El baciyelmo

Entre los muchos peligros que Ulises tuvo que vencer en su regreso a Ítaca estaban los de la mar. Atado al mástil de la nave, el héroe venció el canto de las sirenas sin renunciar  a sentir los atractivos de esos seres maravillosos, e irresistibles, mitad mujer y mitad pez, soportando una lucha terrible consigo mismo.

Virgilio, en sus églogas alude por primera vez a los hipogrifos,  seres fantásticos, mezcla de caballo y grifo que aunaban en su propia naturaleza la contradicción de ser sus propios depredadores.

Pegaso, el caballo alado,  nació de la sangre de Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza, y a sus lomos, el guerrero Belerofonte consiguió derrotar a Quimera, la bestia de múltiples cabezas, pero cuando el guerrero quiso entrar sobre Pegaso en el Olimpo, una picadura de mosquito acabó con sus sueños de convertirse en un dios.

Dédalo diseña el laberinto para retener al minotauro y escapa de él construyendo unas alas que le costarán la vida a su hijo Ícaro.

Sirenas, hidrogrifos, caballos alados, minotauros… Seres inexistentes, seres imposibles, como cualquier personaje de la literatura,  hechos de retales de los sueños y de fragmentos de la realidad. De entre todos ellos hay uno que me fascina, el baciyelmo del que nos habla Cervantes en El Quijote.

En el capítulo XXI, don Quijote gana la batalla a los galeotes y consigue el yelmo de Mambrino. Esa batalla tiene una importancia fundamental; en primer lugar, porque supone una victoria que don Quijote necesitaba después de perder en su lucha contra los molinos-gigantes y en segundo, porque ese objeto, ganado por sus méritos,  se convierte en parte de su atuendo, en una parte de sí mismo y termina de configurarse la imagen del caballero. Una imagen irreal compuesta de realidades. Eso que Cervantes hace con tanta maestría: el cuestionamiento de los sentidos.

Más tarde vuelve a aparecer el yelmo de oro. Los presentes en la venta deben decantarse: o es yelmo de oro o es bacía de cobre; pero Cervantes, como señaló Américo Castro,  compone uno de los pasajes más sublimes de la literatura y a través de la palabra de Sancho Panza nace el baciyelmo, un nuevo objeto inexistente e imposible, creado, como los personajes literarios,  de la realidad y de la ficción. Un objeto que será lo que queramos ver, porque ya no existe la bacía de cobre ni existe el yelmo de oro, sino que se ha transformado dependiendo de la perspectiva desde la que lo miramos.

Si en ese episodio todos hubieran decidido que era bacía hubiera triunfado el pensamiento único, pero el palabro de Sancho Panza abre la puerta al perspectivismo y una vez más, Cervantes nos enseña que la realidad puede mirarse de muchas maneras, que a veces lo real no es lo que parece y que tan merecedoras de nuestra mirada son las cosas que existen como las que albergamos en nuestra imaginación.

Ángela Gutiérrez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s