Reivindicación transparente

Triana lleva muchos años trabajando pero es el primer día en su nuevo destino. Antes de entrar ha parado en el bar de enfrente a desayunar; café con leche y tostada con aceite de oliva. Es fumadora, así que busca una mesa en la terraza a pesar de que la mañana, aunque soleada, es fresca. En el café, casi todos los clientes son mujeres. Muchas de ellas uniformadas con pantalón oscuro y chaqueta negra. Suave, naturalmente maquillada, Triana mantiene la seguridad que da la experiencia, la de llevar muchos años haciendo un buen trabajo en el taller de costura de unos grandes almacenes de la ciudad. Recoger los bajos a los pantalones, entallar vestidos, arreglar cremalleras, pegar botones… Pero hoy, ese primer día, se presenta lleno de incertidumbres, sin conocer lo que se va a encontrar.

Justo cuando enciende el cigarrillo para acompañar los últimos sorbos del café, la cara de Triana se ilumina, y una amable sonrisa se dibuja en su cara; alguien a quien conoce se acerca, la saluda efusivamente y entre risas y charlas fugaces, le presenta a otras compañeras.

Es Triana, del taller del centro; desde hoy trabajará con nosotras y os digo que es canela fina.

Se acercan las diez de la mañana y la clientela del bar queda como dividida en dos grupos diferenciables a simple vista; mujeres de edades diferentes, vestidas con ropas más o menos informales, con mochilas, con bolsos de piel o de cuero o de loneta, que mantienen con el camarero una mimética relación profesional; desconocidas que coinciden desayunando en el mismo local. Las demás componen el otro grupo: bromean entre ellas, se saludan, canturrean al camarero. Bajo sus brazos, colgados de sus hombros o entre sus dedos, todas llevan bolsos transparentes, desnudando ante la ciudad sus pertenencias íntimas: pequeños monederos, pañuelos de papel, teléfonos móviles, bolsitas con los avíos para retocar el maquillaje, llaves, tabaco… Esos bolsos traslúcidos son su tarjeta de presentación. El de Triana lleva asas y remates de tela roja, a juego con el pañuelo que abriga su cuello.

¿Y Rocío, de niños? ¿Cómo está? –le pregunta una voz desconocida hasta hace solo unos momentos- Estaba en el edificio del centro, como tú.

¿Rocío? ¿La del departamento de ropa infantil? – replica Triana – La despidieron, hará unos dos meses.

Sí, ahora ya lo saben todas. A Rocío la despidieron porque fue una de las que firmó. Llevan años lamentándose por esa exigencia empresarial que las obliga a llevar bolsos transparentes para controlar los hurtos, pero las quejas no pasaban de ser una conversación propia de la barra de un bar; nada serio. Hace unos meses, algunas trabajadoras, a través de una organización sindical, presentaron formalmente una queja ante el comité de empresa por esta medida que consideran una violación de su intimidad. Además, su protesta resalta el carácter discriminatorio puesto que sus compañeros, los hombres, algunos pocos que llevan bolso o mochila, no están obligados a que sean transparentes. Rocío, que siempre se exaltaba mucho con esta cuestión, firmó la reclamación.

Ya se sabe – dijo Triana – el que se mueve, no sale en la foto. ¡Menudas están las cosas!

Pagaron los desayunos, cada una el suyo, sacaron un pequeño espejito del bolso y retocaron hábilmente su maquillaje. Era el primer día de Triana en el nuevo destino y había bastado con encontrar el café adecuado para sentirse como si llevara allí media vida. Cruzaron la avenida y entraron de dos en dos, por la puerta trasera de este enorme edificio revestido de granito y de enormes cristales trasparentes, como los bolsos.

Ángela Gutiérrez

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