a la calle para ir montando el boliche, amontonando la leña y las ramas de forma que prendan fácilmente, buscando las corrientes necesarias en su base para que el fuego no se ahogue. Es el día de Las Candelas. Alrededor de la hoguera se disponen las mesas para la comida, las neveras que mantienen frías las bebidas, los utensilios para el chocolate, las sopaipas, el café.

El pueblo que en invierno tiene una vida tranquila y sosegada, ve como este fin de semana se altera el silencio con el vuelo de los paramotores y sus calles se llenan de turistas y curiosos. Hay bullicio en las calles, en los bares, en las plazas. Los forasteros y los oriundos se mezclan y pasean de una candela a otra disfrutando con los versos jocosos y burlescos de los muñecos de trapo que coronan las hogueras y que se quemarán en la primera llamarada, al compás del sandinga  o de la flor del romero. Unos y otros intercambiarán conversaciones mientras comparten una cerveza o un tazón de chocolate caliente.

Va cayendo poco a poco la tarde y se deja sentir el frío; en las calles, la gente comienza a abrigarse mientras el sol se oculta tras las montañas. Entonces, en ese momento justo en el que cae la noche, se hace como un gran silencio y al momento los crujidos y  chasquidos de la madera que se quema se extienden por el pueblo como un reguero de pólvora. Al principio el fuego casi no se ve, pero está, como indican las columnas enormes de humo que salen por entre las ramas de los olivos que cubren los troncos de madera. Después las llamaradas empiezan a tomar fuerza y desde el balcón de la Plaza de Santiago, el pueblo aparece iluminado por las hogueras que se dispersan por todas las calles y las plazas. El olor del fuego y el color rojo de las llamas ha teñido la noche que vendrá acompañada de sopaipas, chocolate y buena compañía bajo las pavesas.

Ángela Gutiérrez

Las candelas 2013

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