El despertar de la primavera

La astronomía precisa el día y la hora exacta en el que se produce el cambio del invierno a la primavera. Este año, según el Observatorio Astronómico Nacional, comenzó el martes veinte de marzo, a las seis horas y catorce minutos. A partir de ese día, en la lista de cosas pendientes de hacer, incluyo automáticamente una más: las plantas, hay que arreglar las plantas, prepararlas para el despertar de la primavera.   Creo que es herencia de mi abuela Manuela que cuidaba y mimaba sus plantas con dedicación.

Busco en el calendario el día adecuado; una tarde larga y soleada, una tarde previa a las vacaciones de Semana Santa o a la Feria de abril. Una tarde en la que se dilaten las horas vespertinas, mañana no hay que madrugar. En el estéreo suena el cisne de la suite del Carnaval de los animales, del francés Camille Saint-Saëns, mientras me cambio de ropa y preparo un café. Por delante una tarde dedicada a trabajar con las manos. Al hombre le sienta bien hacer cosas manuales, le ancla a la realidad y estimula el pensamiento. Así que me gusta esta tarde en la que ando como el dios de Santa Teresa, entre los pucheros, con las manos llenas de  tierra, manoseando  los bulbos, abandonándome entre los tiestos y las regaderas, las tijeras de podar  y los pulgones.

Vaciar las macetas, trasplantar a otros tiestos más grandes, quitar las malas hierbas, renovar la tierra, preparar las plantas para despertar después de la larga siesta del invierno, enterrar los bulbos de las dalias, los gladiolos, los ranúculos que esperarán la templada luz del sol para estallar en colores; amarillos, rojos, violetas, naranjas… Es la explosión de la primavera que para mi llegaba aquel día que ayudaba a mi abuela a poner la azotea patas arriba. De ella aprendí a podar los rosales, a distinguir los bulbos de los tubérculos, a cubrir los arriates con el mantillo,  a mantener alejados a los caracoles y a las babosas, a disfrutar con las plantas y a esperar que ellas me devuelvan la alegría de sus colores y el gozo de sus aromas.

Ángela Gutiérrez

Día del libro

El patio ha amanecido cubierto de flores. Esta pasada noche ha debido soplar el viento que se ha llevado las nubes, ha esparcido por todos los rincones las flores de la buganvilla y nos ha regalado una espléndida mañana primaveral.  Es lo que corresponde a esta primavera cambiante, fresca, incluso invernal en algunas ocasiones.

Los lunes tienen un punto más de aceleración que cualquier otro día de la semana, como si el sosiego de los domingos por la tarde se quebrara de golpe y nos desbordara la prisa con tan solo abrir los ojos al amanecer. Sin embargo, hoy es un lunes diferente, con cientos de miles de flores inundando las calles. El viento de la mañana llevará las palabras y las historias de un lugar a otro, igual que el polen se posarán aquí y allá y germinarán espléndidas, hermosas y nuevas palabras. Me gusta el veintitrés de abril; flores y libros por doquier, ferias que se inauguran, escritores que charlan con sus lectores, que dedican sus libros en todas y cada una de las ciudades por las que estos días se esparcen las hojas de los geranios, del azahar, de las buganvillas, de las acacias, de las jacarandas… y de los libros.

Ángela Gutiérrez

Una buena confesión

¿Qué siente uno cuándo sabe que se ha equivocado? O mejor, ¿qué se siente cuando sin pensarlo, uno reconoce que se ha equivocado porque otros se lo dicen?

Podríamos preguntárselo a Su Majestad el Rey. Con once palabras, con tan solo once palabras ya parece que se hace borrón y cuenta nueva. Pero, precisamente por su brevedad, yo no me resisto a analizar todos los pormenores de ese discurso que se ha traducido casi casi con tintes sacramentales.

Empecemos por el principio.

Una vez ingresado en la clínica privada  donde le realizan la intervención y le colocan una prótesis de cadera, sin que en las listas de espera apareciera nadie apellidado Borbón, Su Majestad se recupera mientras hace examen de conciencia ayudado por los medios de comunicación, los responsables políticos que emplean en estos días y para este asunto la boca chica y la visita fugaz de la Reina.El  examen, más o menos guiado, tiene un resultado: Me he equivocado.

