¡Vete, miedo!

Cuando se despertó, Lucas estaba inmóvil en su cama y su mirada aturdida se clavó en el techo de su habitación. Sin moverse, pensó que lo había despertado el frío; su pequeño y regordete pie salía prominente por debajo del edredón de plumas. Un escalofrío instantáneo recorrió su cuerpo y en pocos segundos su cerebro se había percatado de la oscuridad, la tremenda y maldita oscuridad que nos rodeaba.

Sin moverse, sin tan siquiera resguardar los dedos de su pie bajo el calor de las sábanas, sintió como su rostro se volvía frío y rígido. No podía soportarlo; no recordaba haber sentido nunca ese terror, pero es verdad que alguna vez había escuchado a su madre quejarse de la maldita noche que Lucas le había dado a causa de las pesadillas.

A través de las diminutas rendijas de la persiana del balcón, se colaban esperanzadores rayitos de luz traídos del exterior, pero Lucas pronto deseó que no existieran. Sus pupilas, posiblemente dilatadas  y asustadas, transportaban sombras fantasmales agigantadas por la breve luz y por la incertidumbre de sus párpados que se resistían a caer.

– No miraré, no miraré; cerraré los ojos y volveré a dormir; aquí no hay nadie – se decía en lo más íntimo. Pero como un resorte incontrolable, sus ojos otra vez se abrían y buscaban con avidez los muñecos y los cuentos que debían estar frente a él, en la estantería colocada a los pies de su cama.

Abrió los ojos de repente, casi me ve. En vano luchaba contra las sombras para reconocer sus juguetes, para encontrar un hilo de confianza que le devolviera a su casa, a su dormitorio, a su cama y le sacara de aquel mundo lleno de  terrores en el que se despertaba cada noche.

Permanecía quieto.  Sentía que cualquier movimiento acabaría con él. Se negaba a mirar a su alrededor  por temor a descubrir en la oscuridad de la noche los fantasmas que habitaban en su cabeza: el hombre del saco que siempre estaba al acecho y se llevaba a los niños en un santiamén; el Coco que aparecería entre las nanas; la mirada torva del tío Saín que le sacaría la lengua y le robaría la sangre.

Desde mi rincón miraba desesperado a Lucas. Una noche más me hallaba atrapado en aquel frío y angosto rincón de su dormitorio. Aparecía allí de repente, en cuanto el niño abría sus ojos desencajados y brillantes en la oscuridad. Por más que me las ingeniaba no conseguía escapar de la habitación.  Rogaba a los cielos para que no me viera y para que cerrara sus ojos lenta y apaciblemente. Si me acercaba demasiado a él, Lucas veía cómo se agrandaban las sombras fantasmales y escuchaba más cercanos los ruidos tenebrosos.

Entonces me aproximé despacio  a Lucas y lleno de pánico se tapó el rostro frío y desencajado con la sábana mientras yo susurraba a sus oídos: “Si cierras los ojos y duermes, desapareceré. Soy el miedo, ¡déjame salir de aquí, por favor!”

Ángela Gutiérrez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s