El último preludio

Haciendo un pequeño esfuerzo,  creo que sería capaz de recordar todos y cada uno de los días en los que me entregaron las calificaciones finales de curso.  Para mi no fueron demasiado amargos, más bien al contrario, especialmente felices y agradables, pero recuerdo a algunos compañeros más o menos cercanos a los que se les llenaban los ojos de lágrimas y el corazón se le encogía al pensar en la mirada acusadora, inquisitorial de sus padres y profesores.

Hoy me toca estar al otro lado por partida doble.

La mañana ha sido calurosa, empecinadamente calurosa, de un color pardo y apagado, ajada por las arenas del Sahara que invaden de cuando en cuando los cielos del sur.  Hacia las diez empezaron a llegar los alumnos y las alumnas, acompañados de sus padres en algunos casos, a recoger su boletín de final de curso. Un trago inmenso; una evaluación en toda regla; un papel que se convierte en la llave de un destino más o menos inmediato. Ojos llenos de lágrimas contenidas, sonrisas y rostros relajados, cabezas erguidas y orgullosas, gestos de desplante, de indiferencia, miradas acusadoras, amenazantes, tristes,  palabras de agradecimiento, de cariño, de afecto, de arrepentimiento; emociones y sentimientos a flor de piel.

Me acordaba al ver las miradas de mis alumnos de unas palabras del violonchelista Laurence Lesser: “Hallamos un mundo de emociones e ideas construido únicamente con los materiales más simples.”

Antes de que se marcharan me han pedido que me haga una foto con ellos y yo les he rogado que esperaran unos segundos. He bajado a la sala de profesores donde tenía mi portátil y me lo he subido al aula, una segunda y última planta que más parecía hoy una sauna en la que el sol entraba a borbotones y se extendía como la lava.  Nos hemos sentado en el suelo y les he pedido que escucharan algo, a penas un par de minutos. Les he explicado que había que estar en silencio y que cuando todo acabara aquel que quisiera reír que lo hiciera a carcajadas y al que le apeteciera llorar que dejara salir sus lágrimas sin pudor. Entonces han empezado a sonar los primeros compases del Prelude de la Suit nº I para violonchelo de Bach a través de la mágica mano de Rostropovich.  Es un estallido de sonidos alegres, una algarabía que reconstituye y que abre una puerta al futuro porque, como dice Eric Siblin, tiene aires de descubrimiento. Al acabar, se ha hecho un breve silencio, como el de la música y todos, absolutamente todos, hemos optado por reír.

Ángela Gutiérrez.

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