Feliz Navidad

Los niños de la casa van haciéndose mayores. La Navidad cambia. Ellos toman la iniciativa: montan su propio portal de Belén y adornan su árbol de Navidad, que siempre es perfecto, porque ellos saben que todos los árboles son perfectos;  colaboran en la preparación de la comida y en la decoración de la mesa porque han aprendido, como Teresa de Jesús, que también entre pucheros anda el Señor. Han envuelto los regalos de los abuelos, seleccionado su música e interpretado sus villancicos porque, como Lutero, han descubierto que la música gobierna el mundo, endulza las costumbres y consuela al hombre. Ya no se levantan de la mesa, la llenan con su magia y con  sus recuerdos, porque se han dado cuenta, como Charles Dickens, que el recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad.

Felicidades

Ángela Gutiérrez

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La audición

Sentados  en las sillas, con la espalda recta y el cuello erguido. Abren las piernas y colocan suavemente entre ellas sus violonchelos brillantes, con las efes mirando al público dispuestas a derramar su voz por el salón, iluminado a estas horas por el sol de un atardecer de finales del otoño. Tensan los arcos untados con resina y apoyan el instrumento sobre sus pechos acurrucando  el mástil entre sus cuellos. Están serios, concentrados, tal vez repasando la partitura que tomaron entre sus manos por primera vez allá en los primeros días de septiembre. La han mirado, la han leído, la han estudiado, la han solfeado, la han tocado. Han descifrado cada nota, cada signo y han dedicado horas de trabajo y de esfuerzo para hacerla sonar. Ahora está alojada ahí, en su memoria, dispuesta a aparecer en cuanto el violonchelo se coloque entre sus rodillas.

Cada tarde, como un ritual, han acudido a la cita. Han sacado el violonchelo de la funda, han frotado la resina sobre los pelos de yegua del arco, han probado a subir y bajar la pica, han afinado y desafinado, han comenzado a estudiar y han continuado estudiando cada día, con esfuerzo y disciplina, con tesón.

Hoy la tocaran para todos nosotros. Llega el final del trimestre. Están preparados para empezar a frotar el arco contra las cuerdas y liberar los fragmentos de Bach, de Vivaldi, de Beethoven, de Fauré, de Haendel…

El día de la audición. El retrato de la constancia. Una gozada.

Ángela Gutiérrez

Plácida cerveza

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto,  pero le da  risa de nuevo y contempla a Cosme que se aleja sin verlos. Golpea cariñosamente el hombro de su colega mientras saborea un trago largo de cerveza.

–       ¡Te quieres callar! ¡Mira que eres…!. ¡Ya has logrado que Cosme se vuelva a marchar sin acompañarnos a la cervecita! –comentaba entre risas y manoteos.

–       ¡Cosme, Cosme! ¡Olvídate de Cosme! ¿Acaso no te gusta la idea de que estemos por fin a solas?

–       ¡Déjate de tonterías! No empieces haciendo de las tuyas… Estamos en una terraza ¡por Dios…! –exclamó mientras lo miraba con complicidad.

De repente se quedó completamente inmóvil y pensó que aquellos pantalones  con los bolsillos rotos eran fantásticos. Sonrió, dio un sorbo a la cerveza y abrió levemente las piernas  mientras notaba los dedos de su colega acariciando su pubis.

Ángela Gutiérrez

Un golpe seco

Tomó entre sus manos una taza blanca y humeante de tila y encendió un cigarrillo. Su corazón aún palpitaba acelerado. Notaba como temblaban sus labios. Tendría las pupilas todavía dilatadas, ávidas, como si aún  buscara en la oscuridad el rostro maldito. Su hijo, sentado a su lado, miraba  asustado desde el taburete alto de la mesa de la cocina, como si estuviera en un lugar extraño y peligroso, expuesto de repente a una realidad de película.

La policía no había aparecido. Ya no era necesario que lo hiciera.

