Ponte en la piel

En el perchero de detrás de la puerta colgaban las gabardinas y los paraguas, empolvados y aburridos, esperando su oportunidad. En los membrillos maduraban los frutos de la pasión, brillantes como la manzana dorada  de la discordia,  dispuestos para el dulce bocado de los amantes. Corrían los días del veranillo de San Miguel, con los termómetros alcanzando marcas veraniegas en las tardes soleadas, de cielos despejados y nubes altas en el lejano horizonte. Cambios, bruscos cambios en el paso de una estación a otra. A pesar del ajetreo cotidiano, Carlota estaba tumbada en el sofá, añorando quizá las largas siestas del verano, retrasando por unos minutos los deberes de las tardes laborales del otoño. Sentía un leve dolor de garganta y tomaba de cuando en cuando pequeños sorbos de agua para aliviarse. Había pasado la mañana hablando sin parar, atendiendo a varios grupos de turistas que visitaban el museo donde trabajaba de guía y ahora no podía evitar el carraspeo y la aspereza al tragar. Solo disponía de quince minutos para reposar después del almuerzo. A pesar del calor pegajoso y sofocante ya estábamos en octubre y las tardes eran más cortas.

Supongo que Carlota se quedó dormida por un momento. Cuando se despertó sobresaltada, se recompuso rápidamente la ropa y se retocó el maquillaje casi sin mirarse al espejo, cogió las llaves, el bolso y se dirigió a la oficina. Llevaba prisa, tenía mucho trabajo. Se acercaba el fin de semana y las visitas guiadas al museo aumentaban, así que debía realizar algunas gestiones para organizar los grupos del día siguiente. Saludó al guardia de seguridad y se dirigió al despacho que compartía con varios compañeros. Ahora se explica. La miraban con curiosidad, con un cierto aire de desasosiego, sobre todo cuando Carlota se acercaba mucho a alguno de ellos para entregarle alguna documentación o comunicarle algún cambio en el horario de las visitas. La observaban como si fuera la primera vez que la veían, con detalle, deteniéndose en sus labios gruesos y rosados, en sus grandes ojos oscuros que empezaban a recuperar el brillo después de haberse olvidado de las gafas tras operar su miopía; atendían a su voz como si estuvieran escuchando una sonata de Bach, segmentando los matices, las tonalidades; repasaban interesados los dedos regordetes de sus manos pequeñas y ágiles e incluso reprimían el deseo de sostenerla por la barbilla, frenar su rostro y mirarlo fijamente.

Había hablado con ella a media mañana para decirle que tendría que almorzar sola, que estaba fuera de la ciudad, resolviendo uno más de los cientos de problemas que las obras de aquella urbanización nos estaba dando. Uno no acaba de entender cómo en este país se han permitido tales disparates  urbanísticos, cómo se han asolado pinares centenarios para convertir el paisaje en ruinas hormigonadas con las que ahora nadie sabe qué hacer. Aún así, Carlota decidió no almorzar fuera, en uno de esos restaurantes baratos y ruidosos que abundan en los alrededores del museo, que inundan las aceras con esos monigotes convertidos en pizarras donde se anuncia con tizas de colores un menú del día engañosamente saludable. Prefirió acercarse a casa, comer tranquilamente y quitarse los zapatos que le parecían fríos y duros como escarcha.

Carlota pasó la tarde entre llamadas y papeles. Consiguió cerrar varias visitas para la mañana siguiente con turistas alemanes. Hablaba alemán, portugués, francés y por supuesto inglés así que no le faltaba el trabajo. Los alemanes eran visitantes muy especiales. Buscaban la perfección pero se aburrían rápidamente, por eso Carlota preparaba sus explicaciones con ahínco, como si en ello le fuera la vida. Nos obstante, a pesar de las dificultades, el museo no pensaba prescindir de sus servicios. Era algo así como la joya de la corona y, de alguna manera, ella lo sabía. Estudiaba continuamente, con tesón y entusiasmo; pedía informes detallados de los grupos, escarbaba en sus intereses y terminaba por hacer el mejor recorrido que se puede imaginar por el museo. Cuando las agencias de viajes contactaban con el museo para concertar una visita, Carlota era la guía más solicitada.

No sabía el motivo, pero al final de la tarde, la responsable de recursos humanos del museo la citó con urgencia en su despacho. Carlota sentía curiosidad y repasaba una a una todas las posibles razones. Tan solo en un par de ocasiones se había encontrado con ella, cuando le hicieron la entrevista personal después de superar las pruebas para acceder al puesto de trabajo y cuando firmó su  contrato, y de eso hacía ya algo más de un año. Me llamó a media tarde un poco enfadada. Me explicó que llegaría más tarde de lo habitual, que la habían convocado a una reunión al final de la jornada y me encargó que me ocupara de la cena.

Estaba en la cocina, terminando de preparar la cena cuando escuché las llaves abriendo la puerta del apartamento.

-Ya estoy en casa – dijo.

– ¡Hola! Enseguida te veo, termino el revuelto en un segundo- contesté.

Carlota dejó el bolso en el perchero de la entrada y se dirigió al dormitorio, hablándome desde allí con una voz firme y bronca. Llegó irritada. Se cambió de ropa con brusquedad, daba portazos con las puertas del armario y abrió el grifo del lavabo con una presión inusitada. A voces me hablaba desde el baño, diciéndome que era injusto, que no había derecho, que se había dejado la piel, que no había servido de nada su esfuerzo, ni su estudio, ni las horas que había dedicado a la institución.

Aparté la sartén del fuego, me lavé las manos y salí de la cocina. La encontré en el salón y paralizado, la miré. Miré sus labios gruesos y rosados y sus grandes ojos brillantes. Miré sus manos y su pelo. La miré sin poder decir nada.

–       ¡Qué, qué miras! ¡Estoy harta de que me miren ¡Nadie ha hecho otra cosa esta tarde más que mirarme así! ¡Vaya mierda de día! ¡Lo que me faltaba! ¡Llegar a mi casa y encontrarme lo mismo!

–       ¿Carlota? ¡Carlota…!

–       ¡Joder, qué quieres! ¡Deja de mirarme así! ¡Me han despedido, me han puesto en la calle! ¡Como lo oyes, de un día para otro!

Carlota rompió a llorar y las lágrimas rodaron sin que yo pudiera impedirlo. Tenía los mismos labios gruesos y rosados de siempre, los mismos grandes ojos oscuros, el mismo pelo largo y rojizo, las mismas manos regordetas y ágiles, la misma voz, pero su piel se había vuelto negra, negra como el  hollín.

Ángela Gutiérrez

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