Nosotros austeros, vosotros narcisos

En la versión contada por Ovidio en Las Metamorfosis, Narciso, hijo de la ninfa Liríope y del río Cefiso, era un joven de una gran belleza, adulado y deseado por los muchachos y las muchachas a los que él rechazaba. Eco, la ninfa que había sido castigada a repetir solo las últimas palabras que escuchaba, se enamora perdidamente de la hermosura de Narciso, pero al ser ignorada se retira a una profunda cueva donde solo queda de ella su voz. Un día caluroso, Narciso paseaba cerca de una fuente  extremadamente clara, plateada, de ondas transparentes, que ni los pastores, ni las cabras que pacen en la montaña ni ningún otro animal habían tocado jamás. El joven se inclina a beber y se enamora de la imagen que se ve reflejada en la fuente, la suya propia. Mirándose, inclinado sobre su propia imagen, se deja morir. En el lugar de su muerte, nos cuenta Ovidio que creció una flor, el narciso; una flor de excepcional belleza, estéril porque no da fruto, con una vida fugaz y breve y que desprende un hedor insoportable. Cuando nació, el sabio Tiresias predijo a su madre que Narciso tendría una larga vida si no se observaba a sí mismo, pero Narciso se miró y murió ahogado en la fuente.

El neurólogo David Owen, exministro de Sanidad y Asuntos Exteriores de los laboristas británicos, describe en un libro el narcisismo de los políticos, lo que él llama Síndrome de hybris.  Se trata de un desequilibrio emocional que con frecuencia sufre la clase política. La palabra hybris ya la usaban los griegos para hacer referencia a los héroes que cuando lograban una gran victoria se emborrachaban de poder, se sentían como dioses, capaces de hacer cualquier cosa. Esos son los síntomas que describe Owen en aquellos políticos que padecen el síndrome; se creen imprescindibles para evitar la debacle de los pueblos o naciones en los que viven, creen acertar siempre con todas sus decisiones y piensan que tienen unos conocimientos ilimitados, necesitan que todos los que están a su alrededor los adulen porque no soportan las críticas, son incapaces de cambiar de dirección porque eso significaría admitir que han cometido errores.

La historiadora británica, Bárbara Tuchman definía la insensatez de la clase política como una perversa persistencia en una política demostrablemente inviable y contraproducente. Desde luego es estúpido  evaluar cualquier propuesta o situación desde ideas preconcebidas e ignorar y rechazar cualquier  medida solo por el hecho de que procede del contrario. En estos casos se pone de manifiesto el rechazo a sacar provecho y aprender de la experiencia y, desde mi punto de vista, no hay nada más torpe ni más narcisista.

Dentro de poco, en la Galería de Retratos de los Presidentes del Congreso, situada en la primera planta del palacio de la Carrera de San Jerónimo, se colgarán los cuadros de los dos últimos presidentes, José Bono y Manuel Marín. Una pintura y una fotografía que costarán al erario público más de cien mil euros. La decisión ha sido tomada por el Pleno del Congreso de los Diputados unos días antes de la convocatoria de la huelga general, en medio de un incesante goteo de recortes y ajustes económicos, subidas de impuestos, aumento del desempleo… No voy a cuestionar si el trabajo del pintor hiperrealista, Bernardo Torrens, ni el de la fotógrafa, Cristina García Rodero, tiene o no ese precio, pero desde luego, si manifiesto mi rechazo e indignación a este gesto inoportuno, insolidario, derrochador y por supuesto narcisista. Mientras a nosotros, a los ciudadanos, se nos reclama austeridad, ellos, los políticos,  actúan bajo el síndrome de hybris. Tal vez a las obras que se exhiben en esa galería les pase como a la flor: son engañosamente bellas pero estériles, fugaces y malolientes como los narcisos.

