Literatura de un salto

Viendo las imágenes del austríaco Féliz Baumgartner arrojándose al vacío,  me venían a la cabeza las palabras incrédulas de mi bisabuelo cuando me contaba la llegada del hombre a la Luna: “Eso es mentira –decía- esos dos están ahí, detrás de ese cerro” y miraba desconfiadamente la cima más alta de la sierra.

Cuando le preguntaron a Baumgartner qué había sentido después de la caída, este dijo que no tenía palabras, que no encontraba las palabras, que no sabía qué decir. Al día siguiente, un articulista escribió que el austríaco solo entendería lo que había ocurrido cuando lo contara.

Baumgartner ha logrado superar la velocidad del sonido y con él parece haberlo hecho toda la especie humana. Este y otros hechos, hazañas perseguidas por el hombre durante años y años, son un revulsivo, una sacudida para los sueños que rara vez se retransmiten por televisión pero que la literatura siempre se ha ocupado de mantener vivos.

Antes, mucho antes de que la ciencia y la tecnología hayan  sido capaces, la literatura nos ha llevado a explorar las entrañas de la tierra, nos ha permitido habitar en el espacio exterior o viajar en el tiempo. Gracias a los libros emprendemos viajes que nunca haremos, conocemos lugares  en los que no estaremos jamás, nos encontramos con  personas de las que apenas sabemos su nombre o nos desplazamos al pasado para dialogar con nosotros mismos.  Es como una especie de preámbulo que nos allana el camino hacia la realidad de tal manera que, cuando los acontecimientos nos tocan de cerca, uno tiene la sensación de que ya los ha vivido.

La realidad nutre a la literatura igual que esta nos devuelve a la realidad, y a veces solo se trata de mirar, de mirar más allá de nuestras narices para encontrar la magia. Algo así como estar en las Islas Diómedes, el único lugar en el mundo donde es posible ir del pasado al presente y del presente al futuro dando un paseo.

Ángela Gutiérrez

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