El último preludio

Haciendo un pequeño esfuerzo,  creo que sería capaz de recordar todos y cada uno de los días en los que me entregaron las calificaciones finales de curso.  Para mi no fueron demasiado amargos, más bien al contrario, especialmente felices y agradables, pero recuerdo a algunos compañeros más o menos cercanos a los que se les llenaban los ojos de lágrimas y el corazón se le encogía al pensar en la mirada acusadora, inquisitorial de sus padres y profesores.

Hoy me toca estar al otro lado por partida doble.

La mañana ha sido calurosa, empecinadamente calurosa, de un color pardo y apagado, ajada por las arenas del Sahara que invaden de cuando en cuando los cielos del sur.  Hacia las diez empezaron a llegar los alumnos y las alumnas, acompañados de sus padres en algunos casos, a recoger su boletín de final de curso. Un trago inmenso; una evaluación en toda regla; un papel que se convierte en la llave de un destino más o menos inmediato. Ojos llenos de lágrimas contenidas, sonrisas y rostros relajados, cabezas erguidas y orgullosas, gestos de desplante, de indiferencia, miradas acusadoras, amenazantes, tristes,  palabras de agradecimiento, de cariño, de afecto, de arrepentimiento; emociones y sentimientos a flor de piel.

Me acordaba al ver las miradas de mis alumnos de unas palabras del violonchelista Laurence Lesser: “Hallamos un mundo de emociones e ideas construido únicamente con los materiales más simples.”

Antes de que se marcharan me han pedido que me haga una foto con ellos y yo les he rogado que esperaran unos segundos. He bajado a la sala de profesores donde tenía mi portátil y me lo he subido al aula, una segunda y última planta que más parecía hoy una sauna en la que el sol entraba a borbotones y se extendía como la lava.  Nos hemos sentado en el suelo y les he pedido que escucharan algo, a penas un par de minutos. Les he explicado que había que estar en silencio y que cuando todo acabara aquel que quisiera reír que lo hiciera a carcajadas y al que le apeteciera llorar que dejara salir sus lágrimas sin pudor. Entonces han empezado a sonar los primeros compases del Prelude de la Suit nº I para violonchelo de Bach a través de la mágica mano de Rostropovich.  Es un estallido de sonidos alegres, una algarabía que reconstituye y que abre una puerta al futuro porque, como dice Eric Siblin, tiene aires de descubrimiento. Al acabar, se ha hecho un breve silencio, como el de la música y todos, absolutamente todos, hemos optado por reír.

Ángela Gutiérrez.

Defender lo evidente

Se ha celebrado estos días en Madrid el encuentro internacional Red Innova que es un encuentro en el  que se da a conocer lo último y más innovador del entorno de la tecnología digital aplicada a distintos campos. Entre los muchos actos y actividades que se han llevado a cabo me ha llamado la atención uno especialmente, y por un par de motivos. El primero, porque es el único acto junto con la inauguración que ha aparecido en la prensa, y el segundo, por el perfil de las personas que participaban en el debate, moderado por la psicóloga social, Dolors Reig. El acto en cuestión es el debate celebrado el pasado jueves bajo el título La educación,¿qué estamos haciendo mal?

La fotografía de los participantes que publicaba el diario El país era en sí misma reveladora. Una sola mujer, Dolors Reig, que actuaba de moderadora. Esto ya es significativo si tenemos en cuenta que en educación la mayoría son mujeres. A su lado, el antropólogo Ignacio Martínez Mendizábal, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias y Tecnología por su trabajo en las excavaciones de Atapuerca. Junto a él, Carlos Grau, director del Sector Público de Microsoft y a su derecha, el director general del Área de Negocios Digitales de la editorial Santillana, perteneciente al grupo PRISA que era el organizador del debate. Cerraba el semicírculo, José de la Peña, director del Área de Educación dela Fundación Telefónica.

