La audición

Sentados  en las sillas, con la espalda recta y el cuello erguido. Abren las piernas y colocan suavemente entre ellas sus violonchelos brillantes, con las efes mirando al público dispuestas a derramar su voz por el salón, iluminado a estas horas por el sol de un atardecer de finales del otoño. Tensan los arcos untados con resina y apoyan el instrumento sobre sus pechos acurrucando  el mástil entre sus cuellos. Están serios, concentrados, tal vez repasando la partitura que tomaron entre sus manos por primera vez allá en los primeros días de septiembre. La han mirado, la han leído, la han estudiado, la han solfeado, la han tocado. Han descifrado cada nota, cada signo y han dedicado horas de trabajo y de esfuerzo para hacerla sonar. Ahora está alojada ahí, en su memoria, dispuesta a aparecer en cuanto el violonchelo se coloque entre sus rodillas.

Cada tarde, como un ritual, han acudido a la cita. Han sacado el violonchelo de la funda, han frotado la resina sobre los pelos de yegua del arco, han probado a subir y bajar la pica, han afinado y desafinado, han comenzado a estudiar y han continuado estudiando cada día, con esfuerzo y disciplina, con tesón.

Hoy la tocaran para todos nosotros. Llega el final del trimestre. Están preparados para empezar a frotar el arco contra las cuerdas y liberar los fragmentos de Bach, de Vivaldi, de Beethoven, de Fauré, de Haendel…

El día de la audición. El retrato de la constancia. Una gozada.

Ángela Gutiérrez

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