Scat singing

En las estaciones de tren, como en los aeropuertos, uno parece salir del tiempo y del espacio. El ir y venir de los pasajeros marca un ritmo propio, como el de una auténtica ciudad, con sus códigos para circular, para informarse, para hacer compras, para tomar un aperitivo. Esta mañana, cuando abandonaba uno de los andenes de la estación, una pareja de turistas británicos se ha acercado, con sus billetes de tren en la mano, el rostro apresurado y despistado,  me han preguntado dónde se encontraba el andén desde el que debían tomar un tren que les llevaría a Mérida. Después de explicárselo y de intercambiar algunas palabras, he salido de la estación. Mientras esperaba el autobús recordaba aquellas palabras que siempre me decía mi madre “preguntando se llega a Roma”.

A Roma o a la casa de Duke Ellington donde oportunamente recaló allá por los años treinta el compositor Billy Strayhorn. El pianista vivía en Nueva York y contrató a Strayhorn para que compusiera nuevas piezas para la Duke Ellington Big Band. Con gran amabilidad y atención, Ellington le envió una carta con toda la información necesaria para llegar desde Pisttburgh, Pensilvania, donde residía Strayhorn, hasta su apartamento del barrio neoyorquino de Harlem. Duke detalló todos los pasos del trayecto y con estas palabras indicó al compositor la línea del metro que le llevaría finalmente desde Brooklyn hasta Harlem: Take the “ A” train.  Esa frase, muy parecida a la que yo dije a los turistas esta mañana, dio lugar a uno de los éxitos más grandes del jazz y a uno de mis temas preferidos, sobre todo en el infinito talento vocal de Ella Fitzgerald, con esos arranques virtuosos y sus interminables scat singing (sílabas sin sentido que sirven para crear una línea vocal y melódica).

Duke Ellington quedó encantado con la composición instrumental del gran Strayhorn, y debió agradacerle el regalo a esa carta-itinerario. Sin embargo, unos años después, fue el pianista el que recibió otra carta. La remitente era una chica de tan solo diecisiete años, que se dedicaba a cantar y que había escuchado por la radio, en su casa de Detroit,  a la Duke Ellington Big Band interpretando Take the “A” train. Lejos de pasarle desapercibida, Joya Sherrill, que era el nombre de la  jovencísima cantante, escribió una letra para el tema. A Duke Ellington no solo le gustó, sino que la contrató como vocalista de su banda.

Ángela Gutiérrez

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