Tal como mandan los cánones estéticos de los últimos años, los cinco participantes aparecían en el escenario formando un semicírculo, sentados en banquetes altos en torno a dos pequeñas mesas altas, despojado el escenario de solemnidad y acercando su estética a la de las terrazas de las tabernas, eso sí, tabernas de último diseño.

A lo largo del debate, estos especialistas insistían en la necesidad de reformar el sistema educativo español que permanece casi inmóvil desde su nacimiento durante la revolución industrial y que se muestra “inútil e ineficaz en esta era digital en la que toda la información está a un clic de distancia”.

Vaya por delante que escribo en primera persona del singular y que si en algún momento se me escapa el plural es por la certeza de que muchos están de acuerdo conmigo. Vaya por delante también, que mis reflexiones parten de una doble e inseparable realidad: una, como docente; la otra, como madre con hijos en edad de escolarización obligatoria. Y, vaya por delante además, mi defensa de un sistema público de enseñanza, sólido y de calidad.

En la necesidad de cambiar el sistema educativo, estoy de acuerdo con las afirmaciones realizadas en la conversación, pero en todo lo demás, discrepo y por varias razones.

La primera, superficial y, si ustedes quieren, basada en mis propios prejuicios, pero desconfío y recelo de todos los especialistas y seguramente magníficos profesionales que se dedican a decir a los docentes qué tienen que hacer y cómo deben hacer su trabajo, sin haber pisado en su vida un aula y mucho menos para coger a diario una tiza o una pizarra digital, que para el objetivo de la enseñanza tan válida es una como otra.

La segunda razón exige algo más de profundidad y analizar detenidamente su discurso global. Todos los participantes defendían el uso y la incorporación de las nuevas tecnologías de la información en la escuela, y me parece bien, pero pensar que ese hecho en sí mismo cambia el sistema educativo y mejora la calidad no tiene pies ni cabeza. Por tanto, no puedo más que pensar, y es una vaga intuición, que lo que mejoraría considerablemente serían sus negocios. Encender un ordenador puede alentar la creatividad tanto como darle a un niño un papel en blanco y una caja de colores y puede adormecerla igual que un folio repleto de cuentas de dividir. La imaginación y la creatividad no están en los objetos, son propiedad privada de los seres humanos y se han desarrollado a lo largo de la historia en las condiciones más propicias y. sobre todo, en las más adversas.

La tercera razón impone un grado mayor de reflexión y exige desgranar poco a poco las claves del mensaje de estos especialistas; pondré algunos ejemplos, los mismos que aparecían en la prensa: 

“Los alumnos se aburren en la escuela. Lo que tienen fuera es mucho más atractivo –Internet, por ejemplo- que el mundo compartido de saberes estancos que se le ofrece dentro. (…) Lo que ha pasado con Internet en la escuela es lo que pasa con la Red cuando llega a cualquier sitio: lo primero que ocurre es un caos tremendo, porque casa muy mal con el modelo antiguo.”

En primer lugar, considerar “saberes estancos” a todos los conocimientos, ideas y avances tecnológicos y artísticos desarrollados por el hombre a lo largo de su historia, me parece, cuanto menos, simple. En segundo lugar, que una determinada herramienta no case con el modelo antiguo no convierte a este modelo en malo o inútil y a la herramienta, en sí misma, en buena y eficaz, simplemente no casan. En cuanto al aburrimiento de los alumnos, lo trataré más tarde.

 “Si la educación se ha centrado tradicionalmente en la lectoescritura, el cálculo, etc. Debe abrirse ahora a las denominadas inteligencias múltiples o también potencialidades del hemisferio derecho de nuestro cerebro: la creatividad, los lenguajes audiovisuales, la competencia para relacionarnos. (…) Probablemente sí están cambiando las formas de enseñar, pero apenas se han tocado los contenidos.” Pues claro que el sistema educativo debe centrarse en la lectoescritura y en el cálculo y en otros muchos contenidos sin los cuales es imposible aprender. Y, aunque las materias se pueden presentar de formas más o menos atractivas, lo cierto es que hay conocimientos indispensables, poco atractivos, cuya utilidad es difícil de comprender y cuyo aprendizaje es arduo. Pero hay que hacerlo igual que obligamos a los niños a comer verduras y pescado y no los dejamos que se atiborren diariamente de chucherías.

