La verdad de las mentiras

Un tres de julio de 1924, Gerardo Diego llega al Monasterio de Silos y permanece allí veinticuatro horas. Después de cenar, mientras paseaba por el claustro, quedó impresionado por la presencia del ciprés. Ese es el origen de uno de sus poemas más conocidos, El ciprés de Silos. En el soneto, Gerardo Diego describe el ciprés con un sorprendente lenguaje lleno de metáforas e imágenes.

Entre sus primeros versos dice:

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza

La emoción predomina en el texto guiada por la musicalidad de las palabras, de los acentos, del simbolismo  y de la maestría lírica.

Miguel Delibes, en su obra La sombra del ciprés es alargada,  también nos describe el ciprés: La sombra del ciprés, alargada, acicular, dividía su lápida en dos. Y el ciprés cobra también un valor simbólico, el temor a la muerte que experimenta Pedro, el narrador y protagonista de la obra.

En los dos textos los autores han seleccionado los mismos rasgos: la verticalidad del ciprés que se eleva al cielo con su forma de aguja. Son dos muestras claras de la descripción, subjetiva y emocionada en el primer caso, precisa, en el segundo. No hay duda, estudias con el alumnado estos dos fragmentos y tienes la seguridad de que han entendido el concepto de precisión para toda la vida. Se exprese como se exprese, el ciprés es acicular.

Desde que Wittgenstein dijo aquello de que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro pensamiento, las cosas están más claras. No sé si mejor, pero más claras desde luego. Así que, para expresar con precisión y claridad nuestro pensamiento, nuestro lenguaje debe ser sin duda, preciso. Esta segunda premisa cojea, no hay más que abrir un periódico o escuchar las declaraciones de la camarilla política, por lo tanto, mucho me temo, que también cojea la primera. O eso, o se trata de un lenguaje tan simbólico como el de Gerardo Diego pero desde luego más prosaico y propagandístico.

Pero hay un problema. Ese es un lenguaje propio de las novelas, de la literatura. Las novelas mienten, es verdad, pero detrás expresan una verdad, una verdad encubierta que es precisamente la que nos permite a los seres humanos tener otras vidas. Vidas distintas, deseadas, inalcanzables. El lenguaje de la ficción es como una prestidigitación que nos embauca y nos hace vivir una realidad que la vida verdadera nunca toleraría. Fijémonos sino, en Alonso Quijano y el riesgo que supuso para él tomarse la literatura al pie de la letra.

Pero en realidad, en la literatura, la mentira es solo ficción porque cada vez que abrimos un libro sabemos que nuestras risas o nuestros llantos solo dependen de la habilidad del narrador para llevarnos a vivir otras vidas y no de su capacidad para contarnos fielmente la realidad.

El literario es un lenguaje diferente del que últimamente se ha apropiado la realidad. A través de los medios de comunicación se difunden hechos reales, históricos que deben contarse con precisión y con fidelidad a los datos y a las fuentes de información. Entre una novela y un reportaje periodístico o una crónica política hay diferencias: la literatura puede, debe ser trasgresora de la vida, el periodismo debe ser  fiel a la vida y cuanto más impregnada de literatura está la historia menos libre es la sociedad porque, lejos de inventar libremente sus propias ficciones en las que se proyectarán sus deseos y anhelos de cambio, la mentira histórica y periodística nos condenan a vivir en una sociedad sin historia que se inventa y reinventa solo y exclusivamente para responder a los caprichos del poder y los ciudadanos se ven condenados a creer las ficciones impuestas y obligadas.

Ángela Gutiérrez

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Un pensamiento en “La verdad de las mentiras

  1. Interesante reflexión. Parece que el narratario está deseando morder el anzuelo y creerse lo inventado en la ficción, tal vez como válvula de escape a una realidad chata y desvergonzada. Benditos embaucadores los escritores, que nos regalan su fantasía y nos hacen soñar.
    Aún me queda por aclarar por qué acepto en la ficción cosas que en la realidad me parecerían abyectas: no puedo con la mentira, pero la oculatación del enamoramiento de Anita Ozores me parece deliciosa. No me gustan los revanchistas ni creo que la venganza conduzca a nada, pero el Conde de Montecristo ejecuutna una fría venganza de mil páginas apasionantes. No soporto la pedofilia, pero me enamoré de la Lolita de nabokov.
    ¿Qué tienen la literatura que nos cambia enun plano paralelo?

    Saludos desde Granada

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