Apenado, ruborizado y compungido, le asalta inevitablemente el dolor de corazón. Lo siento. Pero no es un dolor de corazón cualquiera; es de los insoportables, de los que carcome por dentro si no, ¿a qué viene modificar el verbo con ese adverbio de cantidad, mucho  y aparecer ante los medios en un angosto y oscuro pasillo, todavía convaleciente y con la voz más triste y apocada que nunca?

Estoy tratando de recordar aquellas cosas que eran necesarias para una buena confesión. El examen de conciencia y el dolor de corazón, van por delante: Lo siento, me he equivocado. Si mal no recuerdo, y os digo que me han hecho falta un par de llamadas de teléfono para ponerlas en pie, me faltan tres. Pero no nos desviemos, sigamos con el discurso.

La tercera enunciación de las palabras de don Juan Carlos I nos manifiestan el propósito de enmienda: No volverá a ocurrir. Se trata de un acto de contrición que nace de considerar la fealdad del pecado y que busca y desea la absolución. ¡Amigo! Eso y lo que viene a continuación siempre es lo más difícil porque hay que detallar al confesor qué es exactamente lo que no volveremos  a hacer: ¿Irnos sin decir nada? ¿Cazar elefantes? ¿Aprovecharnos de nuestra situación privilegiada? ¿Viajar a Botsuana? ¿Gastar unos recursos que no son de uno en beneficio propio? ¿Disfrutar y darnos algún placer?… Aquí  seguimos los confesores esperando que Su Majestad nos diga los pecados y  una vez que lo haga, deberá cumplir la penitencia que por supuesto, debe corresponderse con la gravedad y la naturaleza de los pecados cometidos.

Claro que puede que Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I crea que los arrepentimientos son como los de los pintores y que la equivocación se arregla con unas cuantas pinceladas y mucho ingenio. Pero cuidado, los avances  tecnológicos, la utilización de radiografías,  las reflectografía inflarroja, el examen con distintas luces y el análisis de la materia  hacen posible el descubrimiento del pentimento más oculto.

Ángela Gutiérrez

Señas de identidad

Recuerdo el día que Manuela fue a la secretaría de la facultad a solicitar su certificado de estudios. Cinco años, habían pasado cinco duros años desde la primera vez que entró en aquel edificio gris de hormigón armado, con grandes ventanales dorados, construido sobre la vaguada de Cantarranas. Por aquellos entresijos de pasillos enrevesados y desiguales, decenas de escaleras que desembocan en distintas partes y sótanos que no están bajo tierra, corrían las leyendas urbanas como una manga de aire; mucho antes de que Alejandro Amenábar, alumno ilustre de la facultad, rodara allí su ópera prima, Tesis, el edificio estaba rodeado de literatura: un proyecto diseñado para ser una cárcel de mujeres,  un búnker durantela Guerra Civil,  una prisión inspirada en la moderna cárcel de Montreal…

Ese día, esperó su turno pacientemente en la cola hasta que a las nueve de la mañana abrieron la ventanilla de la secretaría de la facultad. Era el mes de junio de 1990, había terminado su carrera y se disponía a recoger un certificado que acreditaba el final de sus estudios. Ese papel era el reconocimiento oficial de años de formación y esfuerzo y además, en aquel momento, era su pasaporte, su visado hacia un contrato laboral en el que no apareciera la coletilla  en prácticas.

Dijo su nombre completo a una chica que apenas la miró a la cara. Se volvió a rebuscar el documento en un enorme cajón, lleno de carpetas marrones ordenadas alfabéticamente. De los ordenadores aún no había señal en la universidad pública española. No estaba, su certificado no estaba. Según la documentación que trajo en sus manos la administrativa, a Manuela, aún le faltaban dos asignaturas para terminar los estudios. De licenciada, nada de nada. Un grito desesperado recorrió sus entrañas y se ahogó en su garganta. ¿Cómo puede ser? ¿Eso es imposible? Tengo aquí mis papeletas con las calificaciones de hace a penas quince días, todo está aprobado.

La miró con desconfianza, comprobó de nuevo su nombre y confirmó la información que le había contado anteriormente. Dejó los papeles a un lado de la ventanilla, apartó su vista, y con un leve gesto de cabeza le hizo saber que había terminado con ella, que pasara el siguiente.