Es verdad que en la escuela se realizan trabajos tediosos, pero estos son necesarios para aprender: puede resultar apasionante entender las leyes de la física pero esto no será posible sin hacer cientos de ejercicios rutinarios para aprender, por ejemplo, las tablas de multiplicar. Está claro que los contenidos deben ser seleccionados y organizados adecuadamente, pero sin ellos no es posible la creatividad ni el entendimiento de los lenguajes audiovisuales ni, en definitiva, la comprensión del mundo. Alguien que no sabe nada no puede crear nada porque la creatividad se sustenta, no solo en la intuición, sino también en la imaginación, en el conocimiento y en las ideas. Un ejemplo fácil, no podemos consultar una palabra en un diccionario si previamente no hemos aprendido el alfabeto y, ya puestos, no podemos conocer el alfabeto si nadie nos lo enseña. Por muy espectaculares que sean  nuestra conexión a Internet y nuestro móvil de última generación, no podremos encontrar una palabra si nadie nos ha enseñado que existe un diccionario.

“(Las tecnologías) ofrecen entornos mucho más ricos, muchas más posibilidades de personalizar la enseñanza, rompe las barreras del espacio y del tiempo pues la información se hace ubicua y todo ello cambia la posición del profesorado, hasta convertirlo en un facilitador dentro de un entorno colaborativo.” No sé porqué, pero los hijos de todos estos que afirman que el docente no debe ser un transmisor de conocimientos, sino facilitadores o mediadores, llevan a sus hijos a esos centros privados donde impera el esfuerzo y la disciplina. Me imagino qué debe sentir un docente que después de muchos años de esfuerzo, de estudio  y de trabajo, se convierte en un “facilitador” mientras contempla que sus alumnos y alumnas cada vez saben menos. ¿Pero qué quiere decir esto? Un profesor que llega a la clase y no desgrana los temas punto por punto y no exige la realización de tareas y actividades que permitan al alumnado asimilar esos conocimientos, es un profesor que discrimina a sus alumnos en dos clases: los que pueden pagarse unas clases particulares y los que no.

Para descubrir algo nuevo, para crear algo nuevo, es necesario saber previamente muchas cosas. Yo tenía un profesor en la facultad que nos decía que para escribir treinta líneas sobre un tema había que leer trescientas más sobre él. Pues claro, no habríamos llegado a la física cuántica si no se hubiera reflexionado sobre Einstein y si Einstein no hubiera repensado a Newton y Newton a Galileo y Galileo a Aristóteles. Y, lo más importante, ninguno de ellos habría pensado si previamente nadie le hubiera enseñado la tradición. 

“La creatividad consiste en dar respuestas nuevas a los problemas a partir de los conocimientos que ya se tienen y después, buscar la manera técnica de llevar la idea a la práctica.” De acuerdo. Pero entonces, hay que admitir la necesidad de los conocimientos y los conocimientos se adquieren con los contenidos que se transmiten. A nadie se le ocurre partir de la nada sino de lo que ya previamente otros han elaborado. Ningún creador, ningún artista, ningún científico parte de cero ni alcanza el éxito con un descubrimiento repentino. Transmitir esa idea no es más que devaluar la creación y la investigación que solo se logra con esfuerzo, disciplina y dedicación.

