Pasen y lean

En la mesita de noche de la habitación que compartía con mis hermanas se acumulaban los cómics. Por razones de trabajo, mi padre viajaba casi todas las semanas desde el pueblo hasta la ciudad y, aunque la economía de nuestra casa era más que ajustada, de cuando en cuando se presentaba a su regreso con un pequeño regalo: una naranja cuyos gajos eran caramelos recubiertos de azúcar, un lápiz decorado con un muñeco de goma en el extremo superior, un libreto de recortables o un tebeo que nos traía las novedades de Zippi y Zappe, de Mortadelo y Filemón o de la Rue del Percebe. Esa noche me iba a la cama con diligencia y devoraba las páginas coloridas del tebeo con avidez.

Con el tiempo, los cómics desgastados y arrugados por el tacto diario de mis manos fueron quedando en el fondo de la mesita y sobre ellos empezaron a acumularse las aventuras de Los Cinco, los relatos de Julio Verne y de Arthur Conan Doyle o las leyendas misteriosas de Bécquer.

Me acostumbré a madrugar. A las siete y media de la mañana partía el autobús que nos llevaba al instituto, a unos veinte kilómetros de casa, en un pueblo cercano, más grande y más próspero, más parecido a una ciudad no sólo por sus dimensiones y por sus tiendas y cafeterías sino, y sobre todo, por el anonimato, por la independencia adolescente que duraba hasta las tres de la tarde cuando me montaba en el autobús que nos llevaba de vuelta. Mi madre me daba cincuenta pesetas para el bocadillo del recreo, pero la moneda se iba cada día al fondo de mi hucha a cambio de levantarme unos minutos antes y preparar el bocadillo que me llevaba de casa. Poco a poco en la hucha se acumulaban las monedas y entonces yo podía tachar uno de los títulos de mi lista de libros deseados, casi tan larga como la de los libros prohibidos del medievo castellano. Así aprendí a frecuentar las librerías, a mirar y remirar sus estanterías repletas de libros, a tomarlos entres mis manos y hojearlos de pie, sentada en el filo de madera que reposaba sobre el suelo o en suelo directamente. Tenía que decidirme y elegir bien; acumular monedas de cincuenta era una tarea dura, ardua y muy dilatada en el tiempo.

Muchos años después, gracias a mi hijo y a una película de Harry Potter, visité en Oporto la librería Lello e Irmao.  Yeserías decoradas recubren las paredes que se elevan hasta la segunda planta a la que se accede por una magnífica escalera casi imperial. El olor del papel y de la tinta se mezcla con los aromas  de las maderas y del café. Divanes y butacas se dispersan por sus pasillos invitando, no ya a hojear los libros, sino a abrazarlos, a leerlos mientras se saborea un café o una infusión caliente.

No hay en esta ciudad una librería así. Pero tenemos huchas para seguir acumulando monedas que nos den el pasaporte a los grandes viajes de la literatura, de la historia, del cine, de las artes. Y por segundo año, tenemos el treinta de noviembre, el día de las librerías, para recorrerlas, para gozarlas. No importa que la alcancía esté a medias, no importa que la lista de los libros deseados permanezca intacta, simplemente pasen y lean.

Ángela Gutiérrez

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