Una buena confesión

¿Qué siente uno cuándo sabe que se ha equivocado? O mejor, ¿qué se siente cuando sin pensarlo, uno reconoce que se ha equivocado porque otros se lo dicen?

Podríamos preguntárselo a Su Majestad el Rey. Con once palabras, con tan solo once palabras ya parece que se hace borrón y cuenta nueva. Pero, precisamente por su brevedad, yo no me resisto a analizar todos los pormenores de ese discurso que se ha traducido casi casi con tintes sacramentales.

Empecemos por el principio.

Una vez ingresado en la clínica privada  donde le realizan la intervención y le colocan una prótesis de cadera, sin que en las listas de espera apareciera nadie apellidado Borbón, Su Majestad se recupera mientras hace examen de conciencia ayudado por los medios de comunicación, los responsables políticos que emplean en estos días y para este asunto la boca chica y la visita fugaz de la Reina.El  examen, más o menos guiado, tiene un resultado: Me he equivocado.

Apenado, ruborizado y compungido, le asalta inevitablemente el dolor de corazón. Lo siento. Pero no es un dolor de corazón cualquiera; es de los insoportables, de los que carcome por dentro si no, ¿a qué viene modificar el verbo con ese adverbio de cantidad, mucho  y aparecer ante los medios en un angosto y oscuro pasillo, todavía convaleciente y con la voz más triste y apocada que nunca?

Estoy tratando de recordar aquellas cosas que eran necesarias para una buena confesión. El examen de conciencia y el dolor de corazón, van por delante: Lo siento, me he equivocado. Si mal no recuerdo, y os digo que me han hecho falta un par de llamadas de teléfono para ponerlas en pie, me faltan tres. Pero no nos desviemos, sigamos con el discurso.

La tercera enunciación de las palabras de don Juan Carlos I nos manifiestan el propósito de enmienda: No volverá a ocurrir. Se trata de un acto de contrición que nace de considerar la fealdad del pecado y que busca y desea la absolución. ¡Amigo! Eso y lo que viene a continuación siempre es lo más difícil porque hay que detallar al confesor qué es exactamente lo que no volveremos  a hacer: ¿Irnos sin decir nada? ¿Cazar elefantes? ¿Aprovecharnos de nuestra situación privilegiada? ¿Viajar a Botsuana? ¿Gastar unos recursos que no son de uno en beneficio propio? ¿Disfrutar y darnos algún placer?… Aquí  seguimos los confesores esperando que Su Majestad nos diga los pecados y  una vez que lo haga, deberá cumplir la penitencia que por supuesto, debe corresponderse con la gravedad y la naturaleza de los pecados cometidos.

Claro que puede que Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I crea que los arrepentimientos son como los de los pintores y que la equivocación se arregla con unas cuantas pinceladas y mucho ingenio. Pero cuidado, los avances  tecnológicos, la utilización de radiografías,  las reflectografía inflarroja, el examen con distintas luces y el análisis de la materia  hacen posible el descubrimiento del pentimento más oculto.

Ángela Gutiérrez

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