Ejercicio de memoria

A los abuelos y abuelas de mis hijos.
A la memoria de Miguel Cantos Guerrero
y Juan Serrano Villanueva
(Vecinos de La Puebla, presos del canal)

Estábamos ya en primavera. En uno de esos días soleados que invitan a corretear por los caminos de tierra en busca de amapolas tempranas. Era un domingo, a media mañana. No sé cuantos íbamos montados en bicicleta por la carretera de Peñaflor, pero al menos éramos diez o doce. Era una aventura, una de esas que nos diferencia a los niños de pueblo de los de ciudad, que nos permitíamos andar libremente por los caminos, merendando los nísperos de la huerta de José María o los melocotones del Molino Becerril o las moras de la carretera de Constantina. Claro que entonces, el único fertilizante que tomaban las tierras eran los excrementos de las bestias. Por eso, en las excursiones, si se nos resecaba la boca, bastaba con chupar un carretón o masticar juncos o extraer la gota de miel de las campanitas moradas.

Doce kilómetros, poca cosa. Un objetivo: llegar hasta el canal de Peñaflor. Adelanto ya que no lo conseguimos, que antes de subir la cuesta, alguien avisó de que había que regresar porque uno de los aventureros se había caído en la cuneta de la carretera. Lástima.

Lo recuerdo no por añoranza ni por melancolía, sino para hacer un ejercicio de memoria, de esa memoria que tantas veces aparece llena de olvidos.

Los paseos y las excursiones que de niños hacíamos por el campo eran una maravillosa fuente de conocimiento. Siempre había alguien que conocía las plantas y los árboles, que sabía reconocer los pájaros o enseñarnos de cerca el aguijón de una abeja o los cuernos de los caracoles. Siempre había alguien capaz de localizar unas monedas de bronce enterradas entre los sustratos o contar historias de fusilamientos, de cuevas donde se habían refugiado los abuelos huyendo de las persecuciones y de la guerra.

En realidad, las aventuras siempre se marcaban una meta: llegar hasta El Cañuelo o hasta Veracruz o… hasta el canal de Peñaflor, pero la verdadera aventura estaba siempre en el camino. Como en el poema de Kavafis:

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar a allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje…

Ese día fue la primera vez en mi vida que escuché que en Peñaflor había un canal en el que habían trabajado presos políticos. Lo contemplábamos casi cada día, en el autobús que nos llevaba al instituto y yo tan solo me fijaba en él cuando iba lleno a rebosar. Más tarde, supe que se llama El canal de los presos y que es prácticamente el inicio de una infraestructura vital que recorre más de ciento cincuenta kilómetros desde la presa de Peñaflor hasta la Balsa de don Melendo, en Lebrija.

Todo empezó después de la Guerra Civil, cuando en 1939 se creó el Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas con objeto de emplear a los presos políticos en obras de utilidad nacional. Uno de los proyectos más ambiciosos fue el canal del Bajo Guadalquivir que permitió convertir en terrenos de regadío más de ochenta mil hectáreas de latifundios de la provincia de Sevilla. Se trata de una construcción realizada con mano de obra esclava que propició que los grandes terratenientes propietarios de esas tierras vieran incrementados sus patrimonios privados hasta un punto que aún hoy no se ha calculado. Es como nuestro Valle de los caídos más cercano y, entre los más de dos mil quinientos presos que se calcula que trabajaron en él, se sabe con certeza que al menos dos de ellos eran vecinos de La Puebla de los Infantes. Sus nombres aparecen en los archivos y documentos, pero, por desgracia, como siempre ocurre con los vencidos, sus historias permanecen silenciadas, como uno de tantos olvidos de los que están llenas la historia y la memoria, sobre todo cuando son construidas por vencedores.

Probablemente casi todos recordamos a nuestros abuelos y abuelas hablando de cosas que no llegábamos a comprender, hasta que un buen día escuchábamos algo que nos despertaba la curiosidad y comenzábamos a hacer preguntas, a querer saber. Y probablemente muchos de nosotros nos hayamos sentado junto a nuestras abuelas, en la mesa camilla a escucharlas contar, de esa manera que tienen las abuelas de contar las cosas, en voz baja, con todos los detalles, recordando cada momento. Y muy probablemente, muchas de esas historias las contábamos nosotros a nuestros compañeros de aventuras, correteando por los caminos de tierra, en dirección a Castril o a Veracruz o al canal de Peñaflor. Es la memoria de las abuelas que se construye desde los testimonios reales, con nombres y apellidos.

No sé si los niños de ahora, los jóvenes de ahora de La Puebla de los Infantes, saben que ese canal que aparece y desaparece por la carretera de Peñaflor como si fuera el Guadiana, que cruzamos más allá de Lora del Río y que nos acompaña casi oculto hasta llegar a la altura del aeropuerto de Sevilla, se llama El canal de los presos; no sé si saben que jalonados alrededor de las obras en las que trabajaban los esclavos, surgieron asentamientos espontáneos donde se instalaban los familiares; no sé si saben que veinte años después de acabada la guerra, eran alquilados a empresas privadas para realizar trabajos en los más diversos sectores productivos. No sé si saben, si sabemos.

Pero siempre es tiempo de contar. En las mesas camilla junto a las abuelas, en las aventuras por los caminos de tierra, en los paseos en bicicleta. Antes de que desaparezcan los protagonistas, cuando aún están vivos, cuando el tiempo no ha filtrado aún la vida convirtiéndola en historia.

Ángela Gutiérrez

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Un pensamiento en “Ejercicio de memoria

  1. Angela hay muchos nombres de vecin@s de la Puebla que están olvidados que fueron detenidos, fusilados y que creo que se les debiera de hacer un homenaje. Este homenaje desde el Ayunt. de la Puebla se niegan al mismo, pero si permiten en la revista de feria artículos dedicados a los muertos en los campos de concentración y al resto ¿por qué no?, ¿son vecinos de segunda clase? o su muerte no merece reconocimiento.

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