Antípodas

Tenía los ojos cerrados frente al espejo mientras masajeaba su rostro extendiendo la crema hidratante. Con las yemas de los dedos hacía pequeños círculos alrededor de sus párpados y recorría suave pero firmemente el contorno de sus ojos. Al abrirlos, la imagen tibia y emborronada de su cara se fue aclarando sin llegar a ser nítida. Era la mejor vista que podía obtener de sí misma antes de colocarse las gafas que corregían su miopía congénita. Estaba sentada en el borde de la cama,  desnuda y con la piel aún húmeda después de la ducha matinal. Se había levantado temprano para correr unos kilómetros aprovechando  el fresco de la mañana y espabilar sus músculos dormilones y perezosos. Antes de terminar de vestirse sonó el teléfono. Apresuradamente, como a traspiés, pulsó la tecla verde y una voz grave y serena se escuchó al otro lado:

–       Quiero que estés en la Plaza de Santa Ana antes del mediodía. No repliques ni digas nada, no hay excusa.

Miró la pantalla del móvil intentando identificar el número desconocido y con rostro indeciso y curioso al mismo tiempo,  tecleó hasta dar con los detalles de la llamada. Pensó que alguien se había equivocado, que en su pequeña ciudad no había, que ella supiera, ninguna plaza con ese nombre. No había reconocido la voz, ninguno de sus matices le resultaba familiar por más que repasaba entre sus voces conocidas y ninguna de sus palabras tenía sentido para ella.  Se sentó en la cama abrochándose el sujetador,  deslizando la camisa por sus hombros y soltando sus pelos aún mojados. Agitó levemente la cabeza y se encresparon sus rizos. Entonces encendió el portátil y buscó en un callejero la Plaza de Santa Ana. Tal y como ella pensaba, no existía ese topónimo en su ciudad. Allí las calles se llamaban Higth Street, Queen Street, Common Garden Street, Royal Square… pero no existía ninguna Plaza de Santa Ana. De pie, frente al espejo se ajustaba la falda corta y entallada y contemplaba como se afinaban sus tobillos, se fortalecían sus gemelos y se alzaban los glúteos con los tacones recién estrenados, de color verde como los pistachos. Mientras dibujaba sus labios de un tono suave, brillante y  casi invisible, decidió ponerse algo más cómodo, por si las circunstancias la obligaban a correr o a acelerar el paso y salir rápidamente de aquella plaza inexistente, de aquella cita inesperada y desconocida a la que había resuelto asistir. Tomaría el autobús en lugar de un taxi; siempre encontraría a alguien que le explicara cómo llegar, que conocería cada palmo de la ciudad y la orientara en el sentido adecuado.

Pero no fue así. Se encontró dando tumbos, vagando por una ciudad cálida, presidida por el castillo carcelario y surcada por un río cuyas aguas fluían libremente después de las heladas del invierno. Agotada, con síntomas de desolación y espíritu deprimido, regresó a casa. Se sentó al borde de la cama y comenzó a desnudarse. Echaba de menos unas manos que desabotonaran su camisa, bajaran la cremallera de su falda y dieran calor a sus hombros, a sus muslos, a sus pechos. Se tumbó medio desnuda en la cama y entre sueños vio el reflejo de su cuerpo en el espejo del armario, invertido, cabeza abajo. Entonces cayó en la cuenta, nunca encontraría la Plaza de Santa Ana, nunca identificaría esa voz, nunca se hallaría con las manos parsimoniosas que la acariciarían suave y dulcemente porque estaba esperándolas  en las antípodas.

Ángela Gutiérrez

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