Imaginar

Se acercan las fechas de los Rodríguez.  Los chicos terminan las clases y muchas mamás trasladan sus cocinas a lugares más cercanos a la playa. Las casas de la ciudad entran en una penumbra plácida y sobre las mesas, los muebles y cachivaches que pueblan las repisas se va posando un polvo casi invisible que sería las delicias de cualquier alérgico. No sé a qué viene esto, pero andaba esta tarde leyendo a Max Aub y me acordé de aquella pregunta que inicia los versos de Cuestión bizantina y que dice así:

La playa ¿es orilla        

de la mar o de la tierra?

Sus palabras evocaron  las imágenes del mar y las imágenes del mar me llenaron de envidia;

–       ¡Qué más da de quien sea orilla!- pensé- Es la playa y no se me ocurre un lugar mejor en donde estar ahora mismo.

De inmediato, mi imaginación llegó hasta la playa escapando del calor sofocante de la ciudad, del asfalto ardiente y del aire denso y contaminado,  y allí me vi tumbada en una esterilla, con la piel desnuda, dorada y brillante gracias al efecto aceitoso del protector solar. Al darme la vuelta, mis pies tocaron algo duro y caliente que resultó ser el cubito de playa de una niña pequeña que correteaba junto a mí. Me incorporé algo sorprendida, desde luego yo no le había dado permiso para meterse en los productos de mi imaginación, pero allí estaba, y además acompañada de muchos más. La inmensa playa de arenas finas y doradas se mostraba ante mis ojos repleta de sombrillas, de toallas, de colchonetas infladas, de neveras portátiles, de sonidos de móviles y músicas enlatadas, de gente, mucha gente. Tenía la sensación de que si me movía, rozaría con mis pies a la señora que estaba en la esterilla de al lado, que era como una prolongación mía y, realmente, no me hubiera importado, porque en ese momento, mi vecina degustaba de un refrescante trago de cerveza helada que ya me hubiera gustado a mi probar.

–       Cuando hace calor, no hay nada como una buena cerveza- pensé.

Debí reflejar el deseo en mi rostro con tal energía y fortaleza que, de repente, se acercó por detrás uno de esos muchachos que recorren las arenas vendiendo cartuchos de camarones y cervezas de lata, así que el capricho se convirtió en realidad y sentí un estremecimiento, incluso un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando tiré de la anilla de la lata de cerveza. Mis glándulas producían saliva a borbotones y parecía que ya la bebía antes de que la hojalata rozara mis labios.  Creo que en ese instante comprendí lo que le ocurrió a Marcel Proust cuando tomó su té y su magdalena.

–       Ya sé que un té y una magdalena son más sofisticados que una cerveza en recipiente de aluminio, pero tampoco yo escribo como Proust, ¡ya me gustaría!- pensé.

Entonces me di la vuelta en la esterilla,  y de repente, la playa desapareció. Me encontré de regreso en mi casa, pero no en el sillón donde esa tarde leía a Max Aub sino en mi dormitorio, sentada en mi cama con el cuaderno apoyado en mis piernas,  intentando escribir como Proust, y pensado que era imposible escribir así las siete partes de A la búsqueda del tiempo perdido, porque la postura era bastante incómoda. Decidí renunciar y regresar a la playa, pero no fue posible. Me levanté de la cama, dejé el cuaderno de notas sobre la mesita de noche y salí del dormitorio. De soslayo, vi una sombra pequeña que se movía en la puerta del baño.

–       ¡Joder! ¡Míralo! Seguro que es una cucaracha. Es lo peor del verano en esta ciudad- pensé.

Por supuesto no entré. No soporto las cucarachas, me paralizan. La mayoría de las personas que conozco siente asco por estos bichos inmundos y rastreros, pero yo no, lo que me pasa a mí no es asco, es auténtico terror. No puedo soportar ni su nombre que me parece chirriante y cacofónico; no me extraña que su etimología nos remita a una forma despectiva de la palabra latina cucus.  Me acordé entonces de la historia que me contó un compañero de trabajo. En los primeros días del verano, cuando él aún estaba trabajando pero su esposa y sus hijos ya se habían marchado a la playa, se encontraba con frecuencia al regresar a su casa alguna cucaracha. La casa estaba todo el día sola y debían campar a su gusto. Una mañana, mientras se lavaba la cara, uno de esos bichos asquerosos salió por el rebosadero del lavabo, tan de repente que, al llenar sus manos ahuecadas de agua fresca, arrastró entre ellas a la cucaracha y la lanzó sobre su cara como si fuera una gota más.

–       ¡Agg! ¿Cómo es posible que Ángel González le dedicara a las cucarachas ese poema magnífico?- pensé.

Cuando estoy en Madrid,

las cucarachas de mi casa protestan porque leo

por las noches…

Leer por las noches. Y por las mañanas, y por las tardes y, a todas horas.

–       Si yo pudiera, me dedicaría a leer, solo a leer- pensé.

Entonces me vi como uno de esos angelotes que aparecen en las pinturas del Renacimiento, con los mofletes regordetes y las barriguillas al aire, rodeados de cielos azules, claros y limpios, disfrutando con las liras y  los trompetines, sin otra cosa más en qué pensar que en el solaz, en la música, en las letras.

El sol entraba por la ventana del salón con una luz suave, como de atardecer otoñal. Sobre mi pecho recostado en el sofá descansaba abierto el libro de Max Aub y al fondo, en la lejanía, sonaba un teléfono. Me incorporé, dejé el libro sobre la mesa, no sin antes colocar el marcapáginas  en su interior, caminé hasta el teléfono y lo descolgué.

–       Pronto llegarán las vacaciones. La entrega gozosa a la pereza, a la lectura y al sueño de esta tarde no han sido más que un adelanto- pensé.

Ángela Gutiérrez

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