Ángela Gutiérrez

Culatra

En Culatra las calles son de arena, arena fina y blanca, y en cuanto los pies abandonan las maderas de la pasarela del embarcadero, se puede notar que la tierra se mueve a merced de los vientos del Atlántico, como si pisaras sobre montones de totora. En Culatra no hay coches, ni semáforos, ni calzadas, ni señales de tráfico, ni pasos de cebra y las únicas ruedas que pisan sus callejuelas arenosas son las de los carritos que los vecinos usan para transportar sus cosas y las de algunas bicicletas aventureras. Los rostros de su gente, envejecidos prematuramente por el salitre del mar, el implacable sol del sur y el feroz viento del Atlántico, muestran la dureza del trabajo pesquero. En Culatra el tiempo se detiene, se estira, se eterniza, como si las agujas del reloj estuvieran en huelga o el óxido y el orín del salitre les impidiera avanzar y no hay más horario que el que deciden las mareas. En Culatra no hay comercios, no venden ropa, ni artículos del hogar, ni joyas, ni libros, solo hay espacios para lo necesario, para lo más primario, para lo imprescindible. En Culatra, la gente vive del mar, de sus manos, de sus redes, de las pequeñas parcelitas para mariscar  que quedan al descubierto cuando bajan las mareas y en el momento en el que empieza a subir el nivel del agua ellos regresan a sus casas con sus cubos de berberechos, de ostrones, de navajas, de almejas y las venden de puerta en puerta o de bar en bar o simplemente comen ese día con los productos que la mar les ha servido. En Culatra hay una playa mágica, de arenas blancas, finas, limpias, movidas por las olas del mar abierto, del inmenso océano azul y verde y gris. En Culatra el horizonte es infinito, pero infinito de verdad. Solo los aviones que surcan de cuando en cuando el cielo  y los motores de los transbordadores que atracan en el pequeño muelle traen un olor parecido al de la ciudad, al humo y a la contaminación de los combustibles y de los gases de la civilización. Regresar a la orilla del mar después de todo el invierno debe ser lo más parecido a contemplarlo por primera vez. Se abren los pulmones a la par que el espíritu y cuando la arena se escurre entre los dedos de los pies, una agradable y cálida placidez circula por todo el cuerpo. La nariz se llena de olores libres y cambiantes y a uno le apetece dejarse llevar por el viento ingobernable y volverse alocado como el pelo o la ropa.

Volver a Culatra es, como dice el bolero, volver a los sitios donde se amó la vida y cuando llega el momento de regresar, y uno está montado en el barco que lo lleva de vuelta a tierra firme, se resiste a abrir los ojos para que no desaparezca ni se borre la magia del sueño.

Ángela Gutiérrez

Culatra

Vida y literatura

Siempre me resultó curioso eso que cuenta Fernando de Rojas en la carta-prólogo de La Celestina cuando nos dice que se encontró el manuscrito del primer acto rodando entre las manos de los estudiantes salmantinos y que decidió continuar la obra, acabándola en quince días de vacaciones. Sorprende que uno de los best-seller de la literatura medieval y una de las principales obras de la literatura española se elaborara en tan poco tiempo.

Recuerdo que uno de mis profesores de literatura decía que el éxito de Garcilaso de la Vega, con sus magistrales sonetos y églogas, era en parte debido a que la vida lo colocó en una situación propicia para ello; un amor inalcanzable e inaccesible; el amor platónico que sentía el poeta por la portuguesa Isabel Freire inspiró algunos de los versos más sorprendentes de la lírica renacentista. Solo alguien enamorado hasta los huesos de un imposible podía haber escrito aquello de “Por vos nací, por vos tengo la vida // por vos he de morir, y por vos muero”.

