Ciudades de cartulina

Llevaba en una mano, pequeñita y regordeta, una rebanada de pan con crema de cacao y en la otra un templado tazón de leche con chocolate mientras recorría los escasos metros que iban de la cocina al salón. No podía resistirse a mordisquear el pan antes de sentarse a merendar y la crema de chocolate se extendía ya más allá de las comisuras de su boca cuando llegaba a la mesa. ¡Qué olor el del chocolate! ¡Irresistible! pensaba mientras su paladar se deleitaba más aún que su olfato.

Le gustaba dibujar, colorear y a menudo, cuando terminaba los deberes, sacaba su bloc y se embebía ilustrando las historias que elaboraba su imaginación; todo lujo de detalles, colores intensos, vivos, despiertos. Cuando terminaba sus dibujos, los perfilaba cuidadosamente y escribía una dedicatoria: para mamá, para Clara, para abuelo… Siempre encontraba alguien a quien  halagar con un trocito de su imaginación.

En sus dibujos se leía su mundo. Estaban compuestos de recortes de la realidad y de aluviones de sueños, como los personajes literarios, inexistentes pero reales al mismo tiempo. Le apasionaba entrar en las papelerías, para ella era como un quiosco de golosinas: lápices de colores, pinceles, acuarelas, papeles en blanco que ella gustosamente llenaría de historias y de emociones y cartulinas negras; le gustaban especialmente las cartulinas negras. Sobre ellas dibujaba ciudades con un lápiz de cera blanco. Trazaba edificios desiguales, con muchas ventanas y tejados puntiagudos sobre los que dibujaba chimeneas humeantes. Pacientemente recortaba cada hueco de cada ventana y pegaba por detrás papeles de colores que cortaba de las revistas y folletos publicitarios que encontraba en casa. Cuando terminaba, colgaba  la cartulina en un corcho que había a los pies de su cama y la miraba mientras le invadía el sueño. Las ventanas de su ciudad de papel se iluminaban con luces de diferentes colores: azules, amarillos, rojos, violetas.

Se sentía como asomada a un ventanal enorme en una  noche de insomnio, contando las ventanas que a altas horas de la madrugada se mantienen iluminadas en la ciudad, imaginando qué, quién, estará detrás de ellas, qué maldita soledad  le ha robado el sueño a ese primer piso,  qué libro apasionante merece las horas de descanso de la terraza del quinto, qué insolente programa de televisión aparta de la cama a los del tercero.

Con la suave luz de su habitación encendida, se dormía sin dejar de contemplar su ciudad de cartulina y soñando con esas vidas que permanecían encendidas en el interior de las casas, ocultas tras la oscuridad de la noche.

Ángela Gutiérrez

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