 “Los maestros deben utilizar herramientas más modernas y eficaces”

 La enseñanza tiene como función principal enseñar cosas y además transmitir el deseo y la ilusión por aprender. Es evidente que para enseñar algo hay que saber mucho más y que el entusiasmo solo lo contagia aquel que se entrega apasionadamente. Pero eso no se consigue por asistir de cuando en cuando a unos cursillos ni por utilizar una herramienta de nueva generación. Utilizar herramientas más modernas, sin más no es ningún indicador objetivo para medir la valía de un docente. Para mí es necesaria la formación constante, el estudio continuo y echo de menos que la administración no contemple vías que faciliten al profesorado la investigación de calidad, el acceso a la universidad o la valoración de aprender por sí mismo. No deja de ser contradictorio que la ley contemple como un objetivo fundamental que el alumno “aprenda a aprender” y que al docente no se le reconozca ni valore profesionalmente esa posibilidad.

  Estamos en una situación complicada. El derecho a una educación pública está en el ojo del huracán, sometida a recortes presupuestarios y laborales. Los indicadores externos hablan de un alto índice de fracaso escolar y de niveles pírricos en cuanto a la calidad y el aprendizaje del alumnado. El profesorado ha sido apartado de cualquier órgano de consulta y sustituido por especialistas, como los que intervenían en el debate que ha dado lugar a estas reflexiones, que desconocen los entresijos, ya no solo de la educación, sino del funcionamiento  básico de los centros educativos. Cuando se habla de una reforma del sistema educativo, la clase política y los medios de comunicación se centran en la conveniencia del uso de las nuevas tecnologías, en la enseñanza o no de la religión en la escuela o enla Educaciónpara la ciudadanía. Y, no digo que no sean temas importantes, pero desde luego no llegan, ni por asomo, al centro de la cuestión: la ineficacia de una ley de educación que más que una obra humana sujeta a cambios profundos e incluso a aboliciones,  se nos presenta como una cuestión de fe. Por otro lado, la existencia de un sistema público de enseñanza, exigente y riguroso es la única forma posible para que los ciudadanos, sobre todo los más desfavorecidos, progresen humana y socialmente.

La historia nos ha enseñado que hay que defender cada día lo evidente porque las cosas valiosas son frágiles y un paso atrás en una conquista se da rápido, pero para avanzar una pulgada se requieren muchos años de esfuerzo y de sacrificio.

Me pregunto, si en la escuela no se enseñan contenidos, ni se transmiten conocimientos, si en la escuela solo vale la creatividad entendida como mera espontaneidad o capricho, si en la escuela el profesor solo es un facilitador de motivación, entonces, nuestros hijos ¿dónde aprenderán? Lo que nuestros niños y adolescentes no aprendan en la escuela ¿dónde lo aprenderán? ¿Quién se lo enseñará?

 Ángela Gutiérrez

Imaginar

Se acercan las fechas de los Rodríguez.  Los chicos terminan las clases y muchas mamás trasladan sus cocinas a lugares más cercanos a la playa. Las casas de la ciudad entran en una penumbra plácida y sobre las mesas, los muebles y cachivaches que pueblan las repisas se va posando un polvo casi invisible que sería las delicias de cualquier alérgico. No sé a qué viene esto, pero andaba esta tarde leyendo a Max Aub y me acordé de aquella pregunta que inicia los versos de Cuestión bizantina y que dice así:

La playa ¿es orilla        

de la mar o de la tierra?

Sus palabras evocaron  las imágenes del mar y las imágenes del mar me llenaron de envidia;

–       ¡Qué más da de quien sea orilla!- pensé- Es la playa y no se me ocurre un lugar mejor en donde estar ahora mismo.

