Gin-tonic en la tabla de la plancha

Una vez leí que las tareas del hogar son un potente afrodisíaco. Era una conclusión a la que se llegaba en un estudio realizado entre más de seis mil ochocientas parejas norteamericanas y del que se hacía eco The Wall Street Journal. Me pareció una broma sórdida; para entendernos, es algo así como que las mujeres entiendan que existe erotismo en un hombre desnudo fregando los platos o que a los maridos les ponga una mujer hacendosa.

Hacer las camas, doblar y recoger la ropa, tender, barrer, quitar el polvo, poner la lavadora, fregar, planchar, ordenar, cocinar, tirar la basura… ¡uf, no se acaba nunca! ¡Las tareas del hogar no tienen fin! Más de una vez hay que coger la puerta y salir a la calle sin oficio ni beneficio, con el mero objetivo de parar en la casa, así que no consigo yo encontrar ese lado erótico y sensual del que nos habla The Wall Street Journal.

Una tarde, sentada en una soleada y familiar terraza delante de dos aromáticos cafelitos, mi amiga Paulina me contaba que a ella la tarea doméstica que más le gustaba era planchar. Me quedé perpleja porque yo lo odio. Entonces me contó que elige para planchar la tarde, a eso de las cinco o cinco y media, y que es condición sine qua non  que su marido esté  en casa. El día que toca, Paulina extiende la tabla de planchado en la cocina, cercana al hueco del pasaplatos que comunica con una zona del salón. Junto a la tabla, apilada en una canasta, la ropa espera la caricia del teflón y Paulina se dispone a iniciar la tarea. Mientras ella va llenando de agua el pequeño electrodoméstico y prepara la bandeja donde colocará  la ropa alisada y suave, su marido conecta el equipo de música y pone un cd. Después, acerca un cómodo sillón a la zona del salón más cercana al pasaplatos. Antes de sentarse saca algunos cubitos del hielo del congelador, los coloca en un vaso ancho, grande y delicado y añade un poco de ginebra mezclada con tónica. Le ofrece la copa a su mujer y  coge el libro que le da Paulina. Se sienta tranquilamente al mismo tiempo que Bach inunda cada rincón de la casa. La plancha ya está caliente, Paulina da un sorbo a su gin-tonic y, justo en el momento que toma la plancha en sus manos, su marido comienza a leerle en voz alta.

¡Guau! , exclamé. Algo de erotismo sí que tiene.

Algún tiempo después volví a sentarme con Paulina en aquella terraza delante de un par de cervezas. Le dije que había copiado su forma de planchar aunque la había adaptado a mis necesidades: como no me gusta el gin-tonic, es mi marido el que plancha al tiempo que yo leo en voz alta. Eso sí, Bach sigue sonando de fondo.

Ángela Gutiérrez

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