Señas de identidad

Recuerdo el día que Manuela fue a la secretaría de la facultad a solicitar su certificado de estudios. Cinco años, habían pasado cinco duros años desde la primera vez que entró en aquel edificio gris de hormigón armado, con grandes ventanales dorados, construido sobre la vaguada de Cantarranas. Por aquellos entresijos de pasillos enrevesados y desiguales, decenas de escaleras que desembocan en distintas partes y sótanos que no están bajo tierra, corrían las leyendas urbanas como una manga de aire; mucho antes de que Alejandro Amenábar, alumno ilustre de la facultad, rodara allí su ópera prima, Tesis, el edificio estaba rodeado de literatura: un proyecto diseñado para ser una cárcel de mujeres,  un búnker durantela Guerra Civil,  una prisión inspirada en la moderna cárcel de Montreal…

Ese día, esperó su turno pacientemente en la cola hasta que a las nueve de la mañana abrieron la ventanilla de la secretaría de la facultad. Era el mes de junio de 1990, había terminado su carrera y se disponía a recoger un certificado que acreditaba el final de sus estudios. Ese papel era el reconocimiento oficial de años de formación y esfuerzo y además, en aquel momento, era su pasaporte, su visado hacia un contrato laboral en el que no apareciera la coletilla  en prácticas.

Dijo su nombre completo a una chica que apenas la miró a la cara. Se volvió a rebuscar el documento en un enorme cajón, lleno de carpetas marrones ordenadas alfabéticamente. De los ordenadores aún no había señal en la universidad pública española. No estaba, su certificado no estaba. Según la documentación que trajo en sus manos la administrativa, a Manuela, aún le faltaban dos asignaturas para terminar los estudios. De licenciada, nada de nada. Un grito desesperado recorrió sus entrañas y se ahogó en su garganta. ¿Cómo puede ser? ¿Eso es imposible? Tengo aquí mis papeletas con las calificaciones de hace a penas quince días, todo está aprobado.

La miró con desconfianza, comprobó de nuevo su nombre y confirmó la información que le había contado anteriormente. Dejó los papeles a un lado de la ventanilla, apartó su vista, y con un leve gesto de cabeza le hizo saber que había terminado con ella, que pasara el siguiente.

Por entre los vericuetos de los departamentos, en el calor sofocante de finales de junio, buscó a sus profesores, a aquellos que la habían suspendido en las actas y aprobado en las listas. No fue fácil hablar con ellos; uno la acompañó amablemente a la secretaría, rebuscó sus papeles, encontró el error y modificó la nota; el otro la hizo examinarse en la siguiente convocatoria.

Le costó un año más con un contrato en prácticas, una nueva matrícula que tuvo que pagar porque ya no la cubría la beca y un montón de idas y venidas a una facultad de la que estaba a más de quinientos kilómetros de distancia.

Poco después descubrió qué había provocado tan perversa equivocación; ella misma; fue sorprendente. En aquella enorme ciudad del centro del país a la que Manuela había llegado desde un pequeño pueblo del sur, recorriendo los mismos y enredados pasillos de la misma facultad, existía una chica que llevaba el mismo nombre y los mismos apellidos que ella. Nadie había reparado en los números que diferenciaban sus carnés de identidad y las calificaciones habían bailado en la lista. Le tocó el perder. Nunca la conoció, nunca supo nada más de ella que su nombre.

Años después descubrí que Tertuliano Máximo Alfonso, el protagonista de El hombre duplicado de Saramago, debió sentir lo mismo que Manuela cuando se da cuenta de que en su misma ciudad vive un hombre que es una copia exacta de él. Señas de identidad, nombres que nos hacen únicos e irrepetibles frente a una realidad que nos uniforma convirtiéndonos casi en clones.

Dice Vasili Grossman que las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho de todo hombre a ser diferente, especial, a vivir su vida a su manera. Sin embargo, un día, un error en un documento, un descuido burocrático, una coincidencia azarosa se cruza en nuestro camino y nos encontramos que alguien está viviendo una pequeñita porción de nuestra vida.

Hoy, Manuela está sentada frente a la pantalla de su ordenador y observa inmóvil el enlace directo a su blog; nunca ha usado un buscador para llegar hasta él. Nunca hasta ahora. Un compañero del trabajo le preguntó esta mañana, con una sonrisa burlona y mirada pícara, si alguna vez había puesto su nombre en Google. Manuela acaba de hacerlo y, para su sorpresa, una chica venezolana  en bikini aparece ante sus ojos incrédulos. De nuevo el mismo nombre, los mismos apellidos. De nuevo, siente que le usurpan su identidad aunque, esta vez, reconoce que tiene un culo bastante mejor que el suyo.

Ángela Gutiérrez

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2 pensamientos en “Señas de identidad

  1. Gracias, Carmen, por tus palabras. Escribir me ayuda a entender, a comprender lo que ocurre a mi alrededor. Escribir es una manera de entenderme y de comprenderme. Hay disciplina, esfuerzo, constancia y mucha, mucha falta de tiempo para dar forma a eso a lo que Muñoz Molina se refiere cuando dice que la historia aparece de pronto, entera, completa en tu cabeza. Simplicando mucho, la historia, el periodismo nos hablan de personajes anónimos pero la literatura les pone nombres y apellidos a los protagonistas, quizá por eso resulte indispensable en mi vida. Compratir-me, como tú dices, es también una forma de comprender, acaba con los pudores y te expone a las críticas que siempre son bienvenidas.

  2. Angela ,te leo siempre, me encanta hacerlo y siempre me enriquecen tu mirada y tu sensibilidad, pero me da como pudor escribir por aquí,sin embargo, me voy a pasar el pudor por el forro y te cuento que se me ha venido a la cabeza, al leerte hoy, un articulo de Muñoz Molina que pusiste en el facebok hace poco. Hablaba sobre el trabajo que requiere la escritura, algo de lo que se habla, en lo que insisten quienes escriben o pintan o inventan…….. del esfuerzo, de la atención, de la necesaria disciplina………..pero también hablaba de esa otra cosa que casi se quiere ocultar, por temor a parecer, simplificando, medio místicos o algo así; de ese momento en que todo eso que os ronda va tomando forma, y se aparece ya claramente y entonces se resuelve y se escribe, o se pinta, o se compone, o se modela……….En resumen, que seguro que hay trabajo detrás de lo que quieres contarnos, de la manera en que nos lo haces llegar, pero parece que no te fuera trabajoso comunicar, que fluyera lo que quieres contar con sencillez, sensible,clara y precisamente…………… En fin! que creo que a ti te pasa esa cosa mística de los artistas, deberías hacértelo mirar!!
    Gracias por compartir-te.
    Bssss.

    Carmen.

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