El éxtasis

Aún recuerdo nítidamente mi examen de historia del arte de Selectividad. Tenía que comentar las diapositivas de cuatro obras de arte: un fragmento de los dibujos prehistóricos de las cuevas de Altamira, Las puertas del paraíso, del baptisterio de Florencia, la escultura del Éxtasis de Santa Teresa de Bernini y  la escultura de la Venus de Willendorf.  Entonces no había visto ninguna de ellas más que en las enciclopedias, en los libros de consulta y en las fotos proyectadas en las clases de mi profesora de arte, Charo. Los apuntes de clase eran unas fotocopias en blanco y negro sobre los que anotaba cada detalle explicado en clase y después los estudiaba con ahínco y un poco de imaginación para suplir el granulado turbio y borroso de las fotografías.

Poco a poco, con el tiempo y mi inagotable pasión por los viajes muchas de aquellas fotos casi indescifrables se han ido sellando en mi retina después de contemplarlas y admirarlas en vivo, al natural, y sobre ellas se han ido volcando los detalles que anotaba paciente y concienzudamente en mis apuntes.

Hace unos años, en mi primer viaje a Roma busqué un hueco para visitar la pequeña iglesia de Santa María de la Victoria, donde se encuentra la escultura de Bernini. Cuando llegué, estaba cerrada por obras. La fachada oculta tras unos enormes andamios, la puerta empolvada, cerrada a cal y canto y el ruido del agua y de los obreros  acabaron por martirizar mis pies que llegaron allí agotados por la inmesidad romana. En mi pobre italiano, le pregunté a un obrero si había alguna posibilidad de entrar. Por supuesto, el hombre me sonrió como se sonríe a los locos, y me negó, como San Pedro, con la cabeza. Insistí, supongo que me puse algo pesada, así que el trabajador se marchó. Permanecí allí de pié, mirando desoladamente el andamio, escuchando la sinfonía de los obreros. Poco después apareció un italiano con un mono de trabajo, un casco blanco sobre su cabeza y otro en la mano. Amablemente vino hacia mí y me pidió que le acompañara. Pasé a través del andamio y entré en la iglesia. Estaba completamente oscura, iluminada tan solo por la luz natural que se filtraba a través de las escasas vidrieras opacas por los toldos que cubrían la fachada. No se distinguían los mármoles, ni los altares. No había bancos y el suelo estaba cubierto por una gruesa capa de arena para no dañar los mármoles de la solada. De los techos colgaba un toldo amplio, como una vela que impedía contemplar la decoración de la nave central. Las escaleras metálicas, los hierros del andamiaje, los cubos de materiales, las palas y los palustres eran los objetos de culto que decoraban el lugar. Entonces, el encargado de la obra que me ofreció el casco de seguridad, colocó en el centro de la pequeña cruceta una escalera de tres peldaños y me pidió que me sentara allí. Delante de mis ojos, abiertos y expectantes, tres obreros comenzaron a retirar unos plásticos y unos toldos  y descubrieron para mí el Éxtasis de Santa Teresa. Casi sin luz, casi sin poderme levantar del improvisado asiento apareció ante mí la escultura, sin velas, ni flores, desnuda y simplemente.

He vuelto a Roma en varias ocasiones y en todas ellas he vuelto a Santa María dela Victoria.Mehe situado delante de la escultura de Bernini; he vuelto a mirar y a remirar sus pliegues y el rostro orgásmico de Teresa de Jesús iluminado por los haces de luz natural, pero nunca me ha parecido más bella y espectacular que aquel día en el que la contemplé en la más absoluta soledad, con el casco blanco sobre mi cabeza y sentada en una escalera metálica de tres peldaños llena de escayola y pintura.

Ángela Gutiérrez

Éxtasis de Santa Teresa

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