De inmediato, mi imaginación llegó hasta la playa escapando del calor sofocante de la ciudad, del asfalto ardiente y del aire denso y contaminado,  y allí me vi tumbada en una esterilla, con la piel desnuda, dorada y brillante gracias al efecto aceitoso del protector solar. Al darme la vuelta, mis pies tocaron algo duro y caliente que resultó ser el cubito de playa de una niña pequeña que correteaba junto a mí. Me incorporé algo sorprendida, desde luego yo no le había dado permiso para meterse en los productos de mi imaginación, pero allí estaba, y además acompañada de muchos más. La inmensa playa de arenas finas y doradas se mostraba ante mis ojos repleta de sombrillas, de toallas, de colchonetas infladas, de neveras portátiles, de sonidos de móviles y músicas enlatadas, de gente, mucha gente. Tenía la sensación de que si me movía, rozaría con mis pies a la señora que estaba en la esterilla de al lado, que era como una prolongación mía y, realmente, no me hubiera importado, porque en ese momento, mi vecina degustaba de un refrescante trago de cerveza helada que ya me hubiera gustado a mi probar.

–       Cuando hace calor, no hay nada como una buena cerveza- pensé.

Debí reflejar el deseo en mi rostro con tal energía y fortaleza que, de repente, se acercó por detrás uno de esos muchachos que recorren las arenas vendiendo cartuchos de camarones y cervezas de lata, así que el capricho se convirtió en realidad y sentí un estremecimiento, incluso un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando tiré de la anilla de la lata de cerveza. Mis glándulas producían saliva a borbotones y parecía que ya la bebía antes de que la hojalata rozara mis labios.  Creo que en ese instante comprendí lo que le ocurrió a Marcel Proust cuando tomó su té y su magdalena.

–       Ya sé que un té y una magdalena son más sofisticados que una cerveza en recipiente de aluminio, pero tampoco yo escribo como Proust, ¡ya me gustaría!- pensé.

Entonces me di la vuelta en la esterilla,  y de repente, la playa desapareció. Me encontré de regreso en mi casa, pero no en el sillón donde esa tarde leía a Max Aub sino en mi dormitorio, sentada en mi cama con el cuaderno apoyado en mis piernas,  intentando escribir como Proust, y pensado que era imposible escribir así las siete partes de A la búsqueda del tiempo perdido, porque la postura era bastante incómoda. Decidí renunciar y regresar a la playa, pero no fue posible. Me levanté de la cama, dejé el cuaderno de notas sobre la mesita de noche y salí del dormitorio. De soslayo, vi una sombra pequeña que se movía en la puerta del baño.

–       ¡Joder! ¡Míralo! Seguro que es una cucaracha. Es lo peor del verano en esta ciudad- pensé.

Por supuesto no entré. No soporto las cucarachas, me paralizan. La mayoría de las personas que conozco siente asco por estos bichos inmundos y rastreros, pero yo no, lo que me pasa a mí no es asco, es auténtico terror. No puedo soportar ni su nombre que me parece chirriante y cacofónico; no me extraña que su etimología nos remita a una forma despectiva de la palabra latina cucus.  Me acordé entonces de la historia que me contó un compañero de trabajo. En los primeros días del verano, cuando él aún estaba trabajando pero su esposa y sus hijos ya se habían marchado a la playa, se encontraba con frecuencia al regresar a su casa alguna cucaracha. La casa estaba todo el día sola y debían campar a su gusto. Una mañana, mientras se lavaba la cara, uno de esos bichos asquerosos salió por el rebosadero del lavabo, tan de repente que, al llenar sus manos ahuecadas de agua fresca, arrastró entre ellas a la cucaracha y la lanzó sobre su cara como si fuera una gota más.

–       ¡Agg! ¿Cómo es posible que Ángel González le dedicara a las cucarachas ese poema magnífico?- pensé.

Cuando estoy en Madrid,

las cucarachas de mi casa protestan porque leo

por las noches…

Leer por las noches. Y por las mañanas, y por las tardes y, a todas horas.

–       Si yo pudiera, me dedicaría a leer, solo a leer- pensé.

Entonces me vi como uno de esos angelotes que aparecen en las pinturas del Renacimiento, con los mofletes regordetes y las barriguillas al aire, rodeados de cielos azules, claros y limpios, disfrutando con las liras y  los trompetines, sin otra cosa más en qué pensar que en el solaz, en la música, en las letras.