Marcel Proust vivía el tedio de su vida y de sus circunstancias y la sentía como una existencia malgastada, una pérdida de tiempo. Sabía que le esperaba la muerte así que se encerró en un cuarto forrado de corcho y se lanzó a la búsqueda del tiempo perdido. En su obra, En busca del tiempo perdido, se desmenuza la vida, pero no la vida real sino la vida que le hubiera gustado vivir, tomando forma en esa gran empresa de más de tres mil páginas escritas a mano en cuadernos escolares.

Hace unos meses Antonio Muñoz Molina contaba en una entrevista en el programa Carne cruda de Radio Nacional que el cuento Las otras vidas, publicado en su obra Nada del otro mundo, se le ocurrió completo mientras un técnico de sonido le contaba una historia sobre un pianista. Mientras hablaban, estaban fumando un pitillo de marihuana así que cuando se marchó lo había olvidado completamente, como se olvida un sueño. Al día siguiente, llamó al técnico para preguntarle de qué habían estado hablando y el relato volvió enterito a su imaginación.

A J.D. Salinger le costó muchos años de su vida parir El guardián entre el centeno, se desnudó en sus cuentos como en la intimidad de su alcoba y la lucha por preservar su intimidad le llevó a abrazar el silencio como la mejor manera de decir lo que tenía que decir.

Vasili Grossman vio cómo confiscaban las cintas de la máquina de escribir sobre las que había tecleado cada palabra, cada sílaba, cada letra de la gran novela de su vida y murió sin verla publicada, considerada una amenaza para el estado soviético. La obra, Vida y destino, nacida de su trabajo como reportero para Krasnaya Zvezda, el periódico oficial de Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial y desde el que lanzó al mundo la noticia de la existencia de los campos de exterminio nazis, plasma literariamente su experiencia durante la batalla de Stalingrado, una de las más sangrientas de la historia.
Literatura y vida, vida y literatura que se enredan hasta el punto de no saber quién engranda a quién.

Ángela Gutiérrez

El baciyelmo

Entre los muchos peligros que Ulises tuvo que vencer en su regreso a Ítaca estaban los de la mar. Atado al mástil de la nave, el héroe venció el canto de las sirenas sin renunciar  a sentir los atractivos de esos seres maravillosos, e irresistibles, mitad mujer y mitad pez, soportando una lucha terrible consigo mismo.

Virgilio, en sus églogas alude por primera vez a los hipogrifos,  seres fantásticos, mezcla de caballo y grifo que aunaban en su propia naturaleza la contradicción de ser sus propios depredadores.

Pegaso, el caballo alado,  nació de la sangre de Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza, y a sus lomos, el guerrero Belerofonte consiguió derrotar a Quimera, la bestia de múltiples cabezas, pero cuando el guerrero quiso entrar sobre Pegaso en el Olimpo, una picadura de mosquito acabó con sus sueños de convertirse en un dios.

Dédalo diseña el laberinto para retener al minotauro y escapa de él construyendo unas alas que le costarán la vida a su hijo Ícaro.

Sirenas, hidrogrifos, caballos alados, minotauros… Seres inexistentes, seres imposibles, como cualquier personaje de la literatura,  hechos de retales de los sueños y de fragmentos de la realidad. De entre todos ellos hay uno que me fascina, el baciyelmo del que nos habla Cervantes en El Quijote.

En el capítulo XXI, don Quijote gana la batalla a los galeotes y consigue el yelmo de Mambrino. Esa batalla tiene una importancia fundamental; en primer lugar, porque supone una victoria que don Quijote necesitaba después de perder en su lucha contra los molinos-gigantes y en segundo, porque ese objeto, ganado por sus méritos,  se convierte en parte de su atuendo, en una parte de sí mismo y termina de configurarse la imagen del caballero. Una imagen irreal compuesta de realidades. Eso que Cervantes hace con tanta maestría: el cuestionamiento de los sentidos.

