La memoria del agua

Papá regresó a la tumba entristecido, apesadumbrado y con las botas cubiertas por el lodo después de haber estado toda la jornada recogiendo naranjas. Se sentó a los pies del frío mármol y con los ojos cansados, miraba la fotografía mientras deslizaba suavemente sus dedos por las letras de la lápida.

Cuando empezaba a ocultarse el sol, recorría el camino de tierra desde el cementerio hasta casa, arrastrando los pies, con ganas de asearse, ponerse las zapatillas y acomodarse en el sillón. Las teclas de mi máquina de escribir, una Olivetti portátil, de color azul  que me habían regalado por reyes, guardaban silencio en cuanto escuchaba la llave en la cerradura de la puerta. Folios repletos llenaban la mesa del comedor: asdf jklñ, asdf jklñ, asdf jklñ, y mis dedos, entumecidos aún marcaban el ritmo de las teclas cuando me acercaba a recibirlo con un beso. Sin articular palabra, con una leve y sincera sonrisa ponía su mano sobre mi cabeza y alborotaba mi pelo; era su manera de alegrarse de verme.

Más tarde, cenando en el silencio roto por los sorbos de la sopa caliente y reponedora, yo esperaba ansioso las mismas palabras que se repetían cada noche y que más que mi cerebro, mi corazón, procesaba con una rapidez vertiginosa,  lanzándome a hablar como los ávidos cazadores que salen al monte cuando se levanta la veda.

¿Cómo te ha ido el día, hijo? – preguntaba lacónico.

Esas eran, quizá, las únicas palabras que habían salido de su boca en todo el día. En el tajo ya se habían acostumbrado a su silencio, un silencio incluso maleducado que negaba hasta los buenos días y que solo se alteraba por aquellas siete palabras que cada noche pronunciaba para mí, solo para mí. Con un simple gesto de la cabeza, papá me hacía callar por unos segundos que yo empleaba para llevarme la cucharada de la sopa ya fría a la boca e inmediatamente recuperaba mis aventuras del recreo, mis juegos con los amigos o la rapidez  con la que llenaba repetidamente los folios con mi Olivetti. Tras la cena, me acompañaba a la cama, me acurrucaba con un enorme beso y me deseaba dulces sueños; yo tardaba en dormirme arropado por el ruido del agua en el fregadero, por el sonido de los platos aún húmedos colocados cuidadosamente en el armario acristalado de la cocina, por el balanceo de la mecedora que empujaba lentamente los segundos, los minutos, las horas de las largas noches de insomnio de mi padre.

Era así desde que murió mamá, hace ya un año cuando una tarde de finales de septiembre, la casa se llenó, primero de las vecinas que impúdicamente entraron en el dormitorio, lo llenaron de ruidosas y crujientes sillas de tijera, como las de las terrazas de los bares pequeños y humildes que jalonaban como cuentas de un rosario el paseo del pueblo. Después llegaron los vecinos, con sus voces graves que olían a tabaco negro y a alcohol y ocuparon  el zaguán de la casa y las aceras de la calle. Luego, unas horas después, en la casa se hizo el silencio, el más absoluto de los silencios, ese silencio que se vino a vivir para siempre con nosotros, con papá y conmigo.

Yo sabía que por más  días que pasaran, por más meses que pasaran, por más años, tal vez, que pasaran, el silencio seguiría allí, instalado para siempre entre las paredes blancas y los muros gruesos; yo sabía que aunque mi padre visitara diariamente la tumba, cansado, y apesadumbrado, el verdadero santuario estaba en la intimidad de la casa, entre el menaje de la cocina, los tenderos de la azotea, los cajones intactos y pulcros de la cómoda, el arca vieja repleta de fotografías. Y además sabía que por más días, meses y años que transcurrieran, junto al santuario había también un infierno. Un infierno tan profundo como el de Tártaro, rodeado por tres capas de noche, que pintó las paredes de luto y trajo a los ojos de mi padre la mirada vacía, encorvó sus hombros y escondió su alegría.

Casi todos los días, mi tía Julia me despertaba cuando mi padre ya se había marchado a trabajar al campo y cuando me iba al colegio, ella se ocupaba de los quehaceres de la casa poniendo todo su empeño para que no se notara la ausencia de su hermana pequeña. Pero se notaba. ¡Vaya si se notaba! Sobre todo en el patio, en las plantas que habían perdido su brillo, en los miramelindos que probablemente no brotarían la próxima primavera y en las hojas decaídas y lacias de la buganvilla y los pacíficos.

Algunas tardes, después de merendar o mientras merendaba, salía a la plazoleta de atrás a jugar con mis amigos y el tiempo se detenía.  De mi cuerpo delgaducho salían gritos y risas y patadas al balón y bailes de peonzas. Alguna vez, cuando por alguna razón tenían que acompañarme a mi casa, el volumen y el tono de nuestras voces se aminoraba conforme nos acercábamos a la puerta, hasta que desaparecían por completo al pisar el zaguán. Todos enmudecían, como si se hubiera ahogado su voz, como si se hubieran contagiado de ese silencio atronador que habitaba la casa.

Los sábados por la tarde, mi padre me dejaba ir al cine. Era de las pocas cosas que me dejaba hacer porque desde que murió mamá todo le daba miedo: miedo de que saliera al campo, miedo de la noche, miedo de los desconocidos y de los conocidos, miedo de que me hablaran, miedo a que enfermara… miedo, todo eran miedos.

