Poder ciego

No, claro que no queremos mirar hacia atrás –decía el presidente en su discurso- ¿Acaso no recordamos lo que le ocurrió a la mujer de Lot? ¿No la hemos imaginado cientos de veces ahí quieta, paralizada en el camino, convertida en un bloque de sal?

El público congregado en la plaza lo miraba incrédulo desde la distancia, contemplándolo allí arriba, en el balcón del palacio presidencial, con los galones colgando de su uniforme. De repente, una voz se alzó entre la multitud y dijo: “Nadie mira hacia atrás, eres tú quien tiene los ojos en el cogote.”

Ángela Gutiérrez

Mirar lo que no vemos

Caminar por los escombros con la cara llena del polvo blanco y denso de la destrucción, entre el olor de los cadáveres y el grito mudo de los desaparecidos, sorteando el estallido de las bombas y el impacto de las balas, buceando en el recorrido de los vuelos de la muerte y escuchando cómo hablan las paredes de las salas de tortura. Y de pronto la imagen final, esa que sale después de apretar un botón y que nosotros veremos cómodamente sentados en el calor de nuestra casa. Lo que miramos en las fotografías de Gervasio Sánchez es lo que ninguno de nosotros podemos ver.

En Argentina, en Guatemala, en El Salvador, en Chile, en Camboya, en Irak, en Bosnia-Herzegovina, en España… fotografías de un rosario de huesos que podrían ser solo huesos pero no son solo huesos. Miles de imágenes que reconstruyen paso a paso el último andar de los desaparecidos, un viaje de largo recorrido que empieza con el secuestro de las víctimas y se ramifica en el dolor inagotable y eterno de las familias. Mujeres y hombres sometidos a torturas y tratos degradantes, violados, soportando una vida ignominiosa, unas condiciones infrahumanas hasta que, en la mayoría de los casos, sobreviene la muerte. Rostros de hombres y mujeres como fantasmas, sostenidos por las manos de sus padres, de sus madres, de sus esposas que los muestran al mundo que solo los puede mirar a través del objetivo de una cámara.

La tragedia del desaparecido se esparce como una bomba racimo alcanzando el corazón y el alma de los que se han quedado en casa, soportando el silencio con dignidad, iniciando la búsqueda de unos cuerpos torturados que han sido enterrados en fosas anónimas escondidas o arrojados al mar desde los vuelos de la muerte o dispersos y perdidos en cualquier lugar inhóspito de la Tierra.

En las fotografías de Gervasio Sánchez miramos los rostros de las madres que esperan con dignidad los huesecitos, miramos los rostros ajados por la tortura del silencio, miramos los gritos tallados por el dolor del desconocimiento y la incertidumbre, miramos los ojos inquietos y profundos del que no sabe dónde dejarle a sus muertos ni siquiera una flor. Lo que han visto los ojos de Gervasio Sánchez es un mapa del dolor, como en esa foto suya en la que aparece un plano de una fosa común, con los cadáveres numerados, dibujados en las posiciones y posturas que grabaron con sangre sobre la tierra. He visto tanto dolor –dice Gervasio Sánchez- que llego a una triste conclusión: mi trabajo apenas describe una parte ínfima de este drama como si fuera poco menos que una lágrima en un gran río de silencio, desesperación y dignidad.

Ángela Gutiérrez

Gervasio Sánchez

Las candelas

Durante todo el día el pueblo anda bullicioso, con un jaleillo especial. Hay mucha gente en la calle, muchas caras nuevas, desconocidas, venidas de otros lugares alejados, casi imprecisos, que recorren las calles con la mirada curiosa y encandilada. Pero también se llenan las calles de la gente de aquí que sale a hacer las últimas compras, a organizar el lugar donde prenderá la candela cuando caiga la tarde. En cada barriada, en un punto exacto de una calle, un montón de arena señala el lugar de la hoguera. En la mañana fría y parda del primer sábado del mes de febrero, los vecinos de La Puebla de los Infantes salen a la calle para ir montando el boliche, amontonando la leña y las ramas de forma que prendan fácilmente, buscando las corrientes necesarias en su base para que el fuego no se ahogue. Es el día de Las Candelas. Alrededor de la hoguera se disponen las mesas para la comida, las neveras que mantienen frías las bebidas, los utensilios para el chocolate, las sopaipas, el café.

El pueblo que en invierno tiene una vida tranquila y sosegada, ve como este fin de semana se altera el silencio con el vuelo de los paramotores y sus calles se llenan de turistas y curiosos. Hay bullicio en las calles, en los bares, en las plazas. Los forasteros y los oriundos se mezclan y pasean de una candela a otra disfrutando con los versos jocosos y burlescos de los muñecos de trapo que coronan las hogueras y que se quemarán en la primera llamarada, al compás del sandinga  o de la flor del romero. Unos y otros intercambiarán conversaciones mientras comparten una cerveza o un tazón de chocolate caliente.

Va cayendo poco a poco la tarde y se deja sentir el frío; en las calles, la gente comienza a abrigarse mientras el sol se oculta tras las montañas. Entonces, en ese momento justo en el que cae la noche, se hace como un gran silencio y al momento los crujidos y  chasquidos de la madera que se quema se extienden por el pueblo como un reguero de pólvora. Al principio el fuego casi no se ve, pero está, como indican las columnas enormes de humo que salen por entre las ramas de los olivos que cubren los troncos de madera. Después las llamaradas empiezan a tomar fuerza y desde el balcón de la Plaza de Santiago, el pueblo aparece iluminado por las hogueras que se dispersan por todas las calles y las plazas. El olor del fuego y el color rojo de las llamas ha teñido la noche que vendrá acompañada de sopaipas, chocolate y buena compañía bajo las pavesas.

Ángela Gutiérrez

Las candelas 2013