Culatra

En Culatra las calles son de arena, arena fina y blanca, y en cuanto los pies abandonan las maderas de la pasarela del embarcadero, se puede notar que la tierra se mueve a merced de los vientos del Atlántico, como si pisaras sobre montones de totora. En Culatra no hay coches, ni semáforos, ni calzadas, ni señales de tráfico, ni pasos de cebra y las únicas ruedas que pisan sus callejuelas arenosas son las de los carritos que los vecinos usan para transportar sus cosas y las de algunas bicicletas aventureras. Los rostros de su gente, envejecidos prematuramente por el salitre del mar, el implacable sol del sur y el feroz viento del Atlántico, muestran la dureza del trabajo pesquero. En Culatra el tiempo se detiene, se estira, se eterniza, como si las agujas del reloj estuvieran en huelga o el óxido y el orín del salitre les impidiera avanzar y no hay más horario que el que deciden las mareas. En Culatra no hay comercios, no venden ropa, ni artículos del hogar, ni joyas, ni libros, solo hay espacios para lo necesario, para lo más primario, para lo imprescindible. En Culatra, la gente vive del mar, de sus manos, de sus redes, de las pequeñas parcelitas para mariscar  que quedan al descubierto cuando bajan las mareas y en el momento en el que empieza a subir el nivel del agua ellos regresan a sus casas con sus cubos de berberechos, de ostrones, de navajas, de almejas y las venden de puerta en puerta o de bar en bar o simplemente comen ese día con los productos que la mar les ha servido. En Culatra hay una playa mágica, de arenas blancas, finas, limpias, movidas por las olas del mar abierto, del inmenso océano azul y verde y gris. En Culatra el horizonte es infinito, pero infinito de verdad. Solo los aviones que surcan de cuando en cuando el cielo  y los motores de los transbordadores que atracan en el pequeño muelle traen un olor parecido al de la ciudad, al humo y a la contaminación de los combustibles y de los gases de la civilización. Regresar a la orilla del mar después de todo el invierno debe ser lo más parecido a contemplarlo por primera vez. Se abren los pulmones a la par que el espíritu y cuando la arena se escurre entre los dedos de los pies, una agradable y cálida placidez circula por todo el cuerpo. La nariz se llena de olores libres y cambiantes y a uno le apetece dejarse llevar por el viento ingobernable y volverse alocado como el pelo o la ropa.

Volver a Culatra es, como dice el bolero, volver a los sitios donde se amó la vida y cuando llega el momento de regresar, y uno está montado en el barco que lo lleva de vuelta a tierra firme, se resiste a abrir los ojos para que no desaparezca ni se borre la magia del sueño.

Ángela Gutiérrez

Culatra

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