Habían pasado un par de horas desde que se metió en la cama. Carlota se había sentido cansada, con el peso de un día largo sobre sus hombros y la pesadez de un enorme catarro sobre su cabeza. La congestión no le permitía leer con comodidad y en la tele, lo de siempre, las algarabías aburridas y vulgares o las series estereotipadas de costumbre. Estaba medio dormida en el sofá, escuchando de lejos la suave respiración de su hija pequeña que ya dormía y las teclas del ordenador de su hijo Enrique, encerrado desde que cenó en su dormitorio, como un adolescente en la madriguera. Apagó las luces del salón, se aseguró de que la cancela  del patio delantero y la puerta  de la casa estaban bien cerradas y subió la escalera. Dio las buenas noches a Enrique y le pidió que dejara el ordenador, que era hora de descansar. Al día siguiente todos tenían que cumplir con sus responsabilidades y madrugar.

En el duermevela de los primeros minutos en la cama, Carlota  sentía la placidez; estiraba las piernas, acomodaba su cuello a la almohada de plumas y notaba como se iban relajando los músculos de su cuerpo, como si cayeran suavemente entre algodones, como si gravitara olvidándose de sus peso y de su masa y de su pensamiento y de sus deseos y de ella misma. No recuerda que cerrara los ojos, pero lo hizo.

Un golpe seco. Un golpe seco que se repetía la hizo saltar de la cama, un poco desorientada por el estado seminconsciente del primer intento de sueño. Encendió la luz suave y tenue de la mesita de noche, se puso las gafas acelerada, temerosa, curiosa y asustada por esos golpes secos y repetidos, como los martillazos en el yunque. La noche era oscura y lluviosa. En el reloj las agujas marcaban la una y media. Bajó corriendo la escalera, hablando en voz baja con su hijo que se había despertado también.

Había alguien hurgando en la cerradura de su casa, en la cancela de forja que da a la calle. Desde la ventana del salón se veía el patio delantero y la silueta de un hombre que se movía torpemente, golpeando el hierro forjado cada vez con más fuerza. Carlota notaba que su corazón se salía, pensaba deprisa, caminaba deprisa, de una ventana a otra, intentando ver qué estaba ocurriendo, qué rostro maldito los había sacado de la placidez de las sábanas, acercándose a la puerta de la casa, asegurándose de que estaba bien cerrada, pidiendo a su hijo que se escondiera, que tuviera cuidado, olisqueando un poco de sangre fría que le permitiera cierta serenidad para pensar,  para averiguar qué podía hacer. Pero aunque Carlota se daba prisa, los golpes aún sonaban más rápidos e incesantes. Por qué no los oirá algún vecino, qué querrá, que no se despierte la niña por dios…

Llamó a la policía. La voz le temblaba, casi no salía del cuerpo. Mientras marcaba el 091, buscaba inútilmente en el móvil el teléfono de algún vecino, alguien a quien alertar de lo que les estaba pasando, que estuviera más cerca que la policía, que saliera a la calle a gritar, que asustará al rostro maldito. Carolina, Carolina vivía a la vuelta de la esquina, ella buscará a Paco y a otros vecinos, y se irá, y nos dejará en paz y volveremos a la placidez de la cama.

De repente, los golpes cesaron. Sonó el timbre. Es Gabriel, mamá, es Gabriel, el vecino.

Tranquila Carlota, ya pasó, se ha ido, tranquila.

Ahora tomaba la tila en la cocina,  asustada e inquieta. Fumaba ansiosa un cigarrillo buscando inútilmente el sosiego que tardará en recuperar. Miraba a su hijo, con la cara temerosa y el gesto de valentía retenido, sofocado por la realidad. Alguien, un rostro maldito había roto la tranquilidad de la noche, les había robado el sueño, había intentado entrar en su casa. ¿Cómo sería cuando los que forzaran la reja del patio y la puerta de seguridad de la casa fueran los agentes judiciales, cuando la presencia de los vecinos no tuvieran ningún efecto disuasorio, cuando en lugar de golpear la cerradura con una piedra, el rostro maldito  golpeara con un papel oficial?

Carlota tragó un poco de tila. Eran los primeros días de diciembre, por primera vez después de diez años, Carlota no había podido pagar la letra de la hipoteca de su casa. Entonces sintió pánico y un golpe seco.

Ángela Gutiérrez