Esencia

En la simbología cristiana, el numero tres representa la totalidad. Debe ser por eso que Lorenzo Reyes habla siempre de las tres mudanzas de su vida aunque en realidad han sido muchas más. De hecho, creo que ayer mismo durmió por primera vez en su nueva casa, un apartamento alquilado en la última planta de un edificio antiguo restaurado en el centro de la que se había convertido en su nueva ciudad. Aún tenía algunas cajas de libros y maletas con ropa esparcidos por el parqué claro y brillante del apartamento. Siempre le ocurría lo mismo; cuando encontraba un piso que le gustaba se apresuraba a trasladarse rápidamente, portando cajas de un lugar a otro durante las veinticuatro horas del día, sin parar para almorzar, ni para cenar, ni para dormir. Una vez que tenía las llaves, se relajaba. Preparaba su mesa de trabajo y dejaba el resto de sus cosas en las cajas de cartón. Podían pasar meses hasta que por fin las cajas estaban vacías; a medida que iba necesitando cosas, las iba sacando, pero nunca con la intención de hacerlo, de colocarlas en un lugar predeterminado para ellas.

La primera vez que se mudó, tenía diecisiete años,  fue cuando abandonó su casa natal, en un pequeño pueblo del que tuvo que salir para continuar sus estudios. Entonces se marchó a una residencia de estudiantes. Llevaba consigo la ropa y algunos libros, su máquina de escribir, su cámara de fotos y sus cuadernos de notas llenos de hojas de flores y de árboles, planchadas por el peso del papel. No se sintió allí demasiado a gusto. Los horarios estrictos y asfixiantes de las monjas lo empujaron rápidamente a buscar otro cobijo. Se puso a dar clases particulares y a trabajar como repartidor de publicidad para poder costear el alquiler de una habitación en un piso compartido. Lorenzo Reyes sabía que sus padres no podían ayudarle más. Pasó cinco o seis meses en aquella habitación minúscula y oscura, con una pequeña ventana abierta a un patio de luz desde la que se contemplaba como único paisaje la ropa tendida de la familia de enfrente. A menudo, sentado en su pequeña mesa de trabajo, rodeado de sus cuadernos, de su máquina de escribir y de sus libros, se le iba el santo al cielo mientras su vecina tendía cuidadosamente la ropa mojada. Durante los años de estudio conoció cuatro o cinco habitaciones similares. Llegaba septiembre, cogía su maleta, sus cuadernos, sus libros y su máquina de escribir y, vuelta a empezar.

Un buen día se encontró con su título de licenciado en la mano, llamando de puerta en puerta para conseguir un trabajo. Ahora intuía que las cosas le irían bien, que empezaría a trabajar y por fin podría tener su casa, con los muebles que a él le gustaban, con sus libros y su máquina de escribir y su ropa. ¡Ah! Se imaginaba un armario grande, con todas las perchas iguales, con puertas que no chirriaban al abrirse ni al cerrarse, que encajaban como las piezas de un puzzle. Podría tumbarse en un sofá cómodo y suave, invitar a sus amigos para ver en su televisor los partidos del sábado, mirar el horizonte urbano desde la pequeña terraza y reposar su cabeza sobre su almohada de plumas.

Pero el contrato que firmó le exigía disponibilidad para viajar, así que siguió trasladándose de un lugar a otro. Aquí seis o siete meses, allí un año, más acá un tiempo indeterminado. Sin darse cuenta, Lorenzo Reyes se había convertido en un nómada y entre mudanza y mudanza había aprendido a dejar muchas cosas atrás. Algunos libros que regalaba antes de marcharse, plantas que dejaba colgando de las terrazas, ropa que llevaba tiempo sin poder abrocharse a la altura de la barriga, zapatos con suelas desgastadas, papeles con números de teléfono que nunca se había atrevido a marcar…En fin, sueños que quedaban atrás porque ya no cabían en su maleta.

Ahora tiene cerca de sesenta años y ha llegado a su nueva ciudad. Después de desayunar se ha sentado en su mesa de trabajo, ha abierto el ordenador y se ha puesto a trabajar. De repente, ha desviado la cabeza de la pantalla, ha mirado a su alrededor y ha visto lo mismo de siempre;  cada ciudad,  cada casa,  cada habitación eran siempre lo mismo, aquello que Lorenzo Reyes trajo de su pueblo, cuando a los diecisiete años se mudó por primera vez, unas simples cosas: sus libros, su ropa, su máquina de escribir, su cámara de fotos y sus cuadernos de notas repletos de hojas de flores y de árboles. En definitiva, su esencia.

Ángela Gutiérrez

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