Cajas de cartón

Hace unos meses, me encontré con Julio, un compañero de mis años de universidad, al que hacía tiempo que no veía. Los dos vivíamos en la misma ciudad pero los quehaceres familiares y la dedicación a nuestros trabajos nos habían alejado tanto como si nos encontráramos en los dos extremos del mundo. La casualidad quiso que compartiéramos un café y que habláramos relajadamente, él de su trabajo en el periódico y yo de mis clases en el instituto. Me llamó unos días atrás, estaba buscando su caja de cartón, pero no  la encontraba por ningún sitio.

María, una arquitecta inquieta y brillante, amiga de la familia desde los años del colegio, ha dado  a luz a una niña de pelo moreno y encaracolado que ha pasado un par de meses en la unidad de neonatos del hospital provincial. El estrés de la madre mientras buscaba su caja de cartón, la empujó antes de tiempo y, aunque nos dio un susto grande, todos ahora nos alegramos de tenerla entre nosotros.

La vida de Marga ha dado un vuelco tan grande que parece un calcetín del revés. Se enamoró; se enamoró después de poner fin a una relación tormentosa y apasionada en la que encontró diversión  y seguridad. El desengaño la devolvió a la casa de sus padres, emigró de la gran ciudad al pueblo donde encontró un salario trabajando como asistente a domicilio, atendiendo a ancianos solos y enfermos. Ahora se ha quedado en la calle y su caja de cartón sigue sin aparecer.

José tiene las manos encalladas y ásperas a pesar de masajearlas diariamente con el  aloe vera que cultiva en su propio huerto. Ha colocado cientos, miles de ladrillos. Ha construido casas y bloques de pisos y ha medido los bordillos de las aceras con la precisión de un rayo láser. Ha encalado paredes y limpiado tejados bajo el sol implacable de los pueblos de Andalucía. La caja de cartón que le pertenecía ha desaparecido.

Juan recorría los tejados de la ciudad instalando los compresores del aire acondicionado y las placas que atrapan el calor del sol para calentar el agua. Reparaba los semáforos de esta ciudad que conoce palmo a palmo con todas y cada una de sus luces diarias. Hoy lleva todo el día vagando con su furgoneta vacía buscando su caja de cartón.

Modesto soltaba al final de la jornada el rulo de pintura limpio, impecable y protegido con un plástico, sobre un enorme cartón que protegía el suelo de cada una de las casas en las que pasaba los días pintando.  Se lavaba cuidadosamente las manos y cuando llegaba el viernes, recogía puntualmente a su mujer para tomar una cerveza en el bar que está al lado de la peluquería donde ella trabaja. Para Modesto empezaba el descanso deseado del fin de semana; a su mujer aún le quedaba la larga jornada del sábado. El último viernes llegó muy tarde a la cerveza, se entretuvo buscando una caja de cartón que nunca ha aparecido.

Antonio Jesús abandonó ayer la fábrica en la que había pasado los diez últimos años fabricando piezas para el montaje de pladur.  Hoy todos sus compañeros buscan sus cajas de cartón en un almacén abandonado e inerte.

Todos, Julio, María, Marga, José, Juan, Modesto y Antonio Jesús buscan su caja de cartón. Pero no hay cajas de cartón, no las encuentran por ningún lado. En el cine siempre hay a mano una caja de cartón, pero de nuevo, la realidad supera la ficción y en España, miles de trabajadores abandonan su puesto de trabajo sin ni siquiera encontrar una caja de cartón donde guardar  sus pertenencias.

Ángela Gutiérrez

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