Cheek to cheek

El día estaba gris, lluvioso. Dulce se limpió los pies antes de entrar en el apartamento. Llevaba las suelas de sus sandalias llenas de barro y los pies empapados.  Acababa de llegar el otoño y los rescoldos del verano permanecían encendidos en la tibieza de la casa. No esperaba estas lluvias repentinas; había estado en la calle toda la mañana y ahora sentía frío. Un frío incómodo y a destiempo que se había ensañado con sus hombros desnudos por la camiseta de tirantas y sus pies aireados entre las tiras de cuero rojas de los zapatos. Caminó directa a su habitación, se despojó de las ropas mojadas y se recogió el pelo después de ponerse más cómoda. Cuando está en casa le gusta llevar unos pantalones largos y anchos, de tela suave como la de esos vestidos que Gingers Roger  hacía danzar al son de la música. Miró el reloj; de repente notó que se habían acabado las prisas, el ajetreo y el ruido  de los que uno se contagia con solo poner un pie en las calles de la ciudad. Mientras encendía un cigarrillo, levantó la persiana del gran ventanal y se acomodó en su sillón de leer.

Tomó el libro entre sus manos y lo abrió mecánicamente, apartando la cinta de tela  para continuar leyendo por donde lo había dejado la tarde anterior,  sumergida en las notas de un bailarín esbelto y ágil que lloraba amargamente en un rincón del estudio de danza mientras desataba las cintas de seda de sus zapatillas. Ante el  enorme espejo, agazapado tras la sombra de su compañera de danza, Félix comprendía que todo había acabado para él, que ella bebía los vientos por otro más joven, más elástico, con la piel tersa y suave de los imberbes, dispuesto a ensalzar no sólo sus enseñanzas y su experiencia como profesora de danza sino también a regalar sus oídos con palabras nuevas, frescas, excitantes. Y no tenía nada más que hacer, Félix estaba convencido de que los diez años que habían pasado juntos bailando sobre el parqué de aquel estudio ya no eran más que el reflejo de un espejo, el recuerdo de una mejilla contra otra. Se preparaba para el adiós definitivo, no el de los escenarios  que habían recorrido juntos por medio mundo, no el de los espectáculos y las coreografías que ensayaban e improvisaban durante horas y horas, no el de los aplausos de un público sensible y entregado; se preparaba para perder a su amante, a su pareja. En definitiva, Félix veía, entre lágrimas, que decía adiós a su felicidad, a la dicha que encontró tomándola entre sus brazos mientras bailaban, sintiéndose afortunado, escuchando los latidos de su corazón.

Félix se levantó del rincón apresuradamente, secando con sus manos el llanto, intentando vencer el profundo hastío que sentía ahora en su corazón, dispuesto a marcharse a su casa, evitando volver la mirada, eludiendo la danza maldita de ella, la profesora, entre los brazos largos y robustos del joven, al ritmo de la música que ahora le escupía el gran espejo.

Huyó, apenas estuvo unos minutos en el vestuario y abandonó el estudio.

Deambuló por las calles otoñales y mojadas, bajo el cielo gris, entre el ruido de los coches y las prisas de los peatones. Por su rostro cansado, caían las lágrimas y la lluvia con la que se había estrenado el otoño.

Abrió la puerta del apartamento restregándose los ojos, intentando maquillar las lágrimas  y, cuando levantó la mirada, la encontró allí. Sentada en el sillón de leer, con sus pantalones largos y amplios de tela suave, junto a la cálida luz del ventanal, leyendo, atrapada por el final de la trama: los ojos enrojecidos de Félix se entornaron y escuchaba los latidos de su corazón, mientras bailaba con ella, mejilla contra mejilla.

Ángela Gutiérrez

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