Por entre los vericuetos de los departamentos, en el calor sofocante de finales de junio, buscó a sus profesores, a aquellos que la habían suspendido en las actas y aprobado en las listas. No fue fácil hablar con ellos; uno la acompañó amablemente a la secretaría, rebuscó sus papeles, encontró el error y modificó la nota; el otro la hizo examinarse en la siguiente convocatoria.

Le costó un año más con un contrato en prácticas, una nueva matrícula que tuvo que pagar porque ya no la cubría la beca y un montón de idas y venidas a una facultad de la que estaba a más de quinientos kilómetros de distancia.

Poco después descubrió qué había provocado tan perversa equivocación; ella misma; fue sorprendente. En aquella enorme ciudad del centro del país a la que Manuela había llegado desde un pequeño pueblo del sur, recorriendo los mismos y enredados pasillos de la misma facultad, existía una chica que llevaba el mismo nombre y los mismos apellidos que ella. Nadie había reparado en los números que diferenciaban sus carnés de identidad y las calificaciones habían bailado en la lista. Le tocó el perder. Nunca la conoció, nunca supo nada más de ella que su nombre.

Años después descubrí que Tertuliano Máximo Alfonso, el protagonista de El hombre duplicado de Saramago, debió sentir lo mismo que Manuela cuando se da cuenta de que en su misma ciudad vive un hombre que es una copia exacta de él. Señas de identidad, nombres que nos hacen únicos e irrepetibles frente a una realidad que nos uniforma convirtiéndonos casi en clones.

Dice Vasili Grossman que las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho de todo hombre a ser diferente, especial, a vivir su vida a su manera. Sin embargo, un día, un error en un documento, un descuido burocrático, una coincidencia azarosa se cruza en nuestro camino y nos encontramos que alguien está viviendo una pequeñita porción de nuestra vida.

Hoy, Manuela está sentada frente a la pantalla de su ordenador y observa inmóvil el enlace directo a su blog; nunca ha usado un buscador para llegar hasta él. Nunca hasta ahora. Un compañero del trabajo le preguntó esta mañana, con una sonrisa burlona y mirada pícara, si alguna vez había puesto su nombre en Google. Manuela acaba de hacerlo y, para su sorpresa, una chica venezolana  en bikini aparece ante sus ojos incrédulos. De nuevo el mismo nombre, los mismos apellidos. De nuevo, siente que le usurpan su identidad aunque, esta vez, reconoce que tiene un culo bastante mejor que el suyo.

Ángela Gutiérrez

Reivindicación transparente

Triana lleva muchos años trabajando pero es el primer día en su nuevo destino. Antes de entrar ha parado en el bar de enfrente a desayunar; café con leche y tostada con aceite de oliva. Es fumadora, así que busca una mesa en la terraza a pesar de que la mañana, aunque soleada, es fresca. En el café, casi todos los clientes son mujeres. Muchas de ellas uniformadas con pantalón oscuro y chaqueta negra. Suave, naturalmente maquillada, Triana mantiene la seguridad que da la experiencia, la de llevar muchos años haciendo un buen trabajo en el taller de costura de unos grandes almacenes de la ciudad. Recoger los bajos a los pantalones, entallar vestidos, arreglar cremalleras, pegar botones… Pero hoy, ese primer día, se presenta lleno de incertidumbres, sin conocer lo que se va a encontrar.

Justo cuando enciende el cigarrillo para acompañar los últimos sorbos del café, la cara de Triana se ilumina, y una amable sonrisa se dibuja en su cara; alguien a quien conoce se acerca, la saluda efusivamente y entre risas y charlas fugaces, le presenta a otras compañeras.

Es Triana, del taller del centro; desde hoy trabajará con nosotras y os digo que es canela fina.

Se acercan las diez de la mañana y la clientela del bar queda como dividida en dos grupos diferenciables a simple vista; mujeres de edades diferentes, vestidas con ropas más o menos informales, con mochilas, con bolsos de piel o de cuero o de loneta, que mantienen con el camarero una mimética relación profesional; desconocidas que coinciden desayunando en el mismo local. Las demás componen el otro grupo: bromean entre ellas, se saludan, canturrean al camarero. Bajo sus brazos, colgados de sus hombros o entre sus dedos, todas llevan bolsos transparentes, desnudando ante la ciudad sus pertenencias íntimas: pequeños monederos, pañuelos de papel, teléfonos móviles, bolsitas con los avíos para retocar el maquillaje, llaves, tabaco… Esos bolsos traslúcidos son su tarjeta de presentación. El de Triana lleva asas y remates de tela roja, a juego con el pañuelo que abriga su cuello.