En la calle principal del pueblo, con la fachada dando a la plaza del Ayuntamiento, estaba el cine de los Gómez donde había pasado muchas noches de verano embobado con cualquier película a la que me llevaba mi madre, comiendo pipas y  contemplando a la vez el cielo estrellado de los veranos, lleno de los deseos que brotaban cuando veía las estrellas fugaces. Ese verano, antes de que se fuera para siempre, vi la película más bonita de mi vida. Me hacia mucha gracia el nombre del protagonista, Totó, y me quedé deslumbrado con la cantidad de besos que salían al final. Mi madre decía que Cinema Paradiso era la mejor película del mundo y que si a papá le gustara bailar, ella lo haría cada día al son de su banda sonora.

Uno de esos sábados que fui con mis amigos al cine, organizaron una salida al campo para el día de San José que en mi pueblo seguía siendo festivo porque era el patrón. En realidad, la fiesta solo consistía en no ir al colegio porque las verdaderas fiestas del pueblo se celebraban en verano, a mediados del mes de agosto, y porque las mujeres mayores iban a la iglesia aunque no fuera domingo.  Lo más curioso del diecinueve de marzo era que mucha gente pasaba el día pescando en el pantano que estaba a pocos kilómetros del pueblo  y si hacía calor, con un poco de suerte, nos dábamos el primer baño del verano. Justo la primavera antes de que mamá se fuera, yo me bañé con ella y con mi tía Julia que me había enseñado a nadar.

A mi padre no le gustaba el pantano. Decía que no era necesario inventarse monstruos como el del Lago Ness para asustar a nadie, que el monstruo era el pantano mismo con sus corrientes ocultas e incontrolables y la maleza que revestía sus tripas navegando a la deriva. Era traicionero y cualquier día nos traería un disgusto; un disgusto tan grande como el que tuvieron en el pueblo cuando lo estaban construyendo y las obras  de la presa se llevaron por delante la vida de su amigo Esteban.  No le gustaba vernos metidos en el agua. Siempre recordaba las albercas, los pozos y las tierras fértiles que se había tragado aquel invento que se diseñó durante los últimos años de la dictadura y que se llenó de agua en un solo invierno de lluvias continuas y abundantes. Poco a poco se cubrieron los trigales, los huertos, los naranjos y los prados que él había recorrido desde pequeño con su padre al que siempre le gustaba decir que aquel valle de Castril era lo más rico del pueblo.

Yo sabía que mi padre no soportaría la idea de que me uniera a esa excursión por mucho que fuera el día de San José, por mucho que le gustara verme disfrutar con mis amigos o por mucho que yo lo deseara. Ese era  un miedo insuperable, el más miedo de todos los miedos. A veces pensaba que lo mejor era ir sin que se enterara, pero no para engañarlo sino para evitarle preocupaciones  y porque para mí era necesario mirar al pantano cara a cara al menos una vez en la vida. Otras veces me sentía incapaz de mentirle o de ocultárselo.

Decidí ir a la excursión sin decirle nada a mi padre y mi tía Julia prometió que ella me prepararía los bocadillos de tortilla y los refrescos para pasar el día y me dijo que no me preocupara, que ella se ocuparía de mi padre, que me fuera tranquilo, que disfrutara y que no se me ocurriera meterme en el agua. Y así fue. Hoy lo recuerdo como uno de los mejores días de mi vida. Nos fuimos andando, casi en fila india uno detrás de otro por la orilla de la carretera, cantando y contando chistes y compitiendo a ver quién hacía la guarrada más grande. Lo malo empezó cuando nos acercamos a la orilla del pantano y en mi cara sentí el frescor y la humedad del agua que estaba tranquila, serena, de un tono verde azulado pero también sentí el terror, el miedo incontrolado e irracional. Dejamos las bolsas con la comida y las bebidas en una de las mesas de piedra, cobijada bajo la sombra de una encina centenaria y todos corrieron a la orilla a tocar el agua y pasar sus manos mojadas por sus rostros acalorados después de la caminata. Excusas, excusas era lo que rondaba por mi cabeza para mantenerme alejado, para distanciarme de un agua hermosa y vital, para ser el único que se sentó bajo la encina mirando el pantano casi de refilón, intentando no pensar en mi padre, en el disgusto que se iba a llevar si algún día se enteraba de aquella excursión.

De regreso a casa me ardía la cara, tostada por el sol primaveral, tirante y reseca por el viento. Me di una ducha y me fui a la cama cansado, tremendamente cansado y feliz.

Hoy, veinte años después de aquella excursión,  soy yo el que regresa a la tumba, rodeado de amigos, familiares y vecinos, con el féretro de mi padre sobre mis hombros.  No sé, no tengo ni idea si mi padre se enteró alguna vez de aquella aventura, nunca me lo dijo, nunca dio una sola pista sobre ello; no sé, no tengo ni idea si alguna vez supo que me bañé en el pantano aquel día de San José y que ese baño fue como una gran catarsis, como la gran batalla de mi vida, una batalla cruel y dura de la que salí victorioso porque conseguí derrotar a ese monstruo despiadado que un día de septiembre, en los últimos días de un verano caluroso y largo, se tragó a mi madre para siempre.

Ángela Gutiérrez

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