El sol entraba por la ventana del salón con una luz suave, como de atardecer otoñal. Sobre mi pecho recostado en el sofá descansaba abierto el libro de Max Aub y al fondo, en la lejanía, sonaba un teléfono. Me incorporé, dejé el libro sobre la mesa, no sin antes colocar el marcapáginas  en su interior, caminé hasta el teléfono y lo descolgué.

–       Pronto llegarán las vacaciones. La entrega gozosa a la pereza, a la lectura y al sueño de esta tarde no han sido más que un adelanto- pensé.

Ángela Gutiérrez

Primera fila

Hace unos años estaba en la escalinata de la ópera Garnier, en París. Teníamos concertada una hora para visitar el edificio, pero se había producido un error puesto que ese día las visitas se habían anulado porque había representación. Mientras mis compañeros de viaje intentaban reorganizar la tarde, yo me acerqué a la taquilla del edificio y comprobé que, no solo había entradas,  sino que además los precios eran bastante asequibles. Viendo en mi cara el entusiasmo que me producía la posibilidad de asistir a la representación de El barbero de Sevilla, decidieron agasajarme con una entrada. Así que mientras yo pisé el patio de butacas de la ópera Garnier , me acomodé en mi asiento y disfruté de la música de Rossini, ellos merodearon por los alrededores y disfrutaron de una cerveza en alguna terraza de París.

Parecía imposible llegar a París, acercarse a la taquilla del teatro de la ópera y sacar una entrada, porque en la ciudad donde resido conseguir una entrada para asistir a la ópera se convierte a veces en una odisea de las dimensiones de los versos de Homero y requiere programar el futuro con precisión de reloj suizo. Por eso, el día de hoy está marcado en mi calendario desde el mes de septiembre. Allá por los inicios del nuevo curso se hizo pública la programación operística del Teatro de la Maestranza y Madame Butterfly llegaba al final de la temporada. Nueve de junio de dos mil doce. En los días siguientes, cada mañana, puntualmente consultaba a través de internet la fecha en la que se pondrían a la venta las entradas. Pero fue en vano, me quedé sin ella. Ahora, en lugar de estar sentada en el patio de butacas estoy en la butaca del salón de mi casa con el libreto de Puccini entre mis manos, siguiendo el texto en italiano de esta historia trágica que lleva a la joven quinceañera apodada Butterfly a clavarse en el pecho el cuchillo de su padre  porque no logra superar el abandono de su amor.  También tiene sus ventajas, en el patio del teatro no  estaría disfrutando de esta buena copa de vino tinto.

Ángela Gutiérrez

Reflexiones después de un claustro

Con bastante frecuencia hemos visto como los distintos gobiernos nacionales y autonómicos y la clase política en general,  promocionan a través de cuidadas campañas publicitarias y prolíficas declaraciones, los parabienes de la educación. Nos insisten en que nuestro futuro son nuestros niños y nuestros jóvenes y en su formación reside el progreso de nuestra sociedad. A menudo, esas declaraciones y campañas han ido acompañadas de elogios y reconocimientos hacia la labor docente.

Sin embargo, algunas de las últimas medidas adoptadas por esos mismos dirigentes, como el aumento de las horas lectivas, la subida de la ratio o los recortes salariales, ponen de manifiesto que sus hechos no se corresponden con sus declaraciones y al mismo tiempo reflejan un desconocimiento abrumador de la labor docente y de los problemas de la educación.

