Las voces y los ecos

Un centro educativo es un universo con vida propia y un lugar especialmente sensible al acontecer de la realidad. En él se representa la función más perfecta y realista del gran teatro del mundo. La acción avanza por la interpretación magnífica de los actores y la tramoya deja poco lugar a la improvisación. No es teatro de autor, más bien se trata de una obra de actores, una especie de colmena perfectamente organizada donde todos y cada uno saben qué tienen que hacer pero donde todos y cada uno hacen realmente lo que les viene en gana y defienden sus cartas para acceder al reinado.

Dentro de las paredes de un centro educativo habitan los grupos, las familias, las ideas y las individualidades que conforman nuestra sociedad: niños, adultos, jóvenes y adolescentes.  Defensores de las ciencias y de las humanidades, defensores de la enseñanza integral, defensores del neoliberalismo y del comunismo, ácratas y dictadores. Seguidores cuasi religiosos de las nuevas tecnologías y amantes de la tradición. Consumidores, padres, hijos, abuelos y tíos. Solteros, casados, parejas de hecho y familias reconstituidas. Heterosexuales y homosexuales. Creyentes, ateos, apóstatas y muchos que jamás se lo han planteado. El universo pleno, una maqueta perfecta de la sociedad.

Vivimos tiempos difíciles también en los centros educativos; y no voy a hablar del recorte de los salarios, ni del aumento de las horas laborales, ni de la supresión de la paga extra. Reivindicar el progreso de la sociedad a través de la instrucción pública es tan necesario hoy como lo ha sido siempre.  Hay que pararse a distinguir las voces de los ecos. No es una tarea fácil ni se puede hacer a la ligera, pero es la gran tarea. Por eso quiero hablar de los niños desatendidos por los serviles horarios laborales de los padres; de las  familias que racionalizan las gomas de borrar, los lápices y el forro de los libros para poder llegar a fin de mes; de los adolescentes que empiezan la jornada sin un bocata que llevarse a la boca; de los jóvenes que piden a gritos sentarse en la primera fila porque no pueden pagar unas gafas; de los estudiantes que abandonan el centro sin saber en casa de quién dormirán esa noche…

Esas son las voces. Los ecos ya los conocemos: nos ocupan mucho tiempo cada día.

Como en la sociedad, en un centro educativo la realidad puede mirarse de muchas maneras y desde variadas  perspectivas, construyendo una especie de universo cubista, hermoso y apasionante ante algunos ojos, tosco y desfigurado ante otros. Solo hay que estar dispuesto a aprehender su esencia. Y su esencia no es otra que la del ser humano y su empeño en la búsqueda de la felicidad.

Ángela Gutiérrez

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