Luna de agosto

Quiero hacer una petición a todos esos pseudocientíficos que se dedican a publicar estudios e informes  sobre las cuestiones más peregrinas: la falta de sueño empuja a comer comida basura, las vacas con nombre producen más leche que las que carecen de él, los calzoncillos estrechos afectan a la calidad del esperma, lesiones producidas por los cocos que caen… Me gustaría que investigaran, aplicando el método científico,  en qué mes del año miramos más al cielo. Yo tengo la impresión de que se llevaría la palma el mes de agosto.

En agosto el cielo está más cerca y se nos cae encima, pero no como un peso sino como una bendición. Está despejado y luminoso aún en los días de luna nueva. Lo contemplamos tirados sobre las arenas de las playas o cautivados por los rayos de la luna que se filtran entre las ramas de los bosques. Subimos a las azoteas y nos alejamos de los neones de la ciudad para admirar las Perseidas,  incluso saldríamos corriendo con el cuarto creciente bajo el brazo como si fuéramos la intrépida Artemisa.  Tomamos fotos con la luna llena coronando la Torre Eiffel, posada sobre los aros del Coliseo, iluminando la costa gallega de la muerte, acompañando al Tajo hasta la maravillosa Lisboa… Nos gusta, me gusta el cielo de agosto, ese cielo que me invita a lo imposible, a lo inabarcable, a contar las estrellas.

Agosto se terminó. Nos despidió con una luna llena cegadora, como una diosa dorada, como la perla del cielo, como la madre y señora del vino.

Ángela Gutiérrez

 

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