Táctica y estrategia

A través de algún medio de comunicación, preferiblemente en la televisión y en horario de máxima audiencia, el responsable político de turno se presenta ante el pueblo revestido de solemnidad y con cara de preocupación para analizar, una vez más, la maltrecha situación económica de nuestro país. De soslayo, con la boca pequeña, anuncia la necesidad de volver a aplicar nuevas reformas que permitan recuperar el status perdido y que mantengan a la nación en la lista de los países obedientes y responsables. Lo que se ha hecho hasta ahora no es suficiente.

Al mismo tiempo que los ciudadanos, indignados por enésima vez, alzan sus protestas y se lamentan ante los nuevos ajustes, los secuaces políticos se encargan de jalear ante la lupa mediática las terribles consecuencias que conllevará la inoperancia y la pasividad del gobierno; es evidente, si estamos así es porque los anteriores no hicieron lo que tenían que hacer, no gobernaron. Aumento del paro, crecimiento del déficit, escalada de la prima de riesgo, colapso financiero, falta de liquidez, recesión, decrecimiento…El panorama pinta negro. Los ciudadanos captan el mensaje y el miedo a que empeore la situación se extiende como un reguero de pólvora.

En los días sucesivos al anuncio, en el más absoluto de los secretos, el presidente del gobierno y su gabinete de ministros, diseñan las nuevas medidas y recortes que no se harán públicas hasta su aprobación en el consejo de ministros. Es evidente que no estaban en su programa electoral sino, ¿a qué viene tanta cautela? Pero antes, han asistido a una reunión de máximo nivel de los mandatarios europeos y ante las cámaras de todo el mundo, se han jactado y han presumido a ver quién es el que ha adoptado las medidas más duras y cuál de ellos es capaz de dibujar una situación más pesimista y calamitosa.

Entre tanto, los datos negativos siguen apareciendo gota a gota, día a día en la prensa, en la radio y en la televisión.  Las tertulias periodísticas difunden por doquier el peor de todos los panoramas posibles y la sombra de Grecia y de la bancarrota del Estado se hace más alargada.

El ciudadano, borracho de información, se levanta inundado por los miedos: miedo a perder el empleo, miedo a perder su nómina, miedo a no poder pagar la hipoteca, miedo  a la subida de impuestos, miedo a las reducciones en su salario, miedo a seguir sin trabajo, miedo a que se acabe la ayuda que percibe, miedo al presente y al porvenir… Y entonces, se produce una especie de verbalización de los deseos que se podría resumir en aquel dicho de madrecita, que me quede como estoy.

Unos días más tarde, con la depresión se ha extendido por la sociedad como una mancha de aceite, el gobierno hace públicas sus medidas de ajuste que, sorprendentemente, tienen un efecto placebo porque siempre son un poco más suaves de lo que se había anunciado. Un alivio recorre el país de norte a sur y de este a oeste. No es para tanto, aún podría ser pero. Mira Grecia.

¡Qué viene el coco! Esa es la táctica: extender el miedo, dibujar un panorama tan desolador que los ciudadanos estemos dispuestos a aceptar cualquier sacrificio.  No solo aceptamos los sacrificios sino que lo hacemos sin atisbo de rebeldía; toleramos la pérdida de derechos conquistados con mucho esfuerzo, nos sentimos culpables y dispuestos a pagar por nuestro delito. Pero, como dice Mario Benedetti, la estrategia es algo más profundo: ¡Duérmete niño, duérmete ya!  que mientras duermes, seguirán unos pocos frotándose las manos  viendo como aumentan sus capitales.

Ángela Gutiérrez

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