Más tarde vuelve a aparecer el yelmo de oro. Los presentes en la venta deben decantarse: o es yelmo de oro o es bacía de cobre; pero Cervantes, como señaló Américo Castro,  compone uno de los pasajes más sublimes de la literatura y a través de la palabra de Sancho Panza nace el baciyelmo, un nuevo objeto inexistente e imposible, creado, como los personajes literarios,  de la realidad y de la ficción. Un objeto que será lo que queramos ver, porque ya no existe la bacía de cobre ni existe el yelmo de oro, sino que se ha transformado dependiendo de la perspectiva desde la que lo miramos.

Si en ese episodio todos hubieran decidido que era bacía hubiera triunfado el pensamiento único, pero el palabro de Sancho Panza abre la puerta al perspectivismo y una vez más, Cervantes nos enseña que la realidad puede mirarse de muchas maneras, que a veces lo real no es lo que parece y que tan merecedoras de nuestra mirada son las cosas que existen como las que albergamos en nuestra imaginación.

Ángela Gutiérrez

Ciudades de cartulina

Llevaba en una mano, pequeñita y regordeta, una rebanada de pan con crema de cacao y en la otra un templado tazón de leche con chocolate mientras recorría los escasos metros que iban de la cocina al salón. No podía resistirse a mordisquear el pan antes de sentarse a merendar y la crema de chocolate se extendía ya más allá de las comisuras de su boca cuando llegaba a la mesa. ¡Qué olor el del chocolate! ¡Irresistible! pensaba mientras su paladar se deleitaba más aún que su olfato.

Le gustaba dibujar, colorear y a menudo, cuando terminaba los deberes, sacaba su bloc y se embebía ilustrando las historias que elaboraba su imaginación; todo lujo de detalles, colores intensos, vivos, despiertos. Cuando terminaba sus dibujos, los perfilaba cuidadosamente y escribía una dedicatoria: para mamá, para Clara, para abuelo… Siempre encontraba alguien a quien  halagar con un trocito de su imaginación.

En sus dibujos se leía su mundo. Estaban compuestos de recortes de la realidad y de aluviones de sueños, como los personajes literarios, inexistentes pero reales al mismo tiempo. Le apasionaba entrar en las papelerías, para ella era como un quiosco de golosinas: lápices de colores, pinceles, acuarelas, papeles en blanco que ella gustosamente llenaría de historias y de emociones y cartulinas negras; le gustaban especialmente las cartulinas negras. Sobre ellas dibujaba ciudades con un lápiz de cera blanco. Trazaba edificios desiguales, con muchas ventanas y tejados puntiagudos sobre los que dibujaba chimeneas humeantes. Pacientemente recortaba cada hueco de cada ventana y pegaba por detrás papeles de colores que cortaba de las revistas y folletos publicitarios que encontraba en casa. Cuando terminaba, colgaba  la cartulina en un corcho que había a los pies de su cama y la miraba mientras le invadía el sueño. Las ventanas de su ciudad de papel se iluminaban con luces de diferentes colores: azules, amarillos, rojos, violetas.

Se sentía como asomada a un ventanal enorme en una  noche de insomnio, contando las ventanas que a altas horas de la madrugada se mantienen iluminadas en la ciudad, imaginando qué, quién, estará detrás de ellas, qué maldita soledad  le ha robado el sueño a ese primer piso,  qué libro apasionante merece las horas de descanso de la terraza del quinto, qué insolente programa de televisión aparta de la cama a los del tercero.

Con la suave luz de su habitación encendida, se dormía sin dejar de contemplar su ciudad de cartulina y soñando con esas vidas que permanecían encendidas en el interior de las casas, ocultas tras la oscuridad de la noche.

Ángela Gutiérrez

Fideuá a lo Handel

Ajo, mucho ajo picadito, muy picadito. Perejil, mucho perejil picadito, muy picadito. Al lado una jarra con oloroso caldo de marisco. Avanzada mañana soleada de sábado casi primaveral y la cocina como escenario. Voy preparando uno a uno los ingredientes para hacer fideuá y cuando los aromas empiezan a inundar la cocina, me sirvo una copa de frío vino blanco. A punto estoy de encender un cigarrilo pero mi hijo me pide ayuda con los deberes. Lo solucionamos y regreso a la cocina.