Pero en política, estas paradojas nunca son gratuitas, al contrario. Demuestran que en ausencia de luz y taquígrafos han tejido un plan para desprestigiar la escuela pública y aplicar todo un paquete de recortes justificados, no en la necesidad de gastar menos para afrontar la crisis, sino en que el profesorado trabaja poco y mal. Es un discurso de gran calado; en una sociedad con más de cinco millones de parados, los funcionarios públicos en general y el profesorado en particular (con largas vacaciones, buenos horarios …)  aparece ante el resto de la población como una clase privilegiada cuyas reivindicaciones son abusivas, cuyas quejas nadie entiende y que difícilmente encontrará apoyos aunque los busque como si se tratara del arca perdida.  Pero la visión que la sociedad tiene del profesorado tampoco es gratuita ni surge así, de repente, de la nada. Desde hace mucho tiempo los responsables políticos han dejado caer declaraciones que van en la misma línea de desprestigio y en eso si que han coincidido con sus actuaciones. Cualquiera que conozca un poco la labor docente sabrá cómo en los últimos tiempos se ha multiplicado por cien el control que se ejerce sobre el profesorado dando por supuesto que no hacen lo que deben hacer; se les ha ido apartando de los órganos de decisión y de consulta convirtiéndolos en simples cumplidores de normas, instrucciones, órdenes y planes y cualquiera de sus actuaciones está bajo sospecha si no queda reflejada en un sin fin de actividades burocráticas cuyo único objetivo es dejarles bien claro lo que tienen que hacer.

Si desglosamos  algunas de esas medidas que los gobiernos central y autonómico han adoptado al calor de la crisis, nos daremos cuenta de que el objetivo es bien distinto del que nos cuentan y de que las consecuencias serán otras diferentes a las que se esperan.

Aumentar el número de horas lectivas (es decir, las horas de clase que imparten los docentes) significa, ni más ni menos, trabajar más. Dar más horas de clase significa tener más alumnos  a los que atender, más trabajos y exámenes que corregir, más expedientes que rellenar, más padres con los que colaborar. En definitiva, más dedicación y esfuerzo. Y si a esto le añadimos el aumento  de alumnos por aula, la  ecuación está más clara todavía.

Aún aceptando que en estos tiempos de crisis profunda todos debemos hacer sacrificios, el recorte salarial unido a las medidas anteriores, no es tampoco una cuestión menor. En primer lugar, porque a nadie le gusta trabajar más y ganar menos y exigirle además que lo haga con total dedicación y motivación puesto que el objeto de su trabajo no es otro que el alumnado, el futuro de nuestro país.  Y en segundo lugar, porque la razón por la que se recorta el salario a los docentes no es para ahorrar gastos porque es verdad que algunos trabajarán más, pero la consecuencia no será, ni mucho menos el aumento del ahorro, sino el aumento de la lista de parados porque, otros, no trabajarán nada, dejarán su puesto de trabajo que será repartido entre sus compañeros.

Pero se olvida una cosa, la sociedad arreada por su clase política, olvida una cuestión clave: los centros educativos no son una empresa y los procesos de enseñanza y aprendizaje no se parecen en absoluto a una cadena de producción. Por lo tanto,  aplicar en el sistema educativo medidas propias de la actividad empresarial no son una garantía para mejorar la calidad reduciendo los costes.

Nuestro alumnado es, efectivamente, el futuro de nuestra sociedad y se merece que los diferentes gobiernos garanticen su derecho a una educación pública y gratuita.

Fue Isaac Newton, hacia 1666, quien tuvo las primeras evidencias de que no existe el color. Se encerró en una sala oscura y a través de un pequeño orificio dio paso a un diminuto haz de luz blanca. Con un prisma de cristal de base triangular interceptó la luz y observó cómo al atravesar el cristal, el rayo se descomponía y aparecía sobre la pared un arco iris. Así que el color está en la luz; o mejor, la luz es el color. Podemos decir que el color es una sensación que percibimos gracias a la existencia de la luz y a la capacidad de nuestros órganos visuales para conducirla hasta el cerebro.

Para gustos colores, dijo Antonia en el claustro. Y es cierto. Pero el color no existe. Aunque hay gamas y hay colores primarios sin los cuales difícilmente obtendríamos todos los demás. Y hay sinéstetas y daltónicos.

Los docentes, el alumnado y las familias que apuestan por una enseñanza pública de calidad son como el prisma de base triangular:   deben  interceptar el  rayo de luz blanca que entra por la rendija para que estallen cientos de colores.

