Reflexiones después de un claustro

Con bastante frecuencia hemos visto como los distintos gobiernos nacionales y autonómicos y la clase política en general,  promocionan a través de cuidadas campañas publicitarias y prolíficas declaraciones, los parabienes de la educación. Nos insisten en que nuestro futuro son nuestros niños y nuestros jóvenes y en su formación reside el progreso de nuestra sociedad. A menudo, esas declaraciones y campañas han ido acompañadas de elogios y reconocimientos hacia la labor docente.

Sin embargo, algunas de las últimas medidas adoptadas por esos mismos dirigentes, como el aumento de las horas lectivas, la subida de la ratio o los recortes salariales, ponen de manifiesto que sus hechos no se corresponden con sus declaraciones y al mismo tiempo reflejan un desconocimiento abrumador de la labor docente y de los problemas de la educación.

Pero en política, estas paradojas nunca son gratuitas, al contrario. Demuestran que en ausencia de luz y taquígrafos han tejido un plan para desprestigiar la escuela pública y aplicar todo un paquete de recortes justificados, no en la necesidad de gastar menos para afrontar la crisis, sino en que el profesorado trabaja poco y mal. Es un discurso de gran calado; en una sociedad con más de cinco millones de parados, los funcionarios públicos en general y el profesorado en particular (con largas vacaciones, buenos horarios …)  aparece ante el resto de la población como una clase privilegiada cuyas reivindicaciones son abusivas, cuyas quejas nadie entiende y que difícilmente encontrará apoyos aunque los busque como si se tratara del arca perdida.  Pero la visión que la sociedad tiene del profesorado tampoco es gratuita ni surge así, de repente, de la nada. Desde hace mucho tiempo los responsables políticos han dejado caer declaraciones que van en la misma línea de desprestigio y en eso si que han coincidido con sus actuaciones. Cualquiera que conozca un poco la labor docente sabrá cómo en los últimos tiempos se ha multiplicado por cien el control que se ejerce sobre el profesorado dando por supuesto que no hacen lo que deben hacer; se les ha ido apartando de los órganos de decisión y de consulta convirtiéndolos en simples cumplidores de normas, instrucciones, órdenes y planes y cualquiera de sus actuaciones está bajo sospecha si no queda reflejada en un sin fin de actividades burocráticas cuyo único objetivo es dejarles bien claro lo que tienen que hacer.

Si desglosamos  algunas de esas medidas que los gobiernos central y autonómico han adoptado al calor de la crisis, nos daremos cuenta de que el objetivo es bien distinto del que nos cuentan y de que las consecuencias serán otras diferentes a las que se esperan.

Aumentar el número de horas lectivas (es decir, las horas de clase que imparten los docentes) significa, ni más ni menos, trabajar más. Dar más horas de clase significa tener más alumnos  a los que atender, más trabajos y exámenes que corregir, más expedientes que rellenar, más padres con los que colaborar. En definitiva, más dedicación y esfuerzo. Y si a esto le añadimos el aumento  de alumnos por aula, la  ecuación está más clara todavía.

Aún aceptando que en estos tiempos de crisis profunda todos debemos hacer sacrificios, el recorte salarial unido a las medidas anteriores, no es tampoco una cuestión menor. En primer lugar, porque a nadie le gusta trabajar más y ganar menos y exigirle además que lo haga con total dedicación y motivación puesto que el objeto de su trabajo no es otro que el alumnado, el futuro de nuestro país.  Y en segundo lugar, porque la razón por la que se recorta el salario a los docentes no es para ahorrar gastos porque es verdad que algunos trabajarán más, pero la consecuencia no será, ni mucho menos el aumento del ahorro, sino el aumento de la lista de parados porque, otros, no trabajarán nada, dejarán su puesto de trabajo que será repartido entre sus compañeros.

Pero se olvida una cosa, la sociedad arreada por su clase política, olvida una cuestión clave: los centros educativos no son una empresa y los procesos de enseñanza y aprendizaje no se parecen en absoluto a una cadena de producción. Por lo tanto,  aplicar en el sistema educativo medidas propias de la actividad empresarial no son una garantía para mejorar la calidad reduciendo los costes.

Nuestro alumnado es, efectivamente, el futuro de nuestra sociedad y se merece que los diferentes gobiernos garanticen su derecho a una educación pública y gratuita.

Fue Isaac Newton, hacia 1666, quien tuvo las primeras evidencias de que no existe el color. Se encerró en una sala oscura y a través de un pequeño orificio dio paso a un diminuto haz de luz blanca. Con un prisma de cristal de base triangular interceptó la luz y observó cómo al atravesar el cristal, el rayo se descomponía y aparecía sobre la pared un arco iris. Así que el color está en la luz; o mejor, la luz es el color. Podemos decir que el color es una sensación que percibimos gracias a la existencia de la luz y a la capacidad de nuestros órganos visuales para conducirla hasta el cerebro.

Para gustos colores, dijo Antonia en el claustro. Y es cierto. Pero el color no existe. Aunque hay gamas y hay colores primarios sin los cuales difícilmente obtendríamos todos los demás. Y hay sinéstetas y daltónicos.

Los docentes, el alumnado y las familias que apuestan por una enseñanza pública de calidad son como el prisma de base triangular:   deben  interceptar el  rayo de luz blanca que entra por la rendija para que estallen cientos de colores.

Ángela Gutiérrez

Escuela pública de todos para todos

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