¡Maravilloso subjuntivo!

No voy a hablar de seres vivos; no voy a hablar de personas, ni de animales, ni de plantas, aunque el objeto de mi reflexión nace, crece, se reproduce y muere como ellos, y, como alguno de ellos, está en peligro de extinción.  Haría falta una agrupación que, como los ecologistas, luche y proteja a mi especie que es también vuestra especie.

Érase una vez…; érase que se era…; había una vez…, son fórmulas con las que nos introdujeron en el mundo de la ficción, que no es otro que el de la narración, el de contar historias. Los seres humanos estamos hechos de narración, de historias que nos suceden, pero sobre todo, de historias que contamos. No recuerdo ahora quién dijo que  tenemos pasado gracias a que lo narramos, y creo que es verdad. En la medida en que relatamos las experiencias y acontecimientos de nuestro pasado, recreamos y construimos nuestro presente y la lengua es nuestro gran aliado. Esos tiempos imperfectos abren una puerta a la imaginación y a la fantasía, situándonos fuera del tiempo, más allá del tiempo. Da igual que detrás de esos principios hubiera una princesa, un lobo, un pato feo, un caballero andante, un globo aerostático o un superagente de la CIA, nuestra historia había empezado a rodar. Es un poder que reside en las palabras, esos seres que nacen, crecen, se reproducen y mueren y, en algunos casos, viven en peligro de extinción.

En una ponencia celebrada enla Universidad Autónomade Barcelona hace algunos años, el escritor Gabriel Janer constataba el progresivo descenso del uso del modo subjuntivo en los hablantes de español, incluso, la desaparición de algunos de sus tiempos verbales, como el futuro, relegado solo al lenguaje jurídico y cuya presencia se justifica por la necesidad de que las leyes contemplen situaciones posibles en el futuro.

El subjuntivo está en peligro de extinción y con él la posibilidad de expresar formas posibles de relación con la vida. Y tal vez sea una casualidad, pero la crisis del subjuntivo es global; la sufre nuestra lengua y se ha extendido peligrosamente a otras como el italiano y el francés; en algunos casos, como el inglés,  ya casi no queda rastro. Y puede que solo sea una simple coincidencia, pero hay quién dice que el motivo de la crisis del subjuntivo tiene que ver con la economía (del lenguaje, en este caso).

El modo subjuntivo de los verbos expresa el tiempo de las hipótesis, de los deseos, de las posibilidades, de la duda. Es, diríamos, el modo de la utopía. Cuando relatamos con seguridad las cosas que son, que han sido o que serán, recurrimos al indicativo y con él nos pegamos a la realidad. No conozco a nadie que se dé órdenes a sí mismo y cuando podríamos agarrarnos al imperativo para exhortar a los demás, nos empeñamos en revestir el mandato de cortesía, dejando a un lado el defectivo modo imperativo.

Steiner decía que la esperanza se encuentra en el interior de la gramática; el subjuntivo contiene los tiempos de la esperanza (si tú me amaras), de las dudas (si me hubieras amado), de los deseos (que tú me ames) y tal vez, donde estén las dudas, los deseos y las esperanzas estuvieren la rebeldía, la insurrección y la posibilidad de inventar la vida una y otra vez.

Por eso, yo reivindico la fuerza subversiva del subjuntivo que nos permite imaginar otros mundos posibles.

Ángela Gutiérrez

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