¿Y Rocío, de niños? ¿Cómo está? –le pregunta una voz desconocida hasta hace solo unos momentos- Estaba en el edificio del centro, como tú.

¿Rocío? ¿La del departamento de ropa infantil? – replica Triana – La despidieron, hará unos dos meses.

Sí, ahora ya lo saben todas. A Rocío la despidieron porque fue una de las que firmó. Llevan años lamentándose por esa exigencia empresarial que las obliga a llevar bolsos transparentes para controlar los hurtos, pero las quejas no pasaban de ser una conversación propia de la barra de un bar; nada serio. Hace unos meses, algunas trabajadoras, a través de una organización sindical, presentaron formalmente una queja ante el comité de empresa por esta medida que consideran una violación de su intimidad. Además, su protesta resalta el carácter discriminatorio puesto que sus compañeros, los hombres, algunos pocos que llevan bolso o mochila, no están obligados a que sean transparentes. Rocío, que siempre se exaltaba mucho con esta cuestión, firmó la reclamación.

Ya se sabe – dijo Triana – el que se mueve, no sale en la foto. ¡Menudas están las cosas!

Pagaron los desayunos, cada una el suyo, sacaron un pequeño espejito del bolso y retocaron hábilmente su maquillaje. Era el primer día de Triana en el nuevo destino y había bastado con encontrar el café adecuado para sentirse como si llevara allí media vida. Cruzaron la avenida y entraron de dos en dos, por la puerta trasera de este enorme edificio revestido de granito y de enormes cristales trasparentes, como los bolsos.

Ángela Gutiérrez

Scat singing

En las estaciones de tren, como en los aeropuertos, uno parece salir del tiempo y del espacio. El ir y venir de los pasajeros marca un ritmo propio, como el de una auténtica ciudad, con sus códigos para circular, para informarse, para hacer compras, para tomar un aperitivo. Esta mañana, cuando abandonaba uno de los andenes de la estación, una pareja de turistas británicos se ha acercado, con sus billetes de tren en la mano, el rostro apresurado y despistado,  me han preguntado dónde se encontraba el andén desde el que debían tomar un tren que les llevaría a Mérida. Después de explicárselo y de intercambiar algunas palabras, he salido de la estación. Mientras esperaba el autobús recordaba aquellas palabras que siempre me decía mi madre “preguntando se llega a Roma”.

A Roma o a la casa de Duke Ellington donde oportunamente recaló allá por los años treinta el compositor Billy Strayhorn. El pianista vivía en Nueva York y contrató a Strayhorn para que compusiera nuevas piezas para la Duke Ellington Big Band. Con gran amabilidad y atención, Ellington le envió una carta con toda la información necesaria para llegar desde Pisttburgh, Pensilvania, donde residía Strayhorn, hasta su apartamento del barrio neoyorquino de Harlem. Duke detalló todos los pasos del trayecto y con estas palabras indicó al compositor la línea del metro que le llevaría finalmente desde Brooklyn hasta Harlem: Take the “ A” train.  Esa frase, muy parecida a la que yo dije a los turistas esta mañana, dio lugar a uno de los éxitos más grandes del jazz y a uno de mis temas preferidos, sobre todo en el infinito talento vocal de Ella Fitzgerald, con esos arranques virtuosos y sus interminables scat singing (sílabas sin sentido que sirven para crear una línea vocal y melódica).

Duke Ellington quedó encantado con la composición instrumental del gran Strayhorn, y debió agradacerle el regalo a esa carta-itinerario. Sin embargo, unos años después, fue el pianista el que recibió otra carta. La remitente era una chica de tan solo diecisiete años, que se dedicaba a cantar y que había escuchado por la radio, en su casa de Detroit,  a la Duke Ellington Big Band interpretando Take the “A” train. Lejos de pasarle desapercibida, Joya Sherrill, que era el nombre de la  jovencísima cantante, escribió una letra para el tema. A Duke Ellington no solo le gustó, sino que la contrató como vocalista de su banda.