Poco a poco, mientras va tostándose el ajo junto a las gambas y al  perejil, mi hija va desplegando el atril, colocando la banqueta y desenfundando el violonchelo. Añado la sal mientras ella nutre con la resina los pelos de yegüa de su arco. Todo está preparado.

En ese momento, borbotean los fideos en la cazuela de barro y el sonido del chelo en el salón de la casa. Una vez y otra más la misma melodía  que poco a poco va tomando forma, adquiriendo el tiempo adecuado, el ritmo preciso.

Apago el fuego saboreando el vino, enciendo un cigarrilo y mientras reposan los fideos, el Chorus from Judas Maccabaeus de Handel ha resonado en la casa repetidamente, cada vez más limpio, más claro.

Trabajo, esfuerzo, estudio, disciplina, paciencia, entusiasmo, placer: la música.

Ángela Gutiérrez

Música

Angulo

Gin-tonic en la tabla de la plancha

Una vez leí que las tareas del hogar son un potente afrodisíaco. Era una conclusión a la que se llegaba en un estudio realizado entre más de seis mil ochocientas parejas norteamericanas y del que se hacía eco The Wall Street Journal. Me pareció una broma sórdida; para entendernos, es algo así como que las mujeres entiendan que existe erotismo en un hombre desnudo fregando los platos o que a los maridos les ponga una mujer hacendosa.

Hacer las camas, doblar y recoger la ropa, tender, barrer, quitar el polvo, poner la lavadora, fregar, planchar, ordenar, cocinar, tirar la basura… ¡uf, no se acaba nunca! ¡Las tareas del hogar no tienen fin! Más de una vez hay que coger la puerta y salir a la calle sin oficio ni beneficio, con el mero objetivo de parar en la casa, así que no consigo yo encontrar ese lado erótico y sensual del que nos habla The Wall Street Journal.

Una tarde, sentada en una soleada y familiar terraza delante de dos aromáticos cafelitos, mi amiga Paulina me contaba que a ella la tarea doméstica que más le gustaba era planchar. Me quedé perpleja porque yo lo odio. Entonces me contó que elige para planchar la tarde, a eso de las cinco o cinco y media, y que es condición sine qua non  que su marido esté  en casa. El día que toca, Paulina extiende la tabla de planchado en la cocina, cercana al hueco del pasaplatos que comunica con una zona del salón. Junto a la tabla, apilada en una canasta, la ropa espera la caricia del teflón y Paulina se dispone a iniciar la tarea. Mientras ella va llenando de agua el pequeño electrodoméstico y prepara la bandeja donde colocará  la ropa alisada y suave, su marido conecta el equipo de música y pone un cd. Después, acerca un cómodo sillón a la zona del salón más cercana al pasaplatos. Antes de sentarse saca algunos cubitos del hielo del congelador, los coloca en un vaso ancho, grande y delicado y añade un poco de ginebra mezclada con tónica. Le ofrece la copa a su mujer y  coge el libro que le da Paulina. Se sienta tranquilamente al mismo tiempo que Bach inunda cada rincón de la casa. La plancha ya está caliente, Paulina da un sorbo a su gin-tonic y, justo en el momento que toma la plancha en sus manos, su marido comienza a leerle en voz alta.

¡Guau! , exclamé. Algo de erotismo sí que tiene.

Algún tiempo después volví a sentarme con Paulina en aquella terraza delante de un par de cervezas. Le dije que había copiado su forma de planchar aunque la había adaptado a mis necesidades: como no me gusta el gin-tonic, es mi marido el que plancha al tiempo que yo leo en voz alta. Eso sí, Bach sigue sonando de fondo.

Ángela Gutiérrez