La espuela

Cuando, como cada día regrese su padre, su corazón dará un vuelco y palpitará velozmente. Echará a correr y se esconderá debajo de su cama tapando con sus pequeños dedos los oídos para no escuchar el sonido de los pasos de su padre que entran en la casa como una apisonadora. Está asustado, aterrorizado incluso del ruido de su propia respiración. Permanecerá inmóvil bajo la cama y sentirá el olor nauseabundo del aliento de su padre inundar la casa. Con voz cansada y marchita, su madre  le pedirá que lo deje en paz mientras su padre escudriña los rincones  y lo  persigue por el pasillo hasta la habitación, olfateándolo todo  como un sabueso.

Ahora está sentado en la cama de un hospital. Es la hora del almuerzo. Aún huele su aliento nauseabundo y siente sobre su espalda el frío de la hebilla del cinturón clavado como una espuela.

Ángela Gutiérrez

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Un pensamiento en “La espuela

  1. Durísimo microrrelato. Nunc entenderé esas conducas violentas, que nos alejan de nuestra propia condición humana. Mucho menos, tratándose de un niño.
    Lo peor, que después desnaturalizan la relación con los niños conviertiéndola en sospechosa, pues estamos en una sociedad que tienede a generalizar: cualquiera es sospechoso de ser matratador, defraudador, vilador…
    Se ha instaurado el estado de la sospecha.

    AG

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