Ángela Gutiérrez

Escuela pública de todos para todos

Muletas para el ánimo

En 1516,  el inglés Tomás Moro publica su obra conocida como Utopía. En los cimientos de esta obra están los descubrimientos de nuevos mundos y las narraciones de Americo Vespucio que empezaban a divulgar la existencia de sociedades organizadas de maneras diferentes, completamente distintas a las que existían en aquella Europa aún medieval. En su obra, Tomás Moro configura una comunidad  ficticia que se organiza y funciona en torno a unos ideales filosóficos, políticos, sociales y económicos diferentes a los de las sociedades de su época. La primera parte de Utopía es un diálogo que el autor establece con otros personajes, entre ellos Raphael Hythloday, un explorador que narra el descubrimiento de civilizaciones nuevas, diferentes en todo a las europeas y que conoció porque se desvió en sus viajes de las rutas seguidas por Vespucio.  La segunda parte nos cuenta la estancia de Raphael Hythlody en Utopía, una isla a la que llega después de abandonar la expedición de Americo Vespucio. En esta parte, Tomás Moro, a través de sus personajes, nos describe Utopía: es una comunidad pacífica, donde no existe la propiedad privada, los grupos humanos que trabajan la agricultura y la ganadería se van turnando de forma que todos los habitantes participan activamente en las tareas que proporcionan los alimentos, la jornada laboral es de seis horas y al menos ocho deben dedicarse al descanso, el resto es tiempo libre; se potencia la investigación científica y tecnológica, la medicina es universal, e incluso, aunque la religión imperante en Utopía es la católica, se permite la libertad de culto.  En definitiva, Utopía es una isla perdida en el océano en la que sus habitantes han conseguido un estado perfecto, caracterizado por la felicidad de sus miembros, el bienestar físico y moral, la convivencia pacífica y el disfrute de los bienes públicos.

Aunque a la obra de Moro podemos hacerle unos cuantos reproches, leerla es, desde luego, un ejercicio de imaginación que nos obliga a crear, a partir de sus palabras, una sociedad más participativa, comunitaria e insuperable en sus aspectos políticos y sociales.

Pero a Tomás Moro hay que agradecerle que nos haya dejado, además de su obra, el término utopía que los seres humanos hemos llenado de significado incluso antes de existir. El concepto de utopía hace referencia a un mundo idealizado que contrasta con el mundo existente realmente y que se convierte en un mundo alternativo. Las utopías surgen de los defectos de la sociedad, hunden sus raíces en la realidad para criticarla y transformarla en algo mejor.  Por eso existen desde siempre, porque el anhelo de mundos mejores es tan antiguo como el ser humano; ahí están La República de Platón, el jardín de Gilgamesh  o La corrala de vecinas.

Algunas de esas utopías nos quedan lejos en el tiempo y en el espacio, pero la última, La corrala de vecinas, la tenemos aquí y ahora, en un edificio de la calle Juventudes musicales  en donde una veintena de familias han instalado su hogar en un edificio deshabitado, después de que la situación de crisis por la que pasamos las haya dejado en la calle, sin recursos para pagar los alquileres.

Igual que  Tomás Moro al elegir el término utopía para su obra puso nombre a los anhelos y deseos de justicia y de paz que el ser humano buscaba desde la noche de los tiempos, estas mujeres reivindican una organización comunitaria, compartiendo los espacios comunes y apoyándose unos a otros como los vecinos de los antiguos corrales.

La corrala de vecinas es una utopía que hunde sus raíces en la realidad, que surge de la incapacidad de los gobernantes para resolver los problemas básicos de los ciudadanos y que nos demuestra que somos capaces de gestionar nuestras vidas, de organizarnos y actuar pacíficamente, sin alaridos ni desmanes, pero sin dejar de reivindicar unos derechos que todos deberíamos tener garantizados.

Ángela Gutiérrez