Ángela Gutiérrez

Curiosidades

Lara está de vacaciones y se pasa el día jugando con su hermana y con cualquier chiquilla de su edad que aparece por el bar. Durante la mañana, su padre atiende la barra, preparando cafés y tostadas mientras ella duerme en el piso de arriba. Entre cliente y cliente, el padre de Lara ha limpiado los cristales de la terraza exterior, ha recargado las neveras de botellines de cerveza y de refrescos,  ha atendido a los representantes de las patatas fritas, los altramuces y las aceitunas y ha puesto a punto el tirador de cerveza y la máquina del café.

Cuando se ha levantado, Lara ha bajado a desayunar y mientras su madre recogía la cocina, ha estado trabajando con el punzón en las láminas de colores que debe presentar en el colegio cuando acabe la semana de vacaciones. Los días son fríos y lluviosos a pesar de ser ya primavera y el bar está mas vacío que de costumbre.

Por la tarde, después de una fuerte tormenta ha salido el sol y Lara, por fin puede salir a la calle. Pero está desierta y el viento es desagradable así que ha decidido sentarse sobre las cajas de botellines vacíos que su padre apila cerca de la ventana de la terraza. Una ventana ancha y acristalada, con un pequeño mostrador que en los días de mucha clientela usan los camareros pero que hoy, con el bar casi vacío, algunos clientes han utilizado para tomar una cerveza rápida al mediodía o un ligero café a media tarde.

Lara tiene unos profundos y vivos ojos azules y lleva el pelo recogido; una coleta vivaracha y saltarina despeja su cara sonriente  y curiosa. Habla, habla continuamente. Mientras me tomo el café apoyada en el pequeño mostrador de la ventana de la terraza pregunta:

–       ¿Ese coche tan pequeño es tuyo?

–       Sí, ese es el mío.

–       Pues ese grande que está a su lado es de mi papá. ¿Has visto lo grande que está? Eso es porque ha comido mucha comida.

Mientras parlotea, manipula entre sus dedos un cochecito de colores vivos y asoma su cabeza por el ventanal de la terraza. Entonces abre mucho más sus ojos y sigue atentamente con sus pupilas los movimientos de un coche. De él se bajan sus abuelos. Lara calla, es el único rato de silencio que ha tenido desde que se sentó sobre las cajas de botellines. Sonriente, espera que su abuelo se acerque. Le cuenta que se ha tomado un colacao, que tiene tierra en los zapatos, que su hermana Gemma anda haciendo los deberes, que su padre duerme la siesta, que ha visto llover…

–       Dame la cartera –le dice a su abuelo.

Lara comienza a poner sobre el mostrador las fotos que su abuelo lleva en la cartera; las suyas, de su hermana, de sus tíos y primos. Algunas en blanco y negro, amarillentas con la abuela vestida de novia o el abuelo de soldado valiente. Otras son pequeñitas, de tamaño carnet y de colores. De repente, coloca el carnet de identidad del abuelo entre las demás fotos que ha sacado de la billetera y con la voz fresca y dulce pregunta:

Abuelo, ¿por qué eres viejo?

Ángela Gutiérrez

Noche ciega

Al caer la noche se ha ido la luz. Un sonoro estruendo ha dejado el pueblo totalmente oscuro, iluminado solo de cuando en cuando por el fulgor de los relámpagos. Ha llovido, por fin ha llovido después de un largo invierno seco y árido como los vientos del desierto. En la penumbra fantasmagórica de las velas que iluminan el interior de las casas empieza a resonar el agua de los canalones, el golpeteo de la lluvia en los cristales y  las regueras que corren por las calles adoquinadas.  Se despertó un viento tormentoso y húmedo; tronó secamente, se apagaron las luces y se hizo el silencio. Enmudeció la tele, se agotó el tono azulado de la pantalla del ordenador, cesó la música. Poco a poco van resonando dulcemente algunas voces que se apagaron en el mismo instante en que se apagó la luz, como si el volumen se alimentara de la red eléctrica. Esta noche será más ciega que nunca.

Ángela Gutiérrez