La espuela

Cuando, como cada día regrese su padre, su corazón dará un vuelco y palpitará velozmente. Echará a correr y se esconderá debajo de su cama tapando con sus pequeños dedos los oídos para no escuchar el sonido de los pasos de su padre que entran en la casa como una apisonadora. Está asustado, aterrorizado incluso del ruido de su propia respiración. Permanecerá inmóvil bajo la cama y sentirá el olor nauseabundo del aliento de su padre inundar la casa. Con voz cansada y marchita, su madre  le pedirá que lo deje en paz mientras su padre escudriña los rincones  y lo  persigue por el pasillo hasta la habitación, olfateándolo todo  como un sabueso.

Ahora está sentado en la cama de un hospital. Es la hora del almuerzo. Aún huele su aliento nauseabundo y siente sobre su espalda el frío de la hebilla del cinturón clavado como una espuela.

Ángela Gutiérrez

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La verdad de las mentiras

Un tres de julio de 1924, Gerardo Diego llega al Monasterio de Silos y permanece allí veinticuatro horas. Después de cenar, mientras paseaba por el claustro, quedó impresionado por la presencia del ciprés. Ese es el origen de uno de sus poemas más conocidos, El ciprés de Silos. En el soneto, Gerardo Diego describe el ciprés con un sorprendente lenguaje lleno de metáforas e imágenes.

Entre sus primeros versos dice:

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza

La emoción predomina en el texto guiada por la musicalidad de las palabras, de los acentos, del simbolismo  y de la maestría lírica.

Miguel Delibes, en su obra La sombra del ciprés es alargada,  también nos describe el ciprés: La sombra del ciprés, alargada, acicular, dividía su lápida en dos. Y el ciprés cobra también un valor simbólico, el temor a la muerte que experimenta Pedro, el narrador y protagonista de la obra.

En los dos textos los autores han seleccionado los mismos rasgos: la verticalidad del ciprés que se eleva al cielo con su forma de aguja. Son dos muestras claras de la descripción, subjetiva y emocionada en el primer caso, precisa, en el segundo. No hay duda, estudias con el alumnado estos dos fragmentos y tienes la seguridad de que han entendido el concepto de precisión para toda la vida. Se exprese como se exprese, el ciprés es acicular.

Desde que Wittgenstein dijo aquello de que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro pensamiento, las cosas están más claras. No sé si mejor, pero más claras desde luego. Así que, para expresar con precisión y claridad nuestro pensamiento, nuestro lenguaje debe ser sin duda, preciso. Esta segunda premisa cojea, no hay más que abrir un periódico o escuchar las declaraciones de la camarilla política, por lo tanto, mucho me temo, que también cojea la primera. O eso, o se trata de un lenguaje tan simbólico como el de Gerardo Diego pero desde luego más prosaico y propagandístico.

Pero hay un problema. Ese es un lenguaje propio de las novelas, de la literatura. Las novelas mienten, es verdad, pero detrás expresan una verdad, una verdad encubierta que es precisamente la que nos permite a los seres humanos tener otras vidas. Vidas distintas, deseadas, inalcanzables. El lenguaje de la ficción es como una prestidigitación que nos embauca y nos hace vivir una realidad que la vida verdadera nunca toleraría. Fijémonos sino, en Alonso Quijano y el riesgo que supuso para él tomarse la literatura al pie de la letra.

Pero en realidad, en la literatura, la mentira es solo ficción porque cada vez que abrimos un libro sabemos que nuestras risas o nuestros llantos solo dependen de la habilidad del narrador para llevarnos a vivir otras vidas y no de su capacidad para contarnos fielmente la realidad.

El literario es un lenguaje diferente del que últimamente se ha apropiado la realidad. A través de los medios de comunicación se difunden hechos reales, históricos que deben contarse con precisión y con fidelidad a los datos y a las fuentes de información. Entre una novela y un reportaje periodístico o una crónica política hay diferencias: la literatura puede, debe ser trasgresora de la vida, el periodismo debe ser  fiel a la vida y cuanto más impregnada de literatura está la historia menos libre es la sociedad porque, lejos de inventar libremente sus propias ficciones en las que se proyectarán sus deseos y anhelos de cambio, la mentira histórica y periodística nos condenan a vivir en una sociedad sin historia que se inventa y reinventa solo y exclusivamente para responder a los caprichos del poder y los ciudadanos se ven condenados a creer las ficciones impuestas y obligadas.

Ángela Gutiérrez

Notas por doquier

A Lucía le gusta dejar notitas. Cuando está atareada, haciendo actividades que le gustan especialmente o que necesitan su concentración, prefiere escribir en un trozo de papel todo aquello que quiere contar antes que parar y levantarse. A menudo, son cuestiones prácticas, pura intendencia: necesito un bolígrafo azul, se me está acabando el cuaderno de matemáticas, mañana quiero para el cole un bocata de jamón… Otras veces inventa rimas que decora y firma o dibuja corazones para decir cuánto quiere.

