Dibujando sueños

Me gusta dibujar. Me gusta dibujar sobre todo tortugas, como las que Charles Darwin encontró en su viaje a bordo del Beagle por las Islas Galápagos, deshabitadas y alejadas de la costa, plagadas de cocodrilos gigantescos y tórtolas que se posaban confiadamente sobre los hombros de Charles. Algunos días observo uno a uno mis dibujos, ordenados escrupulosamente en un gran bloc con las pastas duras y de color rojo y me imagino que mis hojas acabarán como los cuadernos de Darwin, llenas de grabados de cráneos, bocetos de hojas y árboles filogenéticos. También me gusta hacer viñetas de mi madre y de mi padre y de mis hermanos. Observo perplejo la actividad de mi madre, siempre atareada con la comida, con la ropa, con la limpieza y la plasmó sobre el papel sonriendo y con cara de cansada. Me pregunto de dónde me vendrá esta afición; por más que miro, en mi casa nadie coge nunca un lápiz, ni abre un libro, ni usa un cuaderno. A veces mi padre toma un papel y anota algunos números con un lápiz de madera pequeño, muy pequeño, al que saca la punta con su navaja, y cuando acaba suele poner cara de tristeza y de desesperación y posa sus codos sobre la mesa camilla.

Me gusta dibujar porque es la manera de ver mis sueños. Otros sé que lo hacen con las palabras, pero yo nunca las encuentro, siempre se me quedan cortas, extraviadas en la punta de la lengua, queriendo salir pero aturrulladas y revueltas. Sin embargo con los colores me atrevo con todo, incluso con lo más íntimo, con aquello que está escondido en el fondo, muy en el fondo, que solo se descubre escarbando entre las fotos perdidas y lejanas, con ese color sepia de las cosas antiguas, de las cosas pobres, de las cosas que se han alojado inconscientemente en la memoria.

Y cuando salen mis dibujos, veo mis sueños  y veo los sueños de los demás. Aparece mi abuelo pintado de gris, con la gorra de paño y los pantalones de patén, mirando incrédulo a un cielo otoñal cruzado por el Sputnik, esperando la lluvia que engorde las aceitunas. Y veo a mi padre soñando, tras el mostrador de una tienda, con poder estudiar, con devorar uno tras otros los libros que cayeran en sus manos, repitiendo palabras en francés y en inglés, palabras con las que nunca soñará porque el color sepia de la memoria ya no las almacena.

Me gusta dibujar porque descubro que todos tenemos sueños. Es verdad, mis padres tuvieron sueños cuando eran niños y mis abuelos tuvieron sueños también. Y los antepasados de mis abuelos tuvieron sueños  y los antepasados de sus antepasados tuvieron sueños y probablemente esos monos de los que venimos tuvieron sueños también.

Pero crecieron y nadie hizo caso a sus sueños. Quizá porque estaban ocultos, porque las palabras se le enredaban como a mí en la punta de la lengua, porque soñar no era cosa de los pobres, ni de los campesinos, ni de los analfabetos. Porque quizá nadie le dio la oportunidad.

O tal vez porque no tuvieron un bloc donde poder dibujar.

Ángela Gutiérrez

árbol filogenético de Charles Darwin

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