Las deja por todos los rincones. Al anochecer, después de la cena, cuando la casa se queda en silencio y me siento relajada a leer un rato, abro el libro y allí, junto al marca-páginas, Lucía ha dejado su nota. Las pega en el espejo del baño o las coloca junto a los cepillos de dientes. Sabe hacerlo muy bien; siempre elige los lugares más oportunos, se asegura de que el destinatario la encontrará y la leerá. Dice mucho de su capacidad para observar a los demás, para prestar atención a sus hábitos, a sus costumbres, a sus movimientos y actividades cotidianas.

Hoy estaba merendando con ella en una terraza durante el descanso que tiene en el conservatorio. Mientras ella terminaba sus deberes, yo leía. De repente, al coger la taza de café que estaba tomando, vi uno de esos papelitos doblados que tienen su sello inconfundible. Lo abrí tranquilamente mientras la observaba concentrada en el desafío de una cuenta de dividir.

Mamá, mira el guaperas que está sentado en la mesa de al lado. Por Lucía P.

Miré a mi derecha, la miré a ella. La división estaba perfecta. ¡Y, vaya si tiene buen gusto la niña!

Ángela Gutiérrez

Despachurrados

En un pueblo que se llamaba Visavis, todos los vecinos se levantaron una mañana a la misma hora. Sin saber cómo, se miraron al espejo al mismo tiempo y descubrieron que en lugar de su imagen se reflejaba la cara  del Presidente de la República. Asustados, aturdidos y desconcertados miraron a su alrededor intentando averiguar qué estaba pasando. Volvieron a mirarse escudriñando sus rostros idénticos y haciendo muecas, pero la imagen seguía allí. De repente, en todos los espejos aparecieron las mismas palabras, como un rótulo sobre una pantalla: “Estáis como moscas en una cristalera, preparados para que os despachurre.”

Ángela Gutiérrez

Donde tiene que estar

Calor. Un calor sofocante y traicionero, llegado a destiempo, mucho antes de lo que se esperaba y de repente. En tan solo una semana las temperaturas han subido más de diez grados centígrados y los termómetros se derriten cerca de los cuarenta.  Ha desaparecido la primavera de un plumazo, el viento africano se la llevado a tierras norteñas. Nos refugiamos bajo el fresco artificial de los aires acondicionados, encogemos los ojos ante la cegadora luz del sol, desnudamos nuestros pies y nuestros hombros y nos protegemos para cuidar nuestras cabezas. El cuerpo aplomado se adapta a la inactividad de la mente, pesada y densa como las nubes de arenas desérticas. Parece un espejismo dorado que ablanda nuestros sesos y nos vuelve lentos, pasivos, cansados y perezosos. Como decía Antonio Machado, el sol es un globo de fuego y uno desea que suene en el jardín el agua en la fuente de mármol.

En el anecdotario taurino se cuenta que en una ocasión, a José Gómez Ortega, El Gallo, después de torear en la plaza de La Coruña un grupo de  aficionados lo   invitaron a una fiesta que tendría lugar después de la corrida. El torero rechazó la invitación aduciendo que debía coger el tren que le llevaría a Sevilla. Entonces, uno de los admiradores, en su último intento por convencerlo, dijo: ¿A Sevilla va a ir usted ahora? ¡Con lo lejos que está eso! El maestro, sin vacilar un segundo, respondió: Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es esto”

Y no hay duda, Sevilla está donde tiene que estar pero no vendría mal que en estos meses de implacable calor, de sol tórrido que ciega y quema, pudiéramos darle un empujoncito y ponerla durante unos meses al lado deLa Coruña.

Ángela Gutiérrez

Luna

¿Se acuerdan ustedes de mi amigo Yusu? ¿Aquel senegalés que tiene el salpicadero de mi coche lleno de paquetes de pañuelos de papel? Llevaba un par de semanas sin verlo en el semáforo de siempre. Al principio pensé que el mal tiempo de los últimos días de abril lo invitaba a salir de casa más tarde de lo habitual. Aunque me resultaba extraño; Yusu ha estado allí en los días más desapacibles y fríos de los dos últimos inviernos y en los calurosos y sofocantes días del verano implacable de esta ciudad.

Esta mañana me lo he vuelto a encontrar en el mismo lugar de siempre. Se ha acercado a mi ventanilla, ha estrechado mi mano amigablemente y me ha preguntado por mí, por mi familia, por el trabajo. Hoy lleva un chaleco de esos reflectantes y su rostro oscuro tiene una luminosidad más intensa que de costumbre. Sonriente, como siempre, ha sacado de su cartera una pequeña foto en color y me la ha ofrecido.

–         Ahora tengo una hija -ha dicho en un español que cada día aparece más claro.

–         ¡No me digas! ¡Enhorabuena, Yusu! ¿Cómo se llama?

El bebé, una niña regordeta, con la piel negra y el pelo muy rizado y abundante, posa plácidamente dormida. Lleva un minúsculo pijama rojizo y se llama Luna. Tiene menos de un mes y ha llenado el rostro de su padre de una luz y una alegría infinitas.

Yusu sentirá ahora nuevos cambios, nuevas preocupaciones, nuevas felicidades y pensará que en su vida aventurera y difícil, en la que parecía haber más ayeres que mañanas, la ecuación se ha invertido.

Enhorabuena, Yusu. Bienvenida, Luna.

Ángela Gutiérrez

Esencia

En la simbología cristiana, el numero tres representa la totalidad. Debe ser por eso que Lorenzo Reyes habla siempre de las tres mudanzas de su vida aunque en realidad han sido muchas más. De hecho, creo que ayer mismo durmió por primera vez en su nueva casa, un apartamento alquilado en la última planta de un edificio antiguo restaurado en el centro de la que se había convertido en su nueva ciudad. Aún tenía algunas cajas de libros y maletas con ropa esparcidos por el parqué claro y brillante del apartamento. Siempre le ocurría lo mismo; cuando encontraba un piso que le gustaba se apresuraba a trasladarse rápidamente, portando cajas de un lugar a otro durante las veinticuatro horas del día, sin parar para almorzar, ni para cenar, ni para dormir. Una vez que tenía las llaves, se relajaba. Preparaba su mesa de trabajo y dejaba el resto de sus cosas en las cajas de cartón. Podían pasar meses hasta que por fin las cajas estaban vacías; a medida que iba necesitando cosas, las iba sacando, pero nunca con la intención de hacerlo, de colocarlas en un lugar predeterminado para ellas.

La primera vez que se mudó, tenía diecisiete años,  fue cuando abandonó su casa natal, en un pequeño pueblo del que tuvo que salir para continuar sus estudios. Entonces se marchó a una residencia de estudiantes. Llevaba consigo la ropa y algunos libros, su máquina de escribir, su cámara de fotos y sus cuadernos de notas llenos de hojas de flores y de árboles, planchadas por el peso del papel. No se sintió allí demasiado a gusto. Los horarios estrictos y asfixiantes de las monjas lo empujaron rápidamente a buscar otro cobijo. Se puso a dar clases particulares y a trabajar como repartidor de publicidad para poder costear el alquiler de una habitación en un piso compartido. Lorenzo Reyes sabía que sus padres no podían ayudarle más. Pasó cinco o seis meses en aquella habitación minúscula y oscura, con una pequeña ventana abierta a un patio de luz desde la que se contemplaba como único paisaje la ropa tendida de la familia de enfrente. A menudo, sentado en su pequeña mesa de trabajo, rodeado de sus cuadernos, de su máquina de escribir y de sus libros, se le iba el santo al cielo mientras su vecina tendía cuidadosamente la ropa mojada. Durante los años de estudio conoció cuatro o cinco habitaciones similares. Llegaba septiembre, cogía su maleta, sus cuadernos, sus libros y su máquina de escribir y, vuelta a empezar.

Un buen día se encontró con su título de licenciado en la mano, llamando de puerta en puerta para conseguir un trabajo. Ahora intuía que las cosas le irían bien, que empezaría a trabajar y por fin podría tener su casa, con los muebles que a él le gustaban, con sus libros y su máquina de escribir y su ropa. ¡Ah! Se imaginaba un armario grande, con todas las perchas iguales, con puertas que no chirriaban al abrirse ni al cerrarse, que encajaban como las piezas de un puzzle. Podría tumbarse en un sofá cómodo y suave, invitar a sus amigos para ver en su televisor los partidos del sábado, mirar el horizonte urbano desde la pequeña terraza y reposar su cabeza sobre su almohada de plumas.

Pero el contrato que firmó le exigía disponibilidad para viajar, así que siguió trasladándose de un lugar a otro. Aquí seis o siete meses, allí un año, más acá un tiempo indeterminado. Sin darse cuenta, Lorenzo Reyes se había convertido en un nómada y entre mudanza y mudanza había aprendido a dejar muchas cosas atrás. Algunos libros que regalaba antes de marcharse, plantas que dejaba colgando de las terrazas, ropa que llevaba tiempo sin poder abrocharse a la altura de la barriga, zapatos con suelas desgastadas, papeles con números de teléfono que nunca se había atrevido a marcar…En fin, sueños que quedaban atrás porque ya no cabían en su maleta.

Ahora tiene cerca de sesenta años y ha llegado a su nueva ciudad. Después de desayunar se ha sentado en su mesa de trabajo, ha abierto el ordenador y se ha puesto a trabajar. De repente, ha desviado la cabeza de la pantalla, ha mirado a su alrededor y ha visto lo mismo de siempre;  cada ciudad,  cada casa,  cada habitación eran siempre lo mismo, aquello que Lorenzo Reyes trajo de su pueblo, cuando a los diecisiete años se mudó por primera vez, unas simples cosas: sus libros, su ropa, su máquina de escribir, su cámara de fotos y sus cuadernos de notas repletos de hojas de flores y de árboles. En definitiva, su esencia